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Un país entrampado

RICARDO GIL OTAIZA |  EL UNIVERSAL
viernes 11 de enero de 2013  12:00 AM
No nos asombran para nada los ríos de tinta que en los días recientes han corrido en Venezuela y el mundo, con respecto a la situación política generada por la enfermedad de Hugo Chávez y su imposibilidad "sobrevenida" para juramentarse ante la Asamblea Nacional el 10 de enero de 2013, tal como le correspondía por ley. Y digo que no asombran, porque en los últimos catorce años lo que aquí hemos visto y vivido no ha sido cualquier cosa, sobre todo si sopesamos la inverosimilitud de muchos de los acontecimientos suscitados durante este período, que han hecho que de alguna manera perdiésemos la necesaria capacidad de asombro y actuemos empujados por una especie de malsana resignación y apatía.

Si me pidieran que resuma en pocas palabras lo que en líneas generales en nuestro país ha sucedido desde el ascenso de Chávez a la Presidencia, podría expresar sin temor a equivocarme que "una constante violación del Estado de Derecho". De ahí parte toda nuestra tragedia. Desde el mismo momento de la primera juramentación del Presidente, hecha sobre "una Constitución moribunda (sic)", aquí se ha permitido toda clase de exabruptos por parte del Mandatario y de la clase oficialista. Pronto se convocó una Asamblea Constituyente, se redactó una nueva Constitución y el texto resultante bueno desde el punto de vista de su estructura y de su fondo una vez promulgado se transformó prácticamente en letra muerta, producto de su permanente inobservancia y tergiversación.

Cuando al Presidente le interesaba (por cualquier circunstancia) blandía el "librito azul del texto constitucional" ante los medios, o "la bicha", como él mismo la llamó, y nos conminaba como nación con la cantaleta siempre repetida: "dentro de la Constitución todo, fuera de la Constitución nada". Cuando por cualquier razón la Carta Magna era un obstáculo a los deseos del gobernante o de sus "aliados", simplemente se la "interpretaba" sujeta a viejos leguleyismos (trucos, en otras palabras) y lo escrito era leído entrelíneas para que adquiriese una connotación distinta; a veces diametralmente opuesta a su verdadero espíritu.

Claro, todo esto fue paulatinamente orquestado por la vía del desmantelamiento institucional, poniéndose a los poderes públicos de rodillas frente al gobernante. Los más conspicuos representantes de los poderes, que se suponen deben ser independientes y autónomos, no han tenido jamás empacho de asumir los mismos lineamientos políticos fabricados en Miraflores, haciendo alarde de un proselitismo inadmisible en un país que guarda (o intenta guardar) las formas democráticas y que interactúa con su diplomacia en el concierto de naciones.  A la hora de las chiquitas, cuando los "poderes" son interpelados por los actores no supeditados al oficialismo y por los medios independientes (que son pocos), para que fijen posición frente al país, pues no han dudado en plegarse a los requerimientos del Ejecutivo dando un triste espectáculo ante el mundo.

El penúltimo zarpazo contra el texto constitucional (penúltimo porque nunca cabe el asombro, repito) lo acabamos de observar cuando se irrespeta lo establecido para la juramentación del Presidente electo. Si bien, como ya han repetido hasta el hartazgo especialistas en la materia y políticos de oficio, lo que procedía frente a la ausencia del Presidente el día 10 de enero (como es del conocimiento de todos), era echar a andar los mecanismos constitucionales que prevén que el presidente de la Asamblea Nacional pase a encargarse de la presidencia de la República, y no se caiga así en un vacío de poder, en lugar de esto los oficialistas tuercen la legalidad al hacer aprobar, por una mayoría oficialista genuflexa, el postergar la juramentación del 10-E, basándose supuestamente en el artículo 231 (que por ningún lado habla de la postergación del juramento ni nada que se le parezca).

El país está entrampado. La incertidumbre política crece. Los oficialistas se agarran del poder como aquellos niños que se abrazan a la piñata con ansias de quedarse con todo lo que hay dentro. La oposición, la Iglesia y los medios libres hacen las respectivas denuncias (y se halan los cabellos), y todo parece caer en una sordera legal, en un abismo, en un inmenso agujero negro, en medio de una cadena de complicidades que salta los linderos nacionales, para alcanzar a algunos presidentes de naciones hermanas, que de manera desesperada buscan seguir usufructuando los ingentes chorros de petróleo que hacen posibles sus propios sueños de grandeza; sus propios reinos.

Mientras tanto, queda la Venezuela expoliada, violentada, humillada en su esencia democrática, y hasta en su soberanía. Sin duda, la nación regresa tiempos  que creía superados, cuando el que más gritaba insultos y blandía el machete con más fuerza, era el que se quedaba con el coroto. No sé cómo definen esto que sucedió los "expertos", los conocedores de las leyes, pero aquí afuera, en la calle, donde se bate el cobre en el día a día, esto lo llamamos y sin eufemismos golpe de Estado.

rigilo99@hotmail.com

@GilOtaiza


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