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Umberto Eco, de izquierda a derecha

Eco participa en sus novelas por la vía del metalenguaje, que le permite "dialogar" con los lectores

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RICARDO GIL OTAIZA |  EL UNIVERSAL
domingo 18 de noviembre de 2012  12:00 AM
En 1978 el autor italiano Umberto Eco finaliza la escritura de su novela más reconocida, El nombre de la rosa (1980), y no es sino hasta entonces cuando puede afirmar, con la vehemencia que lo caracteriza, que se siente "realizado como filósofo y semiótico". Tal afirmación no luce descabellada cuando sopesamos en su dimensión ontológica el verdadero sentido de ambas disciplinas, que buscan el encuentro de la persona humana con el ser, desde una dimensión que se bifurca en palabra (que diluye la oscuridad), y en mera abstracción (para el encuentro consigo mismo). Algo de esto hay en la ficción, que signa el derrotero de escritores y lectores y los hace posesos de su propia entelequia argumental.

Este desasosiego que hallamos en el autor, no es otra cosa sino la búsqueda de completud, que se da con mayor énfasis en todo creador. Si tomamos como ciertas las palabras de Vargas Llosa cuando afirma: "Las mentiras en las novelas no son nunca gratuitas: llenan las insuficiencias de la vida", al extrapolar esta sentencia al autor italiano, y no precisamente a los lectores (a quienes está dedicada), podríamos expresar, que ese salto dado "llena" las insuficiencias de su vida autoral y sin esas "mentiras" sería a la postre un escritor truncado.

Como universo, como microcosmos que es, la narrativa reproduce el mundo y, con él, su extraña complejidad. Y esto es precisamente lo que podemos vislumbrar en la novelística de Umberto Eco: una complejidad que intenta desentrañar las claves de un mundo pretérito, que nos es vedado por la vía de los textos ortodoxos; huelga decir: los textos históricos y sus simbolismos, muchas veces impregnados de falsa erudición hasta el extremo de la ininteligibilidad. El autor italiano hilvana cada detalle histórico, cada episodio, y en su esencialidad desdibuja la rigidez del dato fáctico, para desde esa posición proyectar una nueva realidad, que se hace autárquica en la medida en que cada personaje toma vuelo y cada hecho se cierra sobre sí mismo.

Eco trama sus historias desde el intelecto y esta cualidad no le resta verosimilitud a lo narrado, sino por el contrario: al nutrir su historia desde la intertextualidad y el metalenguaje (herramientas del posmodernismo), inserta su libro en un inusitado contexto de vanguardia, y en lugar de restarle adeptos le suma por millones los lectores, quienes desde su primera edición -hasta la actualidad- se han acercado a la obra con verdadero interés, para convertir a El nombre de la rosa en un fenómeno editorial que traspasa los límites del tiempo y del espacio.

De izquierda a derecha

Cuando a Umberto Eco lo interrogan acerca de cómo ha escrito sus novelas, repite una frase antológica que a muchos suena chocante y descortés: "De izquierda a derecha". Por supuesto, se trata de una fórmula para salir del paso y al tedio de tener que explicar en cada oportunidad ese largo proceso creativo, que en su caso ha sido amalgamado por su profuso conocimiento de la Edad Media, y por su acercamiento a varias de sus historias y personajes por la vía de la tesis doctoral y del ensayo académico.

Sin duda, no ha resultado fácil para Eco desnudarse en público, al extremo de contar en detalle los finos mecanismos de relojería que entretejen sus ficciones. Sin embargo, este ejercicio didáctico ha servido para que sus lectores podamos entrever en cada libro, la emersión de un proceso que está en pleno desarrollo, y que podría resultar beneficioso para los noveles escritores, quienes desean hurgar más allá de la estructura libresca los entresijos de la creación, y que esto les sirva para sus propias carreras e intereses literarios.

Un joven novelista

En el 2011, un conjunto de conferencias dictadas por Umberto Eco en Estados Unidos, fueron recogidas y transformadas en libro, que hoy llega a nosotros como Confesiones de un joven novelista. Se podría catalogar esta nueva entrega de Eco como su poética autoral, su ARS literaria, en la que desmenuza con verbo ágil y sin pretensiones exhaustivas su mundo creativo. Llama poderosamente la atención el título, que hace referencia a un "joven novelista", conociéndose de antemano la edad longeva del autor. Si de artilugios se trata, lo argumentado por el escritor no deja de ser jocoso y emblemático: "publiqué mi primera novela, El nombre de la rosa, en 1980, de modo que empecé mi carrera como novelista hace cosa de treinta años. Me considero, por lo tanto, un novelista muy joven y ciertamente prometedor, que hasta el momento ha publicado unas cuantas novelas y publicará muchas más en los próximos cincuenta años". Y tal declaración va en serio, no tanto por la fotografía de la carátula, que nos muestra a un escritor aún joven (unos cuarenta años), ni tampoco por la voracidad de sus entregas narrativas a su editor, que podríamos catalogar de "comedida" (apenas seis novelas en treinta y dos años), sino por la diversidad de ángulos que ha abordado desde el género ensayístico, que lo han llevado a escudriñar con éxito en temas tan dispares como la belleza, la fealdad, la semiótica, la traducción, la metodología de la investigación, el arte, la literatura, los autores y, la filosofía, entre otros.

Inspiración

Resultan interesantes las posturas intelectuales de Eco en este libro, toda vez que ausculta como autor los intrincados artilugios que han hecho posible su exitosa obra narrativa. Asume Eco aquella vieja conseja de que la "inspiración" es más trabajo y sudor que otra cosa, deslastrándose así de las conjeturas de muchos de los críticos de su primera novela, quienes salieron al paso al inesperado boom del libro en todo el mundo, argumentando que Eco había escrito presa de una ráfaga creativa, de una supuesta "inspiración luminosa", y que tal vez tenía en sus manos una receta secreta y algún programa informático, que explicaba tan inesperado portento.

Aclara el autor que escribió la voluminosa novela en apenas dos años, porque tenía en sus archivos suficiente material documental almacenado sobre el medioevo, y ello le facilitó el camino de la escritura. No así con sus novelas posteriores: El péndulo de Foucault, La isla del día de antes y Baudolino, que le llevaron ocho años de escritura. En el caso de La misteriosa llama de la reina Loana, requirió cuatro años, ya que contaba con viejos materiales de los que echó mano (tiras de cómic, revistas, grabaciones, etc.). Por cierto, no hace referencia a su novela El cementerio de Praga; suponemos que fue posterior a la composición de sus Confesiones.

Sin ánimos de excesos podríamos argumentar, sobre la base del contenido de Confesiones de un joven novelista, que se trata de una biografía literaria, que vendría a ser lo más cercano a un libro íntimo del autor del que tengamos noticia. Si bien Eco participa en sus novelas por la vía del ya citado metalenguaje, que le permite "dialogar" con los lectores con respecto a la naturaleza de la obra (amén del aspecto autobiográfico de toda narración), en estos ensayos nos acercamos al novelista en un aspecto más profundo, más consustanciado con su ser, como es el nacimiento de su obra, y cómo ella transformó su vida para otorgarle un "sentido", producto quizás -como él mismo lo expresa- de momentos, nostalgias y trivialidades.

rigilo99@hotmail.com

@GilOtaiza



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