Renacer en Paraguaná
FRANCISCO GÁMEZ ARCAYA
| EL UNIVERSAL
miércoles 29 de agosto de 2012 03:34 PM
Veo un campo desolado, silencioso y gris. Un terreno inmenso que desemboca en el mar. Un mar de olas silentes, por el luto. Una explanada vacía del que salen pequeñas cabillas y algunos escombros chamuscados. Carros esqueléticos y muros caídos. Solo se escucha el silencio del que sufre y la ausencia de los que se fueron. Nada perturba esa paz adolorida cubierta por el cielo rojizo de Paraguaná.
De pronto, un rumor se percibe. Viene de lejos, pero viene. Es la brisa que va tomando espacio. Entra y se lleva consigo el calor abrasivo y sofocante. Lo refresca todo, lo calma todo. Se lleva el humo aislado y las cenizas superficiales. La calina va dando paso a la transparencia. Todo empieza a clarear. Sin advertirlo, comienzan a brotar pequeños puntos verdes que van moteando de esperanza el gris del suelo. Son diminutos, pero si acercas la mirada verás pequeñas hojas que acurrucan un botón de flor en el medio. Algunos chivos, todavía aturdidos, comienzan a balar. A lo lejos viene gente. Se distingue primero una pareja con dos niñitos. A su lado caminan otros más. Y otros más. Mientras avanzan, todavía a lo lejos, los niños van de la mano de sus padres. Luego, ya más cerca, se sueltan y corren en bandadas ruidosas, cantando y saltando. El silencio ha quedado a un lado. Ya no hay peligro.
Y así comienza el renacer.
Ante la adversidad, cada quien aportará lo mejor de sí y el trabajo en equipo distraerá la mente de quien aún esté anclado en la tristeza. Así los niños volverán a jugar en una plaza desaparecida que resucitará con la sola presencia de los pequeños. Los negocios destruidos encontrarán la excusa para volver recién pintados y ordenados. Las escuelas reabrirán y pertenecerán finalmente a su gente. Y cuando todo vuelva a una normalidad mejorada, entonces el pueblo entero, cada 25 de agosto, llevará flores blancas a sus muertos.
El incendio de Amuay ciertamente dejará una cicatriz más, una de tantas. Una huella indeleble sobre la cual debemos construir un mejor país. Cenizas y lágrimas que nos ayudarán a retomar el camino. Una Venezuela donde la alegría no sea únicamente producto del trópico, sino de las satisfacciones alcanzadas por el esfuerzo. Llegará el día fresco y lleno de esperanza. La Venezuela donde los responsables respondan. Donde quienes estén encargados de protegernos nos protejan. Donde el interés de todos jamás sea pisoteado por el interés de uno. Donde el progreso sea una realidad y donde las pesadillas se conviertan en sueños.
@GamezArcaya
De pronto, un rumor se percibe. Viene de lejos, pero viene. Es la brisa que va tomando espacio. Entra y se lleva consigo el calor abrasivo y sofocante. Lo refresca todo, lo calma todo. Se lleva el humo aislado y las cenizas superficiales. La calina va dando paso a la transparencia. Todo empieza a clarear. Sin advertirlo, comienzan a brotar pequeños puntos verdes que van moteando de esperanza el gris del suelo. Son diminutos, pero si acercas la mirada verás pequeñas hojas que acurrucan un botón de flor en el medio. Algunos chivos, todavía aturdidos, comienzan a balar. A lo lejos viene gente. Se distingue primero una pareja con dos niñitos. A su lado caminan otros más. Y otros más. Mientras avanzan, todavía a lo lejos, los niños van de la mano de sus padres. Luego, ya más cerca, se sueltan y corren en bandadas ruidosas, cantando y saltando. El silencio ha quedado a un lado. Ya no hay peligro.
Y así comienza el renacer.
Ante la adversidad, cada quien aportará lo mejor de sí y el trabajo en equipo distraerá la mente de quien aún esté anclado en la tristeza. Así los niños volverán a jugar en una plaza desaparecida que resucitará con la sola presencia de los pequeños. Los negocios destruidos encontrarán la excusa para volver recién pintados y ordenados. Las escuelas reabrirán y pertenecerán finalmente a su gente. Y cuando todo vuelva a una normalidad mejorada, entonces el pueblo entero, cada 25 de agosto, llevará flores blancas a sus muertos.
El incendio de Amuay ciertamente dejará una cicatriz más, una de tantas. Una huella indeleble sobre la cual debemos construir un mejor país. Cenizas y lágrimas que nos ayudarán a retomar el camino. Una Venezuela donde la alegría no sea únicamente producto del trópico, sino de las satisfacciones alcanzadas por el esfuerzo. Llegará el día fresco y lleno de esperanza. La Venezuela donde los responsables respondan. Donde quienes estén encargados de protegernos nos protejan. Donde el interés de todos jamás sea pisoteado por el interés de uno. Donde el progreso sea una realidad y donde las pesadillas se conviertan en sueños.
@GamezArcaya
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