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Un despistado Rey Mago

RICARDO GIL OTAIZA |  EL UNIVERSAL
viernes 4 de enero de 2013  12:00 AM
Estos días festivos sirven no solo para pasarlo bien y reencontrarnos con los familiares y los amigos, sino para el más importante de los reencuentros: el de nosotros mismos.  Los primeros días del año nuevo me ponen un tanto nostálgico; tal vez sea la edad, la música, los fuegos artificiales, o los recuerdos de tanta gente ida que amé profundamente, lo que de alguna manera me marca en el presente desde un ayer inexorable.

Con cada petardo me remonto a mi lejana infancia, cuando desde muy temprano comenzaban en casa los oficios en la cocina. No recuerdo si eran cuatro gallinas, como dice la vieja canción, pero eran varias, grandes, espectaculares, que tendrían esa misma tarde del 31 y bajo las expertas manos de mi padre un nefasto destino. Bastimentos por montón sobre la mesa: mazorcas, apios, ocumos, papas, yucas, plátanos, calabazas, zanahorias, cilantro y perejil, cuidadosamente tratados. El sancocho era cosa exclusiva de papá y sólo él tendría los beneficios y los halagos cuando aquel sabroso caldo arrancara de los comensales expresiones de alegría y de felicitación.

Por su parte mi madre se encargaba de confeccionar los postres, el ponche casero y la chicha andina, que se servirían durante todo el mes de enero hasta el día 2 de febrero, cuando en Mérida finalizan verdaderamente los festejos relacionados con la Navidad. Créanme, no he vuelto a comer un dulce de lechosa con piña como el que preparaba mi madre. No se trataba de pedazos de lechosa y de piña nadando en el almíbar; nada de eso. Eran frutos cuyo interior estaba impregnado, empapado, embebido de la miel, y ello formaba parte precisamente del secreto de su receta. Ah, el dulce de cabello de ángel con coco, que tampoco podía faltar sobre la mesa, era una exquisitez que le quedaba de maravilla.

Cerca de la medianoche comenzaban a llegar a casa familiares, amigos y vecinos para darnos el abrazo, y por cada persona que entraba por el portal de la vieja residencia, había un tazón de sancocho servido. Era tal la cantidad de visitantes en mi casa en vísperas de año nuevo disfrutando del famoso sancocho de papá, que la mesa del comedor no daba abasto y muchos tenían que comer de pie, o esperar a la segunda, tercera, cuarta o quinta ronda para comer. ¡Uf, una locura!

Ni decir lo que disfrutaba mi padre de aquella odisea, no solo porque era un hombre generoso a quien le gustaba compartir lo que tenía, sino que todo aquel trabajo (y la sudadera con la inmensa olla de caldo puesta al fogón) era acompañado con un ingente vaso del mejor whisky dieciocho años, que según su versión (puesta siempre en duda; transijo) le había recomendado el cardiólogo para matizar su consabida hipertensión. No sé en realidad si era que su cuerpo resistía los embates del licor con estoicismo, o era el arduo trabajo de preparación del sancocho, pero llegaba con su lucidez intacta a medianoche, y él mismo se encargaba de repartir los tazones en su justa medida en medio de la alegría y la algarabía de todos.

Con la celebración de la nochevieja y la entrada de la nueva no terminaba la alegría para los niños. Esperábamos con afán la llegada de los Reyes Magos el día 6 de enero. Esa mañana nos levantábamos para ver en los zapatos el regalo que nos traía el correspondiente Rey (en mi caso era el blanco), o monedas o billetes dejados con generosidad para que nosotros compráramos lo que quisiéramos. Una vez el despistado Rey que le traía a mi hermano, en lugar de bolívares le dejó pesos colombianos en su zapato. Ante el asombro de todos, mi padre se levantó presuroso, hizo la conversión monetaria y asunto zanjado. Recuerdo que a comienzos de la tarde de ese mismo día mamá nos llevaba hasta los predios de la iglesia La Tercera, a ver la llegada de unos señores con trajes estrafalarios y negras barbas montados a caballo. En sus alforjas guardaban miles de caramelos que nos lanzaban desde sus alturas a los chiquillos que les gritábamos con estruendo y codicia. ¡Qué tiempos aquellos!

Aunque los Reyes Magos no volvieron a llegar a caballo a la ciudad de Mérida, porque la comunicación por aire y tierra siempre está medio trastocada, sé por mis sobrinos y los vecinos, que en la oscuridad de la madrugada del 6 de enero de cada año los reyes se materializan en sus cuartos y sin tropiezo alguno dejan en sus zapatos, al pie de sus camas, los anhelados regalos. Sin duda, son personajes eternos y viven en cada uno de nosotros.

¡Feliz 2013!

rigilo99@hotmail.com

@GilOtaiza


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