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Reconquistando al talento que se fugó

DANIEL LANSBERG RODRÍGUEZ |  EL UNIVERSAL
jueves 9 de agosto de 2012  03:25 PM
"Las cosas no son tanto como son, sino como somos" Iván Lansberg Henríquez (1989).

Hace unas semanas, me sorprendí mucho al encontrar mención de mi abuelo en la Gaceta Oficial:

"Providencia mediante la cual se revoca la autorización otorgada al ciudadano Iván Lansberg Henríquez, para actuar como corredor de Seguros".

Aunque, en realidad, perder dicha autorización tendría poca relevancia práctica porque mi abuelo, falleció en el 2006, desde ese mismo día dejó de utilizarla; sin embargo el ver su nombre citado así en el mencionado documento me produjo una gran tristeza.

Iván nació en un mundo que sufrió desastre tras desastre. Como judío holandés,  se salvó del destino que habría de tocarle a su compatriota Anna Frank, huyendo a borde la última nave que logro zarpar del puerto de Rotterdam y cruzar el Atlántico sin ser hundido por submarinos del Tercer Reich.

Cuando terminó la guerra, Iván tomo una decisión que con el tiempo definiría su vida. En vez de regresar a las ruinas de Europa, optó por emigrar a Venezuela escogiendo, al igual que muchos de su generación, ser venezolano. Aquí encontró una tierra llena de oportunidades, que supo utilizar con inteligencia y  una profunda gratitud que lo marcaría para siempre.

Como el nieto gringozolano, viviendo la mayoría de mis años formativos en EEUU, mi abuelo siempre encontraba la manera de envolverme en el realismo mágico de la vida cotidiana venezolana, con la sabiduría y paciencia de alguien que la había llegado a comprender, y apreciar, desde afuera como yo.

Pocos meses antes de su muerte, mi abuelo llegó a casa un día golpeado y temblando. Lo habían atracado a salir del metro de Sabana Grande, lanzándolo a la calle para robarle su celular. Mi familia estaba horrorizada (en el 2006 estas cosas aún no era tan común) pero en contra de nuestros deseos Iván siguió tomando el metro para su trabajo; siempre pendiente de reconocer entre la diaria multitud la cara de alguna de las personas que lo habían ayudado después del ataque la joven que lo ayudó a ponerse de pie y le prestó un teléfono o el buhonero que le otorgó una silla mientras que se le pasaba el mareo: seres quien por el resto de su vida, consideraría amigos. "Ellos son mi Venezuela" me explico, "los ladrones no".

A veces lo pienso que fue mejor que mi abuelo no haya llegado a conocer la situación actual de su pueblo adoptivo. Tal vez los secuestros, la violencia, las retóricas divisivas y el resurgimiento del antisemitismo hubiesen sido capaces de socavar sus amplias reservas de fe y optimismo... pero lo dudo.

Los venezolanos estamos viviendo un período particularmente difícil de nuestra historia rodeados y apabullados por peligros en la calle y graves incertidumbres  económicas y políticas. Nuestros líderes han priorizado la voluble lealtad del voto y lo han puesto por encima de la producción del bienestar social a largo plazo: celebrando cada curita de color que le ponen a un poderoso cáncer nacional de violencia, pobreza y apatía. Generosos subsidios se reparten a compinches internacionales, despilfarrando nuestro patrimonio, mientras que el propio venezolano, con un sueldo cada vez menor y precios cada vez más elevados, se pregunta a diario si es preferible ser ladrón o mendigo.

Una generación entera de médicos, abogados, empresarios e ingenieros, buscan salir del país como sea, mientras que nuestro sistema arcano de control de cambio hace mucho para facilitar su ida. Pero detrás de este trágico éxodo existe una gran oportunidad. Si la Venezuela de mañana logra incentivar a los exiliados a que regresen a su tierra, se traerán con ellos nuevos conocimientos, relaciones y fuentes de capital más representativo del diverso planeta en que vivimos.

No tomaría mucho crear de esta grande y diversa comunidad de emigrantes, una nueva generación como la de mi abuelo, antepasados de apