Muchos hombres y un destino
JUAN CARLOS PÉREZ-TORIBIO
| EL UNIVERSAL
sábado 15 de septiembre de 2012 12:00 AM
Como muchos se podrán haber dado cuenta, en lo posible evito mencionar al candidato oficialista, no sólo por las distintas pasiones que despierta su persona y con las cuales se hace muy difícil lidiar y razonar, sino porque estoy convencido que es tarea de sus seguidores, y no de otros, invocarlo constantemente. Sin embargo, la influencia que éste ha tenido y sigue teniendo en la historia reciente del país, hace imposible que podamos prescindir de sus actuaciones.
Últimamente, cuando lo escucho hablando a través de la radio o lo veo respondiendo preguntas en las diferentes ruedas de prensa, no dejo de pensar que el hablar errático, redundante y deslucido que exhibe ahora parece cumplir aquella función fática que tanto lingüistas como semiólogos le atribuyen a una parte de nuestro lenguaje, aquella que según éstos consiste no ya en informar o transmitir ideas, conocimientos y datos, sino que alude a la pretensión de mantener únicamente la comunicación con el otro, donde poco importa lo que se diga con tal de mantener el contacto con el interlocutor, como aquella que realizan usualmente los enamorados. Cuando esto sucede, uno no deja de preguntarse qué pudo haber pasado para que todo un pueblo llegara a sentir tanta identificación con el abanderado oficialista.
Confieso que para encontrar respuesta a ésa y otras preguntas por el estilo no me han servido de mucho la cantidad de estudios académicos que sobre el particular se han generado todos estos años. En mi caso, nunca he comprado la idea romántica y moderna de que los pueblos son los verdaderos protagonistas de la historia y que terminan realizándola a pesar de los hombres particulares; que existen ciertas leyes sociales que hacen que los designios de Clío se cumpla inexorablemente. Como Ortega, y a despecho de los marxistas, por ejemplo, creo que esto no pasa de ser un antojo de aquella razón narrativa e histórica que pretende encontrar un hilo conductor en todos los hechos humanos. En este sentido, los antiguos estaban más dados a resaltar, en ese ciclo de auge y caída que gobernaba todas las cosas, la influencia fundamental de los individuos, los cuales a su vez tampoco escapaban a ese ciclo vital. Basta pensar en la figura de Jesús de Nazaret (para no nombrar la ristra de personajes sin los cuales sería imposible explicar parte de nuestra historia) y la ascendencia que tuvo posteriormente su accionar en toda la cultura occidental, para terminar de dar la razón a esos antiguos pensadores.
Por todo ello, y a pesar de estos concienzudos estudios, cuando veo la habilidad que el representante del PSUV ha desplegado todos estos años, la forma arrolladora en que se impuso a la sociedad, el poder que ha concentrado y su radio de influencia, sólo se me ocurre pensar en algunos personajes de la narrativa y la filmografía universal. Cuando eran constantes sus viajes internacionales y se mimetizaba con los pueblos que visitaba, irremediablemente me asaltaba la imagen de Zelig, el personaje de la obra homónima de Woody Allen que cambiaba su apariencia adaptándose al medio en que se desenvolvía. Pero anteriormente, y ante las pasiones que comenzó a desatar su discurso, no dejaba de pensar en Mr. Chance y la forma cómo la gente que lo rodeaba se deslumbraba creyendo encontrar sentido a sus enigmáticas sentencias que procedía de sus conocimientos de jardinero. Ahora, sin embargo, tampoco se me va de la cabeza lo narrado por Melville en su obra Bartleby. El personaje que da título al escrito de Melville es un escribiente que con sus acciones poco razonables e inesperadas, sus salidas atrevidas y extravagantes, llega a poner en jaque el orden y toda la organización del despacho de abogados donde se emplea, hasta el punto de que todos sus compañeros se terminan expresando como él, su jefe se muestra incapaz de despedirlo y tiene incluso que abandonar sus propias oficinas porque Bartleby "prefiere no irse".
