Juancarlitos
VERONICA PONTE AYALA
| EL UNIVERSAL
sábado 24 de noviembre de 2012 12:00 AM
Te preguntabas qué hubiese pasado si no hubieses nacido en aquel lugar. Miras a tú alrededor y el mundo se te presenta ajeno al tuyo; ves a la gente pasar a tu lado sin detenerse, sin pensar siquiera qué edad tienes ni por qué te encuentras en esas condiciones. El ser humano en ocasiones puede ser descabellado. De vez en cuando uno que otro se detiene sólo a liberar su sentimiento de culpa y a comprar con una limosna su pasaje al paraíso.
A los 5 te fuiste a la calle, entendiste que tu madre es cualquiera y tu padre nunca está. Los pequeños hermanos que tienes no los puedes cuidar, se escapan de tus manos. Tus adultos no te ofrecen ningún bienestar y decides refugiarte en esas calles llenas de soledad, de hambre, de frío, de lluvia y agonía, pero juegas con la realidad.
A los 7 encontraste un mejor juego, algo que otro chico un año mayor o menor que tú te ofreció, asegurándote que ya no te sentirías mal. Decidiste jugarlo, quizá más por diversión infantil que por decisión propia.
Con el tiempo el juego se convirtió en rutina y tus condiciones en situaciones distintas. El hambre ya no te hacía tantas visitas, los miedos se fueron porque ahora eras superior. No sentías ni frío ni calor. Ya no estabas solo, recreaste todo un mundo en tu interior y te acompañaban todos los días, a cualquier sitio que ibas.
Un día tu diminuto cuerpo te falló, quizá jugaste de más o sencillamente tu organismo decidió no aguantar, pero como sea, el Juancarlitos que pudiste ser, ya no estará. Te encuentras flotando, en un nuevo juego, ahora un poco distinto, ya verdaderamente no sufres, no sientes maldad, no necesitas nada, ahora te encuentras en paz. Sólo hay algo que quisieras gritar: ¿por qué me dieron esa vida?
Llegó el momento de despertar del sueño, y ahora con mayor edad y no siendo ese niño, agradeces la realidad y decides que sin duda es el momento de mejorar.
vpontea@gmail.com
A los 5 te fuiste a la calle, entendiste que tu madre es cualquiera y tu padre nunca está. Los pequeños hermanos que tienes no los puedes cuidar, se escapan de tus manos. Tus adultos no te ofrecen ningún bienestar y decides refugiarte en esas calles llenas de soledad, de hambre, de frío, de lluvia y agonía, pero juegas con la realidad.
A los 7 encontraste un mejor juego, algo que otro chico un año mayor o menor que tú te ofreció, asegurándote que ya no te sentirías mal. Decidiste jugarlo, quizá más por diversión infantil que por decisión propia.
Con el tiempo el juego se convirtió en rutina y tus condiciones en situaciones distintas. El hambre ya no te hacía tantas visitas, los miedos se fueron porque ahora eras superior. No sentías ni frío ni calor. Ya no estabas solo, recreaste todo un mundo en tu interior y te acompañaban todos los días, a cualquier sitio que ibas.
Un día tu diminuto cuerpo te falló, quizá jugaste de más o sencillamente tu organismo decidió no aguantar, pero como sea, el Juancarlitos que pudiste ser, ya no estará. Te encuentras flotando, en un nuevo juego, ahora un poco distinto, ya verdaderamente no sufres, no sientes maldad, no necesitas nada, ahora te encuentras en paz. Sólo hay algo que quisieras gritar: ¿por qué me dieron esa vida?
Llegó el momento de despertar del sueño, y ahora con mayor edad y no siendo ese niño, agradeces la realidad y decides que sin duda es el momento de mejorar.
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