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Los políticos y la ambición de poder

GABRIEL R. OTAZO |  EL UNIVERSAL
domingo 20 de enero de 2013  12:00 AM
Hace más de medio siglo un importante escritor británico llamado Aldous Huxley escribía en su obra El fin y los medios,  una interesante explicación sobre la ambición de poder. Algunas de sus conclusiones o teorías sostenían que la codicia del poder y la avaricia son vicios que por estar totalmente disociados del cuerpo, pueden manifestarse en formas desorientadoras y múltiples, y con una energía tal, que las inmuniza contra la saciedad que a veces logra interrumpir los sometimientos físicos. Las permutaciones y las combinaciones de la lujuria o de la gula, son estrictamente limitadas, y sus manifestaciones resultan tan discontinuas como las de los apetitos físicos. Son cosa muy distinta, la codicia del poder y la codicia de poseer. Estos son anhelos espirituales, y por ello resultan irremisiblemente separativos y malignos; no dependen del cuerpo, y por ello pueden asumir casi cualquier aspecto. En el orden y en las circunstancias actuales, la moralidad popular no condena la codicia del poder, ni los anhelos de preeminencia social.

En este sentido, por un lado Huxley argüía que los vicios humanos o espirituales son los que resultan más nocivos y más difíciles de resistir, más aún, su naturaleza espiritual hace que en algunas de sus manifestaciones sea difícil distinguirlos de las virtudes. Esta dificultad se agranda especialmente cuando el poder, la riqueza o la situación social se hacen pasar como si fuesen medios para lograr fines deseables.

Por otro lado, la ambición podrá ser suprimida, pero no podrá suprimirla ninguna clase de instrumento legal. Para que pueda extirpársela, debe extirpársela en su misma fuente, por medio de la educación, en el más amplio sentido de la palabra. En nuestras sociedades los hombres son paranoicamente ambiciosos, porque la ambición paranoica se admira como una virtud, y los trepadores que alcanzan el éxito son adorados como si fueran dioses. Se han escrito más libros sobre Napoleón que respecto a cualquier otro ser humano. El hecho es profunda y alarmantemente significativo. De esta manera, los Duces y los Fuhrers dejarán de ser una plaga para el mundo solamente cuando la mayoría de sus habitantes consideren a tales aventureros en el mismo plano en que ahora colocan a los estafadores y a los alcahuetes. Mientras los hombres veneren a los Césares y los Napoleones, los Césares y Napoleones aparecerán con razón, y los harán desgraciados. Mientras tanto, tendremos que contentarnos, simplemente, con disponer obstáculos legales y administrativos en el camino de los ambiciosos. Es muchísimo mejor que no hacer nada; pero no podrán ser nunca totalmente efectivos.

Por otra parte y siguiendo este razonamiento sabemos muy bien que los gobernantes están generalmente movidos por el amor del poder; a veces, ocasionalmente, por un sentimiento de deber social; más a menudo, y asombra que así sea, por las dos razones a la vez, de manera que la mayor parte de los gobernados aceptan, con tranquilidad, su posición de subordinados y hasta la opresión efectiva y la injusticia. De este modo, sostiene Huxley, los gobernados obedecen a sus gobernantes, además de por todas las demás razones, porque dan por verdadero determinado sistema metafísico o teológico que les enseña que el Estado debe ser obedecido y es intrínsecamente digno de obediencia. Es posible organizar de tal manera una sociedad que ni siquiera pueda manifestarse fácilmente en ella una tendencia tan fundamental como la codicia del poder. Entre los indios zuñis, por ejemplo, los individuos no tienen oportunidad de ser inducidos en tentaciones como las que incitan a los hombres de nuestra civilización a trabajar por la obtención de fama, riqueza, posición social o poder. Nosotros siempre veneramos el éxito.

Y mientras la ambición personal está considerada por todos los moralistas como indeseable, sólo los más avanzados teocéntricos han percibido lo pernicioso de la ambición vicaria por una secta, nación o persona. A la inmensa mayoría de la humanidad, tal ambición le parece enteramente loable. Esto es lo que la hace tan peculiarmente peligrosa en los hombres de buena voluntad, aun en los aspirantes a la santidad, tales como nuestro capuchino.

Muchos historiadores, sociólogos, politólogos y psicólogos han escrito largo y tendido y con honda preocupación acerca del precio que el hombre occidental ha tenido que pagar y tendrá que seguir pagando por el progreso tecnológico. Señalan, por ejemplo, que la democracia difícilmente puede florecer en sociedades donde el poder político y económico se concentra y centraliza progresivamente. Y he aquí que el progreso de la tecnología ha llevado y sigue llevando todavía a esa concentración y centralización del poder. De esta manera nos queda más que argumentar aquello que señalaba este escritor que hoy día sigue  vigente y a la moda: "La naturaleza del poder es tal que hasta aquellos que no lo han buscado, sino que han tenido necesariamente que aceptarlo, se sienten inclinados a aumentarlo más y más".

gaby_otazo@outlook.com


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Comentarios (2)
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1 |
Por José R Pirela
20.01.2013
1:56 PM
La democracia es un medio para contrarrestar la ambición por el Poder, no es un fin idealista; tampoco una ideología, es el ejercicio permanente corrigiendo desequilibrios. Es en esa dinámica como se sustentan los fundamentos democráticos. Es la manera de someter a la política a la intermediación y a la concertación, limitando la ambición de Poder. Es la manera como a través de los medios se llega al fin del bien común para la sociedad. Es la manera como se protege la sociedad de las anti virtudes humanas. Es una práctica participativa en la producción de bienes y conocimientos. La solidaridad es sinérgica, no se trata de repartir o compartir, eso es caridad cristiana, propia de la dimensión religiosa. La productividad económica depende de la organización política de la sociedad. A mayor democracia, mayor sinergia; a mayor comunismo, mayor entropía.
 
Por José R Pirela
20.01.2013
1:26 PM
Pensar que la tecnología y la ciencia es la causa de la centralización del poder es pensar que la culpa es del mensajero. Así mismo, esperar por la masificación del conocimiento (por la educación formal), la civilización y el progreso nos sobrepasará sin darnos cuenta; es el drama de los países tercermundistas.
 
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