La primera orfandad
...para que no nos pusieran de nuevo en el insólito trance de postrarnos ante un sucesor
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ELÍAS PINO ITURRIETA
| EL UNIVERSAL
domingo 16 de diciembre de 2012 12:00 AM
Eran otros tiempos, desde luego, irrepetibles tiempos. El rey era considerado como un padre, de cuya autoridad dependía la felicidad de los vasallos. No en balde era un enviado de Dios, quien lo escogía como su representante en la tierra para el cuidado de sus criaturas, de los hombres que había hecho a su imagen y semejanza. Tanto amaba la divinidad a sus criaturas que no sólo escogía a un sujeto especial para que lo representara frente a ellas, sino también a los descendientes de su estirpe. No había que preocuparse por la sucesión, en la generalidad de los casos, debido a que la Iglesia se encargaba, como institución, de que se respetara la evolución de las dinastías para que funcionara el plan previsto desde el cielo. En ocasiones se formaban trifulcas por la corona, pero había un manual de procedencia metafísica que determinaba quién se la ponía en el caso de que sucediera alguna confusión. Así marchaban generalmente los regímenes en los tiempos de la monarquía absoluta, asentados en el sacrosanto principio del Derecho Divino de los Reyes. El pueblo adoctrinado en tal principio no pasaba desasosiegos, no se preocupaba demasiado por el anuncio de un mandatario inesperado, seguro de que siempre tendría a un heraldo del Creador en el trono.
En el caso de España funcionó la cartilla desde los tiempos medievales de Alfonso el Sabio, pero el demonio metió la mano en los principios del siglo XIX para que se produjera un lapso de enredo capaz de atormentar a los vasallos. El príncipe Fernando se querelló con su padre, el rey Carlos IV, para que se experimentara, primero, una situación que condujo a la abdicación del padre a favor del hijo; y, en breve, a la intromisión de Napoleón Bonaparte. El corso escamoteó el cetro y lo colocó en las manos de su hermano, un advenedizo llamado José, mientras el monarca que se había cortado la coleta aprovechaba la ocasión para volver por sus antiguos fueros en perjuicio de su heredero, Fernando VII, quien se quedaba, por lo tanto, sin el toro y sin la arena. El pueblo se sintió consternado y proclamó su orfandad. Quedaba sin cobijo, mientras no se respetaran las reglas de un venerado juego que reclamaba la coronación de Fernando VII, su legítimo padre por mandato de Dios.
La sensación de orfandad no tardó en establecerse en Venezuela. Nosotros también nos quedamos sin padre, proclamaron los blancos criollos y el pueblo en general. Nosotros también sufrimos la falta del hombre especialísimo a quien Dios escogió para nuestro cuidado, dijeron en enardecido coro, y se soliviantaron ante la intromisión de Napoleón. Pasearon por las calles los pendones de la dinastía, se vistieron de riguroso luto, enviaron pliegos para manifestar fidelidad a Fernando el Deseado, El Bienamado, pidieron dobles de campanas y llenaron los templos para implorar la misericordia de la Trinidad que lo había señalado como padre de turno. Llegaron al predicamento de colocar el Real Retrato en el balcón de Ayuntamiento, ordenaron la iluminación especial de las calles y la celebración de un concierto por una orquesta de treinta profesores, para que no quedara duda sobre sus sentimientos de sociedad sufriente ante la falta de su cabeza. Pero llegaron a más. Después de ordenar solemnes exequias por los caídos en el movimiento contra Napoleón, recolectaron 19.850 pesos, suma importante entonces, para enviarlos a los fernandinos de España en la primera oportunidad.
Aquello daba gusto. Unos huérfanos tan conmovidos y exhibicionistas jamás se habían visto en el contorno, tan dichosos de que los vieran en procura de la paternidad, tan empeñados en tener rey puesto cuando no había rey muerto, pero otra vez volvió el diablo a meter su tenebrosa mano. ¿Por qué tantas alharacas?, preguntaron unos pocos que en breve fueron muchos. ¿No estamos ya grandecitos, para seguir con la necedad de esperar la vuelta de papá para poner la casa en orden?, comenzaron a decir y después a gritar. ¿Acasos no somos capaces de gobernarnos sin las instrucciones de un señor de capa roja y globo en la mano que jamás hemos visto, que jamás ha vivido con nosotros ni conoce de veras nuestras necesidades?, se atrevieron a escribir para el público. Y la duda cundió, aunque no en toda la sociedad. Lo cierto es que no tardaron en aparecer papeles en cuyo contenido se argumentaba contra el Derecho Divino de los Reyes, mientras se proclamaba el derecho que tenía el pueblo para escoger a sus gobernantes y a cambiarlos según su voluntad cada cierto tiempo. ¿Entonces el rey no es nuestro padre, hasta el fin de los siglos? Fue la pregunta que más sonó en los oídos de la época, sin que se llegara a respuestas definitivas y unánimes. De allí el comienzo de una guerra llamada de Independencia, en la cual la mitad del país se mató por Fernando VII y la otra mitad por salir de Fernando VII.
