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Estilo monterrosiano

Monterroso decía que "no había mayor estupidez que el creernos nuestra propia importancia"

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RICARDO GIL OTAIZA |  EL UNIVERSAL
domingo 16 de diciembre de 2012  12:00 AM
No recuerdo exactamente cuándo ni cómo fue mi primer encuentro con el gran escritor guatemalteco Augusto Monterroso (1921-2003), sólo que cuando este salto cualitativo se dio en mi experiencia literaria y personal, se produjo un necesario punto de inflexión que me condujo a largas horas de disfrute estético, y de estupenda hilaridad. Debo confesarles que no me reía tanto con mis lecturas desde los lejanos tiempos de Don Quijote, por allá en mis años juveniles, cuando en una magnífica edición ilustrada del Círculo de Editores pude deleitarme con una obra que me abrió amplios horizontes narrativos, y aún hoy permanece tan viva en mí como en aquellos tiempos.

Un viaje lleno de humor

Uno de los primeros libros que cayó en mis manos de este gigante latinoamericano se titulaba Viaje al centro de la fábula, una recopilación de las más conspicuas entrevistas realizadas por diversos reporteros de América Latina y de Europa, en las que Monterroso hacía gala de un humor tremendo, desvergonzado, rayano con lo hilarante y la mamadera de gallo, que dejaba boquiabiertos a sus pobres interlocutores (cuando no, desarmados por su ingente tremendismo), y gratamente sorprendidos a quienes nos acercábamos a los textos. Sin querer, las respuestas dadas por el autor sobre diversos campos del saber y de la literatura me reconciliaban con un género que erróneamente calificaba como "menor", por mi terca insistencia con los textos de largo alcance que de alguna manera me obnubilaban en mi primera etapa del complejo aprendizaje literario (hoy todavía aprendo, aunque a otro nivel epistémico y estético).

Respuestas cortas, punzantes, cargadas de verdadera dinamita, no dejan resquicio alguno para la duda, o para tomar aire para no asfixiarse, porque cuando te lo estás pensando resulta que el humor subyacente se ha colado por las rendijas invisibles de la paradoja y del sarcasmo, y -¡pum!- caes abatido. Fue tal el entusiasmo por Monterroso, que no descansé hasta que me hice de casi toda su producción literaria, cuestión que no fue para nada difícil, ya que este inteligente autor supo regatear sus muy esperadas (y anheladas) entregas hasta el extremo de entregar un solo libro en toda una década. Bueno, creo que el vocablo libro lleva consigo implícita la sensación de extensión y "voluminosidad"; cuestión para nada aplicable a este escritor, que supo destilar con la lentitud de los dioses cada palabra y cada frase que compusieron sus libros de extensión breve, brevísima, pero no por esto menos grandiosos y elocuentes (o tal vez precisamente por ello).

Narrador y crítico

Sólo a un hombre a contracorriente como Monterroso, se le ocurriría ponerle como título a un libro de ensayos literarios La vaca o La letra e. Y resulta que de su producción ensayística son los textos más buscados y reseñados desde su aparición. En ambos fluye el narrador como crítico, que se acerca a su propia obra y a la de los otros con el bisturí afilado dispuesto a la disección. Nadie hasta entonces -puede que me equivoque, por supuesto-, con la excepción hecha del genial Jorge Luis Borges, se había atrevido a reírse de sí mismo con tanta franqueza y libertad como lo hizo Monterroso, y al indagar aquí y allá acerca de esta actitud poco frecuente en los escritores consagrados, me encontré con que él consideraba que no había mayor estupidez que el creernos nuestra propia importancia. Tan a pecho se tomaba este autor dicha convicción (profunda, por demás), que casi todos los textos en los que hace referencia a su obra narrativa (cuentística, ya que sólo escribió una cuasi novela titulada Lo demás es silencio) están salpicados de ironía y sarcasmo, como si con tales "excusas" intentara (y lo lograba, está de más decirlo) reírse de sí mismo, poner los pies sobre la tierra hasta ver los defectos de los que adolecían sus libros, y así minimizar el inmenso impacto mediático que cada texto producía en sus lectores.

Modestia y vanidad

Muy en el fondo los críticos de Monterroso (que los hay, no faltaba más), veían en estas cuestiones arriba señaladas meros arrebatos de un ego inconmensurable, crecido, que buscaba por la vía del retruécano el reconocimiento que creía merecer por su obra. Tal y como lo expresan tales "expertos", discrepo por razones de orden literario y moral, aunque en el fondo transija que el mismo Monterroso contribuyera a crear su propia leyenda negra, al expresar más de una vez que disfrutaba de la cara de envidia que ponían sus colegas escritores al ver un texto suyo impreso en letra de molde. Es más, llegó a afirmar con el desenfado que le caracterizaba, que una de las cuestiones que lo impulsaba a publicar era el deleite (vanidad autoral, ni más ni menos) que le producía ver su nombre impreso en la carátula de un libro. Llegó al extremo de confesar (no sin vergüenza, por cierto), que más de una vez en sus comienzos se vio poniendo sus "libritos" en la primera fila de las novedades de las librerías en las que entraba.

Un genio perturbador y terrible

Ni hablar del relato breve, en lo que el autor es considerado un maestro, no sólo porque escribiera el cuento más corto del mundo, titulado El Dinosaurio, que apenas alcanza poco más de una línea, y que ha sido incluido hasta el cansancio en antologías en todo el orbe, sino porque revolucionó el género al incorporar la paradoja, el humor negro, la sátira, la ironía y la fábula en textos autárquicos, que se cuecen a sí mismos, cuya plenitud sólo es posible desde la mirada atrevida y aquiescente del lector, quien no dará descanso a su posición de alerta hasta que llega gozoso al punto final. Cada cuento de Monterroso es de por sí una obra maestra: ni una palabra más ni una menos, cada cosa en su lugar; una tensión derivada desde el interior de la historia hasta desembocar en finales (aunque muchas veces previstos) las más de las veces perturbadores y terribles.

Monterroso no es compasivo con los lectores; todo lo contrario, los lleva a extremos de gran dramatismo, pero por un golpe de gracia logra dar el giro necesario hasta alcanzar una completud sólo esperada (¿y posible?) en textos de largo aliento. Relatos como Mister Taylor, Primera dama, El dinosaurio y Obras completas, incluidos todos en el tomo Obras completas (y otros cuentos); o El Mono que quiso ser un escritor satírico, La Mosca que soñaba que era un Águila y El sabio que tomó el poder, entre otros, insertos en el libro La oveja negra y demás fábulas, dan fe de un artífice profundo y divertido a la vez, que como buen conocedor de la naturaleza humana disfruta de poder llevarnos hasta elevadas cimas del drama y de la comedia en paralelo, sin que ello se traduzca en afectación o desvarío; de allí su genio; de allí su salto a la inmortalidad.

A Monterroso se le critica con acritud, o se le alaba hasta el extremo del panegírico. Se le cita proverbialmente, o se le tergiversa en su esencia literaria y en su intención teleológica; pero lo que jamás sucede con este personaje es que se le ignore cuando hablamos de los grandes de nuestra América Latina. Y para decirlo al puro estilo monterrosiano, con palabras tomadas de su libro póstumo Literatura y vida, agregaré: "Supongo que después de lo dicho antes no queda más remedio que llegar al círculo vicioso: tomarse en serio; signo muy serio de tontería".

rigilo99@hotmail.com

@GilOtaiza



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