Claro, muchas de estas ficciones tal vez tengan poco que ver con la realidad, pero nadie me va quitar de la cabeza la idea antigua de que son los individuos los que con su voluntad logran cambiar el destino de muchos de nosotros.
@pereztoribio
www.diariosdelaincertidumbre.com
Últimamente, cuando lo escucho hablando a través de la radio o lo veo respondiendo preguntas en las diferentes ruedas de prensa, no dejo de pensar que el hablar errático, redundante y deslucido que exhibe ahora parece cumplir aquella función fática que tanto lingüistas como semiólogos le atribuyen a una parte de nuestro lenguaje, aquella que según éstos consiste no ya en informar o transmitir ideas, conocimientos y datos, sino que alude a la pretensión de mantener únicamente la comunicación con el otro, donde poco importa lo que se diga con tal de mantener el contacto con el interlocutor, como aquella que realizan usualmente los enamorados. Cuando esto sucede, uno no deja de preguntarse qué pudo haber pasado para que todo un pueblo llegara a sentir tanta identificación con el abanderado oficialista.
Confieso que para encontrar respuesta a ésa y otras preguntas por el estilo no me han servido de mucho la cantidad de estudios académicos que sobre el particular se han generado todos estos años. En mi caso, nunca he comprado la idea romántica y moderna de que los pueblos son los verdaderos protagonistas de la historia y que terminan realizándola a pesar de los hombres particulares; que existen ciertas leyes sociales que hacen que los designios de Clío se cumpla inexorablemente. Como Ortega, y a despecho de los marxistas, por ejemplo, creo que esto no pasa de ser un antojo de aquella razón narrativa e histórica que pretende encontrar un hilo conductor en todos los hechos humanos. En este sentido, los antiguos estaban más dados a resaltar, en ese ciclo de auge y caída que gobernaba todas las cosas, la influencia fundamental de los individuos, los cuales a su vez tampoco escapaban a ese ciclo vital. Basta pensar en la figura de Jesús de Nazaret (para no nombrar la ristra de personajes sin los cuales sería imposible explicar parte de nuestra historia) y la ascendencia que tuvo posteriormente su accionar en toda la cultura occidental, para terminar de dar la razón a esos antiguos pensadores.
Por todo ello, y a pesar de estos concienzudos estudios, cuando veo la habilidad que el representante del PSUV ha desplegado todos estos años, la forma arrolladora en que se impuso a la sociedad, el poder que ha concentrado y su radio de influencia, sólo se me ocurre pensar en algunos personajes de la narrativa y la filmografía universal. Cuando eran constantes sus viajes internacionales y se mimetizaba con los pueblos que visitaba, irremediablemente me asaltaba la imagen de Zelig, el personaje de la obra homónima de Woody Allen que cambiaba su apariencia adaptándose al medio en que se desenvolvía. Pero anteriormente, y ante las pasiones que comenzó a desatar su discurso, no dejaba de pensar en Mr. Chance y la forma cómo la gente que lo rodeaba se deslumbraba creyendo encontrar sentido a sus enigmáticas sentencias que procedía de sus conocimientos de jardinero. Ahora, sin embargo, tampoco se me va de la cabeza lo narrado por Melville en su obra Bartleby. El personaje que da título al escrito de Melville es un escribiente que con sus acciones poco razonables e inesperadas, sus salidas atrevidas y extravagantes, llega a poner en jaque el orden y toda la organización del despacho de abogados donde se emplea, hasta el punto de que todos sus compañeros se terminan expresando como él, su jefe se muestra incapaz de despedirlo y tiene incluso que abandonar sus propias oficinas porque Bartleby "prefiere no irse".
Claro, muchas de estas ficciones tal vez tengan poco que ver con la realidad, pero nadie me va quitar de la cabeza la idea antigua de que son los individuos los que con su voluntad logran cambiar el destino de muchos de nosotros.
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