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Paladines

MIGUEL E. WEIL DI MIELE |  EL UNIVERSAL
miércoles 28 de noviembre de 2012  12:00 AM
Como es normal en estos tiempos, y en cualquier otro, la crisis no es exclusiva de nuestra tierra. En particular, comentamos lo nada secreto que ocurre en predios del Rey cazaelefantes, en el que los designios del mercado inmobiliario, la economía, etcétera, parecen estar íntimamente vinculados a los azares de su cadera.

En un país en el que los desalojos por impago de hipotecas ha venido causando un malestar social no de poca importancia, particularmente por la promoción, formas y trasfondo en el cómo esas hipotecas fueron otorgadas, y en el que la anuencia de la clase política, tanto de izquierdas como de derechas, permitió que un globo se inflace aunque todos sabían que nunca iba a volar, el cuestionamiento ciudadano sobre las instituciones y su funcionamiento llega a espantar y, a veces, hasta hace recordar la crisis de los partidos venezolanos que se desbocó con el Caracazo y golpe de Estado del Commander.

Sin embargo, a pesar de esa prensa copada por titulares sobre los niveles de desempleo, la volatilidad de los mercados y su desconfianza en España, prima de riesgo, el euro que sí, el euro que no, la posible (o no) secesión catalana y ese alarmismo tantas veces inoportuno, una inyección de institucionalidad (o de rebeldía institucional, según se viere) merece seria atención. Refiero aquí a los 47 jueces decanos. Para que nos entendamos: todos los jueces de determinada circunscripción, eligen a su decano para que les represente. Lo que ha sucedido es que estos 47 señores y señoras, han venido a veces de a grupitos a veces todos juntos, a  manifestarse con contundencia acerca de la legalidad existente y sus nefastos efectos sociales en materia de desahucios.

Los jueces decanos han decidido dar la cara y no limitarse a ser meros espectadores y aplicadores de la ley. Son conscientes de su responsabilidad y del necesario mantenimiento del Estado de Derecho y de los principios de legalidad, irretroactividad, y aplicación general que le acompañan, pero también son conscientes de los efectos letales de leyes que no se compaginan con la realidad social de un país, y con lo que en su criterio aunque aquellos sea legal, es sumamente injusto e impertinente. Y así lo han hecho saber sin ponerse al margen de la ley, con una fuerza que ha obligado a replantear esa parte del sistema y a los partidos políticos a negociar. Han puesto en tres y dos a la cúpula del Poder Judicial y al aparataje político, que ha logrado calmar las aguas, por ahora con una escueta nueva legislación.

Jueces de todas las tendencias, están de acuerdo en lo mismo, y dan un respiro de institucionalidad y fuerza política como representantes del Derecho y la Justicia. Como parte de la sociedad.  Como jueces y ciudadanos a la vez, sin hacerse la vista gorda ante los abusos de unos sobre otros. Lo que ocurre con nuestro sistema judicial, con los casos de Afiuni o Econoinvest, y con tantísimos otros, es el destino de una República que ha dejado de ser tal cosa, para convertirse en una tierra desesperanzada, en la que los jueces no son sino una extensión del mismo poder ejercido todo desde una sola silla. Aquí no hay respiros de institucionalidad, porque la degollaron hace rato.

Las palabras en el romance del Cid sobre el pueblo español, en observancia de su duro trabajo, y de la entrega dando todo lo que podía, para encontrarse tan mal pagado y tan mal retribuido por aquellos gobernantes, viene también a nuestro caso: "que buen vasallo que fuera, si tuviese buen señor". Por allá y en aquel entonces era El Cid. Ahora son decanos jueces. Lo cierto es que por nuestros lares, ni justicia, ni paladines, ni leyes.  

miguelwd@yahoo.com 
 
@weilmiguel


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