La señora Etelvina
JUAN GUERRERO
| EL UNIVERSAL
jueves 1 de noviembre de 2012 12:00 AM
Cuando vivía en Maracaibo, allá por 1964, se hablaba siempre de cuentos extraños. Del pájaro "guaco" que cuando pasaba por encima de alguna casa y dejaba salir sus graznidos, de seguro alguien moría. Por eso siempre espantaban a la pobre ave.
Pero a la señora Etelvina eso no la alarmaba. Ella nos había alquilado la casa donde vivíamos, era una mujer tan gorda pero tan gorda, que cierta vez, cuando fue a cobrar la mensualidad, se le ocurrió entrar. Mi madre la ayudó a pasar, abriendo de par en par las dos alas de la puerta. Con cuidado se inclinó, se apoyó en el pórtico y dejó caer el robusto pie derecho sobre el escalón. Yo, siempre lejano de ese misterioso ser, observaba detrás de la cortina que daba a la cocina. Blanca, con sus anchos y cuadrados lentes de montura gruesa negra, sus ojos redondeados y grandes combinaban con su cuello y pecho de acentuados lunares negros.
Al poco tiempo decidió regresar. Apenas si probó el cafecito que mi madre le ofreció. Es que tengo que atender un trabajito, fue lo que escuché. Pero la señora Etelvina se quedó atorada entre el escalón y la puerta. No podía subir. Mi madre la ayudaba mientras una de mis hermanas la empujaba por la espalda. Me llamaron. Con apenas 10 años, asmático, esquelético y asustadizo, me acerqué y ella alzó su brazo izquierdo. Juro por los clavos de Cristo que al ver semejante extremidad, cual jamón de Navidad, pensé que no sobreviviría. La pobre mujer dejó caer su brazo sobre mi hombro derecho mientras mis manos sostenían apenas una ínfima porción de aquello que era por mucho, más pesado y ancho que toda mi humanidad. Al fin un señor que pasaba terminó de halarla y yo pude zafarme.
-Juancito, ven esta tarde a mi casa para que te toméis un juguito. Mi madre asintió mientras me quedaba sin habla. No sea mal educado, muchacho. Dígale que va. Asentí con la cabeza y ella complacida, tardó una eternidad -mientras me miró con esos redondos ojazos negros, que fueron para mí un tormento- en dar media vuelta.
Había escuchado a mi hermano Miguel comentar que en casa de la señora Etelvina ocurrían cosas raras. Ella vivía apenas al doblar la esquina. Frente a la plaza Coquivacoa. Era una casa con un frente lleno de árboles. Siempre con la puerta y ventanas cerradas. Una noche, cerca de las doce, mientras conversaban, ella lo interrumpió mientras miró fijamente un sofá vacío y exclamó: Hermano, por qué se presenta así tan feo. No ve que tengo visita. Acto seguido, escuchó un ruido como de huesos, que se alejaban por el corredor. No dijo nada. Apenas si terminó de tomarse el café y decir, después de mucho tragar saliva, que se iba, que era tarde.
Pero a mí me salvó el asma. Esa noche me llenaron el pecho con "numotizine" y me acostaron temprano. El cuarto quedó oloroso a guayacol. Por la ventana veía parte del patio, las matas de coco y guanábana, también las ramas del mamón y el cotoperí, y más allá, la cerca que separaba el patio de la señora Etelvina. Escuché ruidos. Alaridos y balbuceos como de alguien endemoniado. Después un sonido de ramas...y ese olor intenso de tabaco crudo. Me fui en llanto. Es que deben estar sacándole un espíritu que se le metió al hijo de la Chinca.
Los años han pasado. Una penumbra de recuerdos se amontona mientras las casas y los amplios patios llenos de matas y sombras, hace años dejaron de existir para dar espacio a una gran avenida en el sector de Nuevo Mundo.
Esta historia, como tantas otras, de espantos y aparecidos, es recurrente en nuestra cultura. Las hemos ido gradualmente incorporando a nuestros rasgos como sociedad y de tan cercanas, nos hacen vivir en una verosimilitud de situaciones que son parte de nuestras creencias. Hacen falta mientras acompañamos la madrugada de nuestros insomnios o en los velorios de pueblo.
Todos llevamos esa marca, esa exagerada metáfora que nos une secretamente a un mundo donde entramos silenciosos, cuando la lógica mundana descansa y de improviso nos asaltan los recuerdos.
