Castradores de sueños
FRANCISCO GÁMEZ ARCAYA
| EL UNIVERSAL
miércoles 15 de agosto de 2012 03:38 PM
Quien está ocupado en salvar su vida, siempre verá limitada su capacidad para anhelar un futuro mejor. La sobrevivencia no es más que eso, vivir en condiciones tan adversas que la única meta admisible es no morir en el intento. Bajo esas circunstancias, pensar en el mañana es simplemente un lujo.
Venezuela es un país azotado por la violencia y la precariedad. Esa situación de anarquía hace que miles de familias se resguarden a diario a fin salvar sus vidas. Las energías están destinadas a preservar la integridad física y a obtener los elementos básicos de subsistencia. Así, vemos cómo en este país las metas se hacen más cercanas y el largo plazo es una utopía. Nadie cuenta con la estabilidad necesaria para proyectarse hacia delante.
Aquellos que promueven estos malignos sistemas de gobierno como el nuestro, basan sus planes sobre la penuria y el recorte, y controlan la producción de lo básico para ahogar los sueños de la población. La meta es asfixiar la esperanza. No en vano, miles de cubanos han arriesgado sus vidas para huir de su país cruzando en endebles balsas un mar cundido de tiburones bajo el inclemente sol caribeño. Igual sucedía con el temido Muro de Berlín. Ciudadanos de la Alemania comunista, a riesgo de ser asesinados en su borde superior, intentaban huir de su patria cruzando a toda velocidad el emblemático muro que les conduciría a un mundo mejor, a un espacio donde el sueño era posible. No tanto por hambre, que siempre encuentra solución con una limosna gubernamental, sino por el anhelo de soñar, cubanos y alemanes emprendían esas aventuras que muchas veces terminaban en muerte. Es curioso que, siendo el socialismo el mejor sistema del mundo, no parecieran registrarse casos contrarios de personas por ejemplo queriendo huir hacia Cuba o en su época, de cruzar el Muro de Berlín a la inversa.
Una muestra de la precariedad criolla la palpa el venezolano que viaja al exterior y se deleita con la seguridad, con los supermercados y con los hospitales de otros países. Es motivo de admiración algo tan normal como poder caminar por calles extranjeras, a cualquier hora del día o de la noche, sin ser asaltado o asesinado. Encandila contemplar la variedad y la abundancia en la oferta de leche, de aceites, de cereales que pueblan los supermercados foráneos. Los sistemas de salud eficientes, que atienden a todos por igual, pueden hasta generar desconfianza en el venezolano común que no está habituado al servicio público decente. Eso es así, porque el mundo local, este que vivimos en Venezuela, este ensayo socialista, castra los sueños. Lo básico, es decir la vida, el alimento, la salud, la electricidad, escasean hasta el límite. El objetivo es hacer de nosotros precarios seres humanos que se conformen con éxitos en luchas urgentes, como conseguir aceite vegetal, salvar la nevera tras un apagón o escapar con vida de un secuestro. De esa forma el verbo soñar va quedando en desuso y quienes gobiernan, en lugar de servir, someten.
@GamezArcaya
Venezuela es un país azotado por la violencia y la precariedad. Esa situación de anarquía hace que miles de familias se resguarden a diario a fin salvar sus vidas. Las energías están destinadas a preservar la integridad física y a obtener los elementos básicos de subsistencia. Así, vemos cómo en este país las metas se hacen más cercanas y el largo plazo es una utopía. Nadie cuenta con la estabilidad necesaria para proyectarse hacia delante.
Aquellos que promueven estos malignos sistemas de gobierno como el nuestro, basan sus planes sobre la penuria y el recorte, y controlan la producción de lo básico para ahogar los sueños de la población. La meta es asfixiar la esperanza. No en vano, miles de cubanos han arriesgado sus vidas para huir de su país cruzando en endebles balsas un mar cundido de tiburones bajo el inclemente sol caribeño. Igual sucedía con el temido Muro de Berlín. Ciudadanos de la Alemania comunista, a riesgo de ser asesinados en su borde superior, intentaban huir de su patria cruzando a toda velocidad el emblemático muro que les conduciría a un mundo mejor, a un espacio donde el sueño era posible. No tanto por hambre, que siempre encuentra solución con una limosna gubernamental, sino por el anhelo de soñar, cubanos y alemanes emprendían esas aventuras que muchas veces terminaban en muerte. Es curioso que, siendo el socialismo el mejor sistema del mundo, no parecieran registrarse casos contrarios de personas por ejemplo queriendo huir hacia Cuba o en su época, de cruzar el Muro de Berlín a la inversa.
Una muestra de la precariedad criolla la palpa el venezolano que viaja al exterior y se deleita con la seguridad, con los supermercados y con los hospitales de otros países. Es motivo de admiración algo tan normal como poder caminar por calles extranjeras, a cualquier hora del día o de la noche, sin ser asaltado o asesinado. Encandila contemplar la variedad y la abundancia en la oferta de leche, de aceites, de cereales que pueblan los supermercados foráneos. Los sistemas de salud eficientes, que atienden a todos por igual, pueden hasta generar desconfianza en el venezolano común que no está habituado al servicio público decente. Eso es así, porque el mundo local, este que vivimos en Venezuela, este ensayo socialista, castra los sueños. Lo básico, es decir la vida, el alimento, la salud, la electricidad, escasean hasta el límite. El objetivo es hacer de nosotros precarios seres humanos que se conformen con éxitos en luchas urgentes, como conseguir aceite vegetal, salvar la nevera tras un apagón o escapar con vida de un secuestro. De esa forma el verbo soñar va quedando en desuso y quienes gobiernan, en lugar de servir, someten.
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