Pero, como por fin salimos de Fernando VII, es decir, del padre impuesto por voluntad metafísica ante quien nos arrodillábamos sin complicarnos la vida y a quien queríamos para vivir en paz este valle de lágrimas y para subir después tranquilos hasta el cielo, dejamos, como pueblo, de experimentar sentimientos de orfandad colectiva. Son sentimientos ante los que luchamos en el pasado para desterrarlos de la cotidianidad, para que no se repitieran jamás, para que no nos pusieran de nuevo en el insólito trance de postrarnos ante un sucesor que no depende de nosotros mismos. A menos que algunos estén hablando ahora de una segunda y anacrónica orfandad.
eliaspinoitu@hotmail.com
En el caso de España funcionó la cartilla desde los tiempos medievales de Alfonso el Sabio, pero el demonio metió la mano en los principios del siglo XIX para que se produjera un lapso de enredo capaz de atormentar a los vasallos. El príncipe Fernando se querelló con su padre, el rey Carlos IV, para que se experimentara, primero, una situación que condujo a la abdicación del padre a favor del hijo; y, en breve, a la intromisión de Napoleón Bonaparte. El corso escamoteó el cetro y lo colocó en las manos de su hermano, un advenedizo llamado José, mientras el monarca que se había cortado la coleta aprovechaba la ocasión para volver por sus antiguos fueros en perjuicio de su heredero, Fernando VII, quien se quedaba, por lo tanto, sin el toro y sin la arena. El pueblo se sintió consternado y proclamó su orfandad. Quedaba sin cobijo, mientras no se respetaran las reglas de un venerado juego que reclamaba la coronación de Fernando VII, su legítimo padre por mandato de Dios.
La sensación de orfandad no tardó en establecerse en Venezuela. Nosotros también nos quedamos sin padre, proclamaron los blancos criollos y el pueblo en general. Nosotros también sufrimos la falta del hombre especialísimo a quien Dios escogió para nuestro cuidado, dijeron en enardecido coro, y se soliviantaron ante la intromisión de Napoleón. Pasearon por las calles los pendones de la dinastía, se vistieron de riguroso luto, enviaron pliegos para manifestar fidelidad a Fernando el Deseado, El Bienamado, pidieron dobles de campanas y llenaron los templos para implorar la misericordia de la Trinidad que lo había señalado como padre de turno. Llegaron al predicamento de colocar el Real Retrato en el balcón de Ayuntamiento, ordenaron la iluminación especial de las calles y la celebración de un concierto por una orquesta de treinta profesores, para que no quedara duda sobre sus sentimientos de sociedad sufriente ante la falta de su cabeza. Pero llegaron a más. Después de ordenar solemnes exequias por los caídos en el movimiento contra Napoleón, recolectaron 19.850 pesos, suma importante entonces, para enviarlos a los fernandinos de España en la primera oportunidad.
Aquello daba gusto. Unos huérfanos tan conmovidos y exhibicionistas jamás se habían visto en el contorno, tan dichosos de que los vieran en procura de la paternidad, tan empeñados en tener rey puesto cuando no había rey muerto, pero otra vez volvió el diablo a meter su tenebrosa mano. ¿Por qué tantas alharacas?, preguntaron unos pocos que en breve fueron muchos. ¿No estamos ya grandecitos, para seguir con la necedad de esperar la vuelta de papá para poner la casa en orden?, comenzaron a decir y después a gritar. ¿Acasos no somos capaces de gobernarnos sin las instrucciones de un señor de capa roja y globo en la mano que jamás hemos visto, que jamás ha vivido con nosotros ni conoce de veras nuestras necesidades?, se atrevieron a escribir para el público. Y la duda cundió, aunque no en toda la sociedad. Lo cierto es que no tardaron en aparecer papeles en cuyo contenido se argumentaba contra el Derecho Divino de los Reyes, mientras se proclamaba el derecho que tenía el pueblo para escoger a sus gobernantes y a cambiarlos según su voluntad cada cierto tiempo. ¿Entonces el rey no es nuestro padre, hasta el fin de los siglos? Fue la pregunta que más sonó en los oídos de la época, sin que se llegara a respuestas definitivas y unánimes. De allí el comienzo de una guerra llamada de Independencia, en la cual la mitad del país se mató por Fernando VII y la otra mitad por salir de Fernando VII.
Pero, como por fin salimos de Fernando VII, es decir, del padre impuesto por voluntad metafísica ante quien nos arrodillábamos sin complicarnos la vida y a quien queríamos para vivir en paz este valle de lágrimas y para subir después tranquilos hasta el cielo, dejamos, como pueblo, de experimentar sentimientos de orfandad colectiva. Son sentimientos ante los que luchamos en el pasado para desterrarlos de la cotidianidad, para que no se repitieran jamás, para que no nos pusieran de nuevo en el insólito trance de postrarnos ante un sucesor que no depende de nosotros mismos. A menos que algunos estén hablando ahora de una segunda y anacrónica orfandad.
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Comentarios (1)
Por Denis Santana
16.12.2012
10:36 AM
Excelente meta-mensaje!
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