Yo, sigo pensando en la señora Etelvina. La imagino sentada en su mecedora mientras habla con sus "hermanos" como buena espiritista que era. Serena. De voz segura y sentenciosa. De fina muñeca y con gruesos dedos que dejan ver en su mano izquierda, un delicado anillo de oro mientras se mece y en silencio observa ese otro mundo donde pueden ver sus grandes y negros ojos. Esa mujer especial que viene de un tiempo ido y que, sin embargo, sigue vivo como esa vez que nos visitó y me provocó el asma.
camilodeasis@hotmail.com
@camilodeasis
Pero a la señora Etelvina eso no la alarmaba. Ella nos había alquilado la casa donde vivíamos, era una mujer tan gorda pero tan gorda, que cierta vez, cuando fue a cobrar la mensualidad, se le ocurrió entrar. Mi madre la ayudó a pasar, abriendo de par en par las dos alas de la puerta. Con cuidado se inclinó, se apoyó en el pórtico y dejó caer el robusto pie derecho sobre el escalón. Yo, siempre lejano de ese misterioso ser, observaba detrás de la cortina que daba a la cocina. Blanca, con sus anchos y cuadrados lentes de montura gruesa negra, sus ojos redondeados y grandes combinaban con su cuello y pecho de acentuados lunares negros.
Al poco tiempo decidió regresar. Apenas si probó el cafecito que mi madre le ofreció. Es que tengo que atender un trabajito, fue lo que escuché. Pero la señora Etelvina se quedó atorada entre el escalón y la puerta. No podía subir. Mi madre la ayudaba mientras una de mis hermanas la empujaba por la espalda. Me llamaron. Con apenas 10 años, asmático, esquelético y asustadizo, me acerqué y ella alzó su brazo izquierdo. Juro por los clavos de Cristo que al ver semejante extremidad, cual jamón de Navidad, pensé que no sobreviviría. La pobre mujer dejó caer su brazo sobre mi hombro derecho mientras mis manos sostenían apenas una ínfima porción de aquello que era por mucho, más pesado y ancho que toda mi humanidad. Al fin un señor que pasaba terminó de halarla y yo pude zafarme.
-Juancito, ven esta tarde a mi casa para que te toméis un juguito. Mi madre asintió mientras me quedaba sin habla. No sea mal educado, muchacho. Dígale que va. Asentí con la cabeza y ella complacida, tardó una eternidad -mientras me miró con esos redondos ojazos negros, que fueron para mí un tormento- en dar media vuelta.
Había escuchado a mi hermano Miguel comentar que en casa de la señora Etelvina ocurrían cosas raras. Ella vivía apenas al doblar la esquina. Frente a la plaza Coquivacoa. Era una casa con un frente lleno de árboles. Siempre con la puerta y ventanas cerradas. Una noche, cerca de las doce, mientras conversaban, ella lo interrumpió mientras miró fijamente un sofá vacío y exclamó: Hermano, por qué se presenta así tan feo. No ve que tengo visita. Acto seguido, escuchó un ruido como de huesos, que se alejaban por el corredor. No dijo nada. Apenas si terminó de tomarse el café y decir, después de mucho tragar saliva, que se iba, que era tarde.
Pero a mí me salvó el asma. Esa noche me llenaron el pecho con "numotizine" y me acostaron temprano. El cuarto quedó oloroso a guayacol. Por la ventana veía parte del patio, las matas de coco y guanábana, también las ramas del mamón y el cotoperí, y más allá, la cerca que separaba el patio de la señora Etelvina. Escuché ruidos. Alaridos y balbuceos como de alguien endemoniado. Después un sonido de ramas...y ese olor intenso de tabaco crudo. Me fui en llanto. Es que deben estar sacándole un espíritu que se le metió al hijo de la Chinca.
Los años han pasado. Una penumbra de recuerdos se amontona mientras las casas y los amplios patios llenos de matas y sombras, hace años dejaron de existir para dar espacio a una gran avenida en el sector de Nuevo Mundo.
Esta historia, como tantas otras, de espantos y aparecidos, es recurrente en nuestra cultura. Las hemos ido gradualmente incorporando a nuestros rasgos como sociedad y de tan cercanas, nos hacen vivir en una verosimilitud de situaciones que son parte de nuestras creencias. Hacen falta mientras acompañamos la madrugada de nuestros insomnios o en los velorios de pueblo.
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Comentarios (14)
Por francisco corral
01.11.2012
6:33 PM
Viví muchos años en Maracaibo, tengo unas raíces muy hondas que me unen a ella, recién acabo de regresar de la tierra por el sol amada, y al leer al señor Guerrero me siento allí todavía. Muchos de los que comentamos le agradeceríamos que de vez en cuando nos deleitara con estos cuentos tan simples y sencillos y tan sabrosos. Muchas gracias.
