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Así lo cuentan

Por varios siglos, el nombre de Zulia se mantuvo en el corazón de todos, pero acallado...

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SOLEDAD MORILLO BELLOSO |  EL UNIVERSAL
domingo 25 de noviembre de 2012  12:00 AM
Anda, tía, cuéntanos la historia de por qué todo en la familia se llama Bobarey". Eso solía decirme uno de mis sobrinos que ya es un hombre hecho y derecho cuando era un chiquilín en esa edad magnífica en la que los niños se mueren porque uno les alegre la tarde con leyendas y cuentos. Yo, que disfrutaba haciéndolo, lo sentaba en mis piernas y arrancaba. Esta era uno de las muchas narraciones.

Se llamaba Zulia y era la más hermosa de las princesas indígenas. Había nacido hacia 1538, en tierras del lago de Coquivacoa. Era hija del gran cacique Cinera. Y dicen que era la más fiel heredera de la estirpe y prosapia de su padre, quien era un jefe sabio y justo. Dicen que Zulia tenía magia en su mirada, que su voz era suavizante de las penas y que cuando caminaba esparcía una bondad poco común. Dicen que su padre la había preparado para la gloria y la paz, no para la guerra.

Aseguran que fue la "majayura" más paciente pero también la más ansiada. Todos querían casar con ella. Todos los hombres querían caer a sus pies. Luego de los tres meses del blanqueo, y de un largo palabreo con la familia del mejor pretendiente, se hizo el matrimonio. La novia vistió la más espléndida manta, una cinta tejida sujetaba su cabellera y sus pies estaban adornados con borlas de mil colores.

No habían pasado muchos meses cuando su cuerpo anunció prosperidad. Padre y esposo se llenaron de dicha y en la aldea hubo fiesta de tres días. Una tarde, mientras ella se encontraba sola en el monte, sintió los dolores de parto. Presintió lo peor. Algo no estaba bien. No habían transcurrido ni siquiera ocho lunas de las llenas. Cayó a tierra y todo su hinchado cuerpo se retorció en sudores y espasmos.

Allí, sobre la misma tierra, a solas, comenzó a alumbrar. Fueron horas y horas de sentir que el vientre se le partía en dos. Y en la soledad del monte, temió la llegada de la noche y el acecho de las fieras.

Pujar... pujar... pujar

De rodillas, como le habían enseñado debía producirse el paritorio, mordía un cuero para soportar y así no llamar al mal con los gritos. Pujar, pujar, pujar. Eso había visto hacer en la aldea a otras mujeres en igual trance. Pero tal fue su esfuerzo, que la linda Zulia comenzó a desangrarse. Presintió la muerte y el miedo más intenso le invadió la vida.

La sangre manó de su cuerpo, como un manantial teñido de rojo. Fue tal la cantidad que cuentan que dio origen a un río nuevo. Que sus aguas rojizas alimentaron al potente Catatumbo y lo hicieron más fiero. Cuentan que los gritos de Zulia estallaron en la noche y taladraron el cielo como fogonazos de luz, que el río se iluminó con un relámpago con cada grito. Y que esos avisos en el cielo alertaron a las mujeres que Zulia estaba en grave peligro y que necesitaba ayuda. Alertaron a los hombres y una comisión se armó entre los más valientes para internarse en el monte.

En la madrugada, casi despuntando el alba, la encontraron, en un charco de sangre, medio muerta, con un niño en los brazos que apenas se movía. Los llevaron a la aldea y cuando allí llegaron la más vieja de las viejas instruyó para que las pusieran en la más elevada de las hamacas. Con enorme cuidado, la anciana la desvistió, lavó al niño y a la madre, le puso cataplasmas de hierbas y escupitajos y les rezó cánticos de curación. Ofreció cambiar su vida por las de aquellos dos cuyos corazones apenas palpitaban.

Silencio de miedo

Tres días y tres noches pasaron y madre e hijo debatiéndose entre la vida y la muerte. Un silencio de miedo profundo se posó sobre la aldea. Hasta las hormigas dejaron de ser presurosas y los animales callaron. La anciana seguía cuidándolos, seguía colocando cataplasmas, seguía rezándoles. El cuerpo casi inconsciente de la parturienta producía leche en sus pechos. El niño le fue pegado, con la esperanza que así despertara a la vida.

A la cuarta noche, cuando la luna se puso encinta, Zulia abrió los ojos. Vio a su hijo pegado en su pecho. Alargó la mano y rozó a la vieja que dormitaba a su lado. La anciana despertó y acercó sus arrugados dedos y con ellos le paló la frente. El calor de fiebre la había abandonado. Su piel estaba fresca y el niño finalmente había abierto los ojos. "Bobarey", balbuceó la madre, indicándole así a la yaya cómo debía llamarse el niño.

Dignamente

Con el infante en brazos, la anciana caminó hacia el cacique Cinera. Lo miró a los ojos y le dijo: "El es tu herencia. Ella lo ha parido con dolor. Y ese dolor lo ha marcado con el sello de la valentía". La vieja se lo colocó en los brazos y se fue al monte, a morir con la dignidad de la promesa que debe ser cumplida.

A la muerte de este poderoso hombre, que era conocido en sus tierras y más allá por su coraje y por su carácter de hombre justo, la princesa Zulia, viuda de un valiente, lucha en contra del conquistador español y se convierte en la primera cacica de su pueblo.

En 1561, en un combate contra el enemigo de su pueblo y de su raza, Zulia siente la daga de un guerrero español que sabía que ella era no era una simple mujer sino la cacica. Herida de muerte la llevaron junto al hijo y allí a su lado muere. Tenía veintitrés años. Y dejaba un solo hijo, Bobarey.

Brilló el relámpago

Por varios siglos, el nombre de Zulia se mantuvo en el corazón de todos, pero acallado, sin hacer justicia a su memoria. Cuentan que le tenían miedo y que ese miedo se convertía en terror cada vez que el relámpago estallaba en el cielo.

Cuentan que, como en las narraciones bíblicas, se produjo una suerte de edicto que condenaba a muerte al niño. Para salvarlo, la hija de la anciana que había cuidado a Zulia, se lo llevó a tierras del otro lado del lago, en lo que hoy es Colombia, y allí lo crió.

Cuentan que Bobarey, convertido en robusto y valiente hombre, volvió a su aldea y buscó al asesino de su madre. Que se engarzó en pelea y venció pero, herido de gravedad, murió también a las pocas horas, pero en su tierra. Cuentan que ese día el relámpago brilló más fuerte que nunca.

En 1824, cuando se crea la unión de naciones que se conoció con el nombre de Colombia, a la vieja provincia de Maracaibo se la convierte en departamento. Se le bautiza con la motilona voz de "Zulia", como homenaje a la corajuda princesa indígena. Con el tiempo el departamento se convirtió en estado, un estado que lleva tatuado en su tierra el nombre de una mujer que amó y fue amada y que ofreció su vida por la libertad.

Años más tarde, pasados los tiempos de guerras, en tierras del sur del lago, esas mismas tierras que hoy padecen la indignidad de saqueos de cuatreros vestidos de gobierno, una hacienda recibió el nombre de "Bobarey", en memoria de aquel joven que nunca olvidó sus orígenes. Fue el asiento de los sudores, dolores, trabajo, denuedo y logros de hombres recios y corajudos, que de navegantes se tornaron en ganaderos. Quiso Dios que en tales tierras se posara la gloria y la paz...

De esos vengo, de esos forma parte mi historia. Triste quien no tiene historia. No sabe ni sabrá de dónde viene y no sabe ni sabrá nunca a dónde va.

smorillobelloso@gmail.com



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