Nuestra nueva vida colectiva
JUAN CARLOS PÉREZ-TORIBIO
| EL UNIVERSAL
sábado 27 de octubre de 2012 12:00 AM
Para muchos de nosotros es un poco difícil escribir después de lo que ha sucedido el 7-O, tan arduo como lo es cuando sufrimos una de esas resacas de padre y señor mío. Eso se puede sentir en algunos de los artículos de opinión que han aparecido en este diario después de esa fecha. Hay una especie de desconcierto en el aire mientras las noticias nos remiten a los desastres naturales de siempre y a algunos gatillos alegres que, valiéndose de su posición social, aterran el cotarro. Es innegable que el país ha ido adquiriendo un nuevo ritmo desde el 98. Vamos de sobresalto en sobresalto y envejecemos apresuradamente con cada historia. Estamos tan involucrados en el quehacer político que cada hecho hace menguar nuestras fuerzas; me atrevería a decir que ese mismo desgaste lo están sufriendo también los partidarios del Gobierno. No hemos sabido distanciarnos de algunos fenómenos, como hacen ciertos galenos y analistas por su propio bien. Nuestras vidas, como sucede en Cuba, ha comenzado a girar exclusivamente alrededor de las ocurrencias y los padecimientos de nuestros gobernantes. La política ha llegado a abarcarlo todo, dejando muy poco espacio para solazarnos en nuestros logros o sobrellevar nuestros pesares particulares; es tanto así que ni siquiera escapamos a ello cuando viajamos. De esta forma, la existencia se nos va poco a poco mientras los que nos dirigen políticamente se alimentan de nuestra constante y desbordada atención.
"Alá –dice un personaje de la primera novela de Elif Shafax, una escritora turca de exótica narrativa, como los frutos y alimentos que describe en sus escritos– dame conocimiento, porque no puedo resistir la necesidad de saber, pero dame también la fuerza para soportar la información". Esta frase se me ha quedado grabada en la memoria después de los sucesos eleccionarios del 7-O. Aparentemente los psicoanalistas parten de idea de que el enfermo mejora cuando conoce la enfermedad que le aqueja y los motivos de su conducta. Sabemos, por ejemplo, cosas terrible que tienen su origen en la famosa sentencia de Lord Acton que nos habla del poder absoluto y la corrupción, e incluso sabemos que las ideas son más fuertes que algunos virus y bacterias, pero nada de eso nos tranquiliza el alma. La incertidumbre por muy dolorosa que sea siempre es un acicate para lograr el conocimiento, pero el conocimiento se convierte en enfermedad cuando no sabemos qué hacer con él o cómo utilizarlo en nuestro propio bien. Autores como Nozick sugieren que tal vez la única cosa que deberíamos aceptar como individuos y por el bien de todos los que participamos en el contrato social, es la distribución de la seguridad de nuestras vidas, pero que nadie tiene derecho a limitar nuestra libertad y nuestros actos por el bien de ningún colectivo. Esto, que antes nos parecía un poco obsceno, nos pesa ahora con la carga que tienen las grandes verdades que conocemos de primera mano.
Por todos lados se ha desatado un colectivismo que asusta, una búsqueda de un bien colectivo que desprecia la vida individual, en algunos casos de forma irreflexiva. Sin darnos cuenta se nos ha inyectado un complejo de culpa por los padecimientos de nuestro prójimo y constantemente se nos invita a salir del país si no compartimos un altruismo semejante. En el país que nos obstinamos en imitar se han sacrificado generaciones enteras en beneficio de una generación futura que nadie avizora todavía. Mucho me temo que vamos irremediablemente por ese mismo camino.
"Alá nos proteja y nos tenga siempre en su pensamiento", como diría también Shafax.
@pereztoribio
www.diariosdelaincertidumbre.com
"Alá –dice un personaje de la primera novela de Elif Shafax, una escritora turca de exótica narrativa, como los frutos y alimentos que describe en sus escritos– dame conocimiento, porque no puedo resistir la necesidad de saber, pero dame también la fuerza para soportar la información". Esta frase se me ha quedado grabada en la memoria después de los sucesos eleccionarios del 7-O. Aparentemente los psicoanalistas parten de idea de que el enfermo mejora cuando conoce la enfermedad que le aqueja y los motivos de su conducta. Sabemos, por ejemplo, cosas terrible que tienen su origen en la famosa sentencia de Lord Acton que nos habla del poder absoluto y la corrupción, e incluso sabemos que las ideas son más fuertes que algunos virus y bacterias, pero nada de eso nos tranquiliza el alma. La incertidumbre por muy dolorosa que sea siempre es un acicate para lograr el conocimiento, pero el conocimiento se convierte en enfermedad cuando no sabemos qué hacer con él o cómo utilizarlo en nuestro propio bien. Autores como Nozick sugieren que tal vez la única cosa que deberíamos aceptar como individuos y por el bien de todos los que participamos en el contrato social, es la distribución de la seguridad de nuestras vidas, pero que nadie tiene derecho a limitar nuestra libertad y nuestros actos por el bien de ningún colectivo. Esto, que antes nos parecía un poco obsceno, nos pesa ahora con la carga que tienen las grandes verdades que conocemos de primera mano.
Por todos lados se ha desatado un colectivismo que asusta, una búsqueda de un bien colectivo que desprecia la vida individual, en algunos casos de forma irreflexiva. Sin darnos cuenta se nos ha inyectado un complejo de culpa por los padecimientos de nuestro prójimo y constantemente se nos invita a salir del país si no compartimos un altruismo semejante. En el país que nos obstinamos en imitar se han sacrificado generaciones enteras en beneficio de una generación futura que nadie avizora todavía. Mucho me temo que vamos irremediablemente por ese mismo camino.
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Comentarios (2)
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Por José R Pirela
27.10.2012
9:22 AM
Aclaremos. El bien común democrático es el resultado de las individualidades, es la sumatoria de los aportes individuales que no afectan negativamente a los demás. El bien colectivo de la comuna es la disposición del Dictador. Son dos resultados contrapuestos. El primero, lo aportan y lo reciben los ciudadanos en ejercicio libre de su civilidad. El segundo, lo aporta y recibe el propio único dueño del Estado: el Dictador de la comuna socialista o comunista, no hay diferencia, como algunos quieren disimular.
Por Jose David Rivas
27.10.2012
1:27 AM
45% no es una "negligible minoría". Aquí se está hablando de "diferencias irreconciliables": de un grupo MUY importante de la sociedad que está siendo sistemáticamente acorralado, abusado, despreciado e insultado por un sistema de gobierno abiertamente antidemocrático. El Ejecutivo nos roba nuestros impuestos y nuestra alicuota de los ingresos petroleros para alimentar su aparato político. La Asamblea no nos representa y no atiende nuestros justos reclamos a la representatividad. El Sistema Judicial, el Poder Electoral y las Fuerzas Armadas están comprometidas con "el proceso" de imponernos una dictadura marxista. Entonces, que estamos esperando?. Hay algún demente que piense que estamos viviendo en una democracia donde los cambios ocurren votando?. Hay algún demente que piense que las dictaduras se combaten a sombrerazos?. Aquí hay dos paises: un 55% que quiere vivir en comunismo y un 45% que no quiere comunismo. Solamente hay una solución: cada uno por su lado.
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