Por Maria Medina
01.11.2012
5:39 PM
Buenísimo este cuento. De nuevo volví a la infancia cuando escuchaba muerta de miedo cuentos de aparecidos y ánimas que contaban compañeras de clase.
Por Liliana Panagua
01.11.2012
5:32 PM
Me gusto mucho! Juraria que caminé por esos patios y pasé por esa puerta y hasta creo que empujé a Etelmina mientras leia este relato. Qué narrativa tan espectacular! Leerlo fue como una bocanada de aire fresco! Quiero leer más...
Por carmen cobos
01.11.2012
4:35 PM
Me gusto sr. Juan Guerrero, hacia tiempo no leia un cuento, de los muchos que hay en todos los pueblos y caserios venezolanos. Lo felicito, se deberia tratar de sacar del baul de los recuerdos, todas esas leyendas de terror o pintorescas de nuestros pueblos, el llano tiene muchisimos unos muy buenos otros no tanto. Pero distraen en las noches de velorios, acortando el amanecer...Gracias por compartirla con nosotros, saludos y bendiciones!!!
Por Marycarmen Reinoso M.
01.11.2012
4:14 PM
Ahhhhhhh mundo EXCELENTE narración....tierra bella llena de espantos y aparecidos....beeeello nuestro folklore!....por ahí viene el Silvón...fuifuifuifuifuifuifuuuuuuuuuuuuuuu!
Por Guillermo Arias
01.11.2012
4:10 PM
Cuando La Urbina, Caraca, era un sembradío de fresas, pepinos y lechugas (cédula en el suelo), en Petare vivía un Sr. de nombre Felipe que de noche nos entretenía echándonos cuentos de muertos y aparecidos. Nos creaba una sensación ambivalente de miedo y satisfacción y nos hacía apreciar más el hecho de tener un hogar donde protegernos de los personajes que él inventaba. Hoy lo recuerdo con mucho cariño y sus personajes me causan muchísimo menos miedo que los vivos que andan amargándonos la vida, dentro de tanta inseguridad. La vida no es como la vivimos, sino como la recordamos, y el Sr. Felipe forma parte de mis recuerdos más gratos y agradezco su existencia.
Por Jose Ramon Barboza
01.11.2012
3:00 PM
Juan debe ser "maracucho" la plaza coquivacoa efectivamente queda frente al barrio nuevo mundo y en consecuencia definitivamente es de extraccion humilde.por lo tanto creo saber de que se trata y emitir una opinion, David Vega tiene razon y Hermes alvarado y los demas tambien. y agradecido a juan por traerme gratos recuerdos de mi "pateadero" infantil en mi maracaibo querido. Asi que como narrativa es amena y como toda narracion, se puede hablar de cualquier cosa, inclusive del miedo y en esta guerra de cuarta generacion, es donde David vega tiene razon y Juan terminaria siendo un "agente enemigo" quede cosas no., Pero asi estan las (...) en venezuela.
Por Mila Perez
01.11.2012
2:35 PM
Camilo, su narracion me parecio genial, atrapa usted al lector con la cadencia de su historia. Perdone la ignorancia, pero no se si ha publicado algun libro con historias, de ser asi, por favor haganoslo saber y si no, desde aca le invito a que lo haga. Hace mas de una decada lei un libro de cuentos llamado Memorias de El Saladillo, escrito por el historiador Rutilio Ortega y lo disfrute muchisimo, no soy Zuliana, pero me gusta la narrativa, sobre todo cuando se toma como enfoque la cultura de cualquier punto geografico. Adelante!, espero que pronto podamos disfrutar de alguna compilacion de sus historias, si es que no las ha publicado ya. Reconforta saber que la gente con talento aun tiene espacio en Venezuela, y no todo es soecidad.
Por cecilia gonzalo
01.11.2012
2:19 PM
IGUALMENTE DISFRUTE ESTA NARACION, ME TRAE BUENOS RECUERDOS DE TIEMPOS VIVIDOS EN FAMILIA....
Por Hermes Alvarado
01.11.2012
11:02 AM
Muy buena narración, aunque me imagino que por espacio, se cortaron trozos importantes. De mucha utilidad y de mucho provecho, pues éste tipo de relatos nos devuelven la humildad y sencillez del hogar, del compartir en familia, de razonar problemas y situaciones en familia, y sobre todo, vivir en familia, porque, independientemente del lugar, espacio y tiempo del autor, nos ubica en una época en la que éramos felices y no lo sabíamos. Gracias.
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