La Roma absurda
GABRIEL VARGAS-ZAPATA
| EL UNIVERSAL
viernes 2 de noviembre de 2012 12:00 AM
A lo mejor es que Vicky Cristina Barcelona (2008) solo fue el comienzo de una nueva etapa, el primer mordisco a la manzana envenenada. Con Media noche en París (2011), Woody Allen continúa escribiendo su carta abierta de amor a Europa, es un mochilero tardío subvencionado por las alcaldías más presuntuosas y endeudadas del viejo continente. A Roma con amor es parte del mismo espectáculo, del mismo cuento.
Pero a quién le importan todos esos informalismos de producción tan típicos de Hollywood; Allen ha sabido convertir su cine en un cine comercial, si, pero sin perder su condición de autor, ni algunas otras etiquetas como: intelectual, moderno, absurdo y cómico. A Roma con amor es probablemente una reinvención de su propia comedia, un tributo a sí mismo, porque reúne cualidades de su mejor cine y del más nefasto mercantilismo cinematográfico; ese del que siempre ha huido inútilmente. Más o menos como George Lucas cuando quiso desafiar al sistema montando su propia productora para poder contar a su antojo la historia de no sé qué galaxia muy, muy lejana; y terminó él mismo convirtiéndose en el sistema.
El resultado es una historia absurda contada con un sentido práctico y una carcajada crítica inevitable. Por una parte, la fotografía de Darius Khondji hace del relato, una postal incaducable y hermosísima, mientras que Allen se burla de la burguesía y del intelectualismo, mete una ducha en la ópera (algo así como una apropiación de La fuente de Duchamp) y elabora todo un discurso crítico sobre esa Neotelevisión que muy bien definen teóricos como Eco, Bourdieu o Macé.
Pero Allen va más allá, su discurso no es solo crítico y apocalíptico (bien lo sabe Eco), es también satírico y elocuente, es divertido y ágil, y no respeta ni a su misma protagonista: la ciudad de Roma. En este sentido, Roberto Benigni nos regala momentos de verdadera iluminación filosófica, con un final tan simple como brillante. Eres famoso porque eres famoso.
El mismo Woody Allen se reserva un personaje clave, antiparadigmas y a la vez abanderado de los modales y las formas. Su interpretación no es menos que brillante y cínica. Su burla se convierte en una oda a la contemporaneidad y al arte, al rompimiento de esa misma contemporaneidad y, en definitiva, a la sociedad. Esa sociedad que se engaña a sí misma, que es amarga y divertida a la vez. Por ello está lleno de belleza. En A Roma con amor se explota visualmente esa belleza, dentro de una estructura coral que por muy poco se libra de la inconsistencia argumental. Allen devora la manzana entera y se envenena.
En su Roma lo absurdo es lo lógico y el mundo real carece de verosimilitud, es insostenible y pedante. Esto, desde el punto de vista de la creatividad y del cine, es único, es informal, es rompedor como la Nouvelle vage, es Woody Allen.
@gvargaszapata
gvargaszapata@hotmail.com
gvargaszapata.blogspot.com
Pero a quién le importan todos esos informalismos de producción tan típicos de Hollywood; Allen ha sabido convertir su cine en un cine comercial, si, pero sin perder su condición de autor, ni algunas otras etiquetas como: intelectual, moderno, absurdo y cómico. A Roma con amor es probablemente una reinvención de su propia comedia, un tributo a sí mismo, porque reúne cualidades de su mejor cine y del más nefasto mercantilismo cinematográfico; ese del que siempre ha huido inútilmente. Más o menos como George Lucas cuando quiso desafiar al sistema montando su propia productora para poder contar a su antojo la historia de no sé qué galaxia muy, muy lejana; y terminó él mismo convirtiéndose en el sistema.
El resultado es una historia absurda contada con un sentido práctico y una carcajada crítica inevitable. Por una parte, la fotografía de Darius Khondji hace del relato, una postal incaducable y hermosísima, mientras que Allen se burla de la burguesía y del intelectualismo, mete una ducha en la ópera (algo así como una apropiación de La fuente de Duchamp) y elabora todo un discurso crítico sobre esa Neotelevisión que muy bien definen teóricos como Eco, Bourdieu o Macé.
Pero Allen va más allá, su discurso no es solo crítico y apocalíptico (bien lo sabe Eco), es también satírico y elocuente, es divertido y ágil, y no respeta ni a su misma protagonista: la ciudad de Roma. En este sentido, Roberto Benigni nos regala momentos de verdadera iluminación filosófica, con un final tan simple como brillante. Eres famoso porque eres famoso.
El mismo Woody Allen se reserva un personaje clave, antiparadigmas y a la vez abanderado de los modales y las formas. Su interpretación no es menos que brillante y cínica. Su burla se convierte en una oda a la contemporaneidad y al arte, al rompimiento de esa misma contemporaneidad y, en definitiva, a la sociedad. Esa sociedad que se engaña a sí misma, que es amarga y divertida a la vez. Por ello está lleno de belleza. En A Roma con amor se explota visualmente esa belleza, dentro de una estructura coral que por muy poco se libra de la inconsistencia argumental. Allen devora la manzana entera y se envenena.
En su Roma lo absurdo es lo lógico y el mundo real carece de verosimilitud, es insostenible y pedante. Esto, desde el punto de vista de la creatividad y del cine, es único, es informal, es rompedor como la Nouvelle vage, es Woody Allen.
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Comentarios (2)
páginas:
1
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Por tomas carbonell
02.11.2012
9:17 AM
Trabaj en Roma por 10 anos, la conosco de 40, ningn pseudointelectual puede cambiar la verdadera imagen y el fondo de una ciudad y sus habitantes, tan particulares; del resto,el verdadero Allen, aquel de Manhattan,o la guerra de las bananas,por decir dos films, se ha perdido nel camino. vel vAllen se ha perdido
Por Jose David Rivas
02.11.2012
1:14 AM
ROMA ESTA ARDIENDO... y este anda tocando la lira.
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