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La dictadura del relativismo

SANTIAGO MARTÍN |  EL UNIVERSAL
domingo 20 de enero de 2013  12:00 AM
La primera pareja humana (Adán y Eva) emplea su libertad para separarse de Aquel sin el cual ni existirían ni serían libres, su creador. Es el primer pecado. Es la ruptura del equilibrio ecológico del Paraíso, ruptura que tiene lugar cuando el hombre decide "comer del árbol del bien y del mal", es decir, cuando opta por ser él, de manera autónoma y sin referencias a Dios, quien decida sobre la moralidad de las cosas; antes el hombre por encargo divino había puesto nombre a las cosas y a los animales, ahora quiere establecer por sí mismo lo que es bueno y lo que es malo. El pecado es la soberbia y el instrumento el relativismo. La consecuencia es el pecado y el fin del Paraíso. Un pecado y una consecuencia que seguimos padeciendo.

Merece la pena insistir sobre la naturaleza de este primer pecado, del "pecado original", porque de alguna manera estamos viviendo tiempos oscuros donde se está volviendo a cometer de forma no sólo individual sino también colectiva. Cuando la serpiente le invita a Eva a comer del fruto prohibido, lo hace con la oferta de que de ese modo será como Dios. Ser dioses es la gran aspiración del hombre, es la tentación de la soberbia, fue el pecado de Satanás y se convirtió en el pecado original. El hombre contemporáneo y por lo tanto la sociedad que él ha creado es un hombre soberbio, un hombre endiosado, un hombre satisfecho de sí mismo. Aunque las consecuencias de sus actos son terribles (destrucción de la naturaleza, de la familia, de la vida inocente), sigue tan engreído como cuando hace un siglo sus predecesores pensaban que con la ciencia y la técnica lo iban a arreglar todo.

La diferencia entre nuestros primeros padres y nosotros es que hemos perfeccionado el instrumento con el que pecar. Ese instrumento, como se ha dicho, es el relativismo. Se entiende por tal a la convicción de que no hay, en el orden moral, nada que pueda considerarse absoluto y objetivo, nada que pueda ser considerado bueno o malo para todos los hombres. Todo es relativo, todo es subjetivo, todo está condicionado por las circunstancias. Lo único que queda, suprimida cualquier referencia moral válida para todos, es la legalidad. Ya no se habla de si esto es bueno o es malo, sino de si es legal  o no. Legalizar algo implica convertirlo en bueno. Y, como es sabido, las leyes las hacen los Parlamentos, en función de las mayorías que en cada momento hay allí, con lo cual la volatilidad de esas leyes es inevitable. Esto crea no sólo injusticia pues se le da la etiqueta de bueno a algo que es malo, simplemente porque ha sido legalizado, como es el caso del aborto, sino también crea una gran confusión y la sensación de que no tenemos un suelo firme en el que asentar tanto nuestra vida personal como social.

Del relativismo se ha pasado, de forma natural e inevitable, a la "dictadura del relativismo", en la que estamos sumergidos. Primero fue el decir: "cada uno tiene derecho a considerar bueno o malo lo que quiera" y después fue el afirmar: "el que se atreva a decir que algo es bueno o malo es un dictador y hay que acabar con él". Lo único que se nos permite decir hoy en día es que esto o aquello es bueno o malo "para mí". Si no se incluye esta "cláusula relativista", este "para mí" y te atreves a generalizar la afirmación diciendo: "esto es bueno" o "esto es malo", vas a ser perseguido inmediatamente, bien con la burla y la ironía, los insultos o el desprecio, o bien con algo peor, como sucede ya en aquellos países en los que si te atreves a decir que la homosexualidad es mala, vas a la cárcel. Por ejemplo, en el caso del aborto, la evolución que se ha producido desde la despenalización a la catalogación del mismo como derecho, apunta a que en breve todo aquel que se le oponga será considerado como un violador de los derechos humanos y tratado como un terrorista.

Ahora bien, si el pecado original y el de hoy es la soberbia, a través de su instrumento que es el relativismo, la solución tiene que venir de la mano de la virtud que sirve de antídoto a ese terrible vicio: la humildad. Ante el hombre que se dice a sí mismo: "¡Qué grande soy! ¡No necesito a Dios!", surge otro tipo de hombre, un hombre que, a imitación de María, afirma lo contrario: "Yo no soy Dios, ni lo quiero ser, ni lo puedo ser. Soy una criatura de Dios hecha a su imagen y semejanza. Soy su siervo y esto me hace muy feliz. Quiero ser un hombre, sólo un hombre, nada más y nada menos que todo un hombre". La medicina, pues, pasa por la mano de María, de la imitación de la Humilde. Y este será el primer punto en el que los católicos y en particular los Franciscanos de María deberemos insistir siempre, tanto en la aplicación a nuestra vida personal como en lo que queremos enseñar a los demás.

santiago@frmaria.org


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Comentarios (3)
páginas:
1 |
Por José R Pirela
20.01.2013
3:36 PM
Lo más firme de la vida es la muerte. Tampoco la Moral es Dios en la Tierra. Lo absoluto nos esclaviza, lo relativo nos libera. La tiranía se sustenta en lo absoluto; la democracia se sustenta en lo relativo. Con lo absoluto se busca uniformar a la sociedad; el relativismo obliga buscar la concertación para el consenso. El consenso conduce al bien común, que se materializa con los acuerdos que restablecen los desequilibrios de creencias e intereses, o sea, de las diferencias. No es cuestión de perspectivas, sino que la realidad nos explota en la cara según las circunstancias. La legalidad de la norma es necesaria para la convivencia, pero su conformación debe provenir del respeto a la libertad de las diferencias individuales, no de la cabeza del legislador ni dictador. Violar la norma legal no es relativismo, es delincuencial. El gobernante delincuente debe ser doblemente castigado. Perjurio comete el delincuente; también la complicidad o el silencio.
 
Por Fernando Avila
20.01.2013
12:02 PM
Es lógico que como Franciscano de Maria, su atención se centre en ella, no está mal, el mayor ejemplo de humildad, el único que puede llevarnos al Padre es el Hijo. San Pablo en 1 corintios 18-21 nos diceY todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo por medio de Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación. 19Porque Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no atribuyendo a los hombres sus pecados. Y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. 20Así, somos embajadores en nombre de Cristo. Como si Dios rogase por medio nuestro, os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios.*21Al que no tenía pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros, para que nosotros seamos hechos justicia de Dios en él.
 
Por Fernando Avila
20.01.2013
11:48 AM
Excelente análisis Francisco, esta es la verdad de la humanidad actualmente, estar separados de Dios. La invitación a imitar a María es buena, porque hizo la voluntad de Dios y sirvió a los propósitos divinos para la nuestra salvación, me gustaría hacer mas completa la invitación: Imitemos a Jesús, como el Apostol Pablo invitó a los Filipenses (2:5-11)Haya en vosotros el mismo sentir que hubo en Cristo Jesús.Quien, aunque era de condición divina, no quiso aferrarse a su igualdad con Dios,sino que se despojó de sí mismo, tomó la condición de siervo, y se hizo semejante a los hombres.Y al tomar la condición de hombre, se humilló a sí mismo, y se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.Por eso Dios también lo exaltó hasta lo sumo, y le dio un Nombre que es sobre todo nombre; para que, en el Nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en el cielo, en la tierra, y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.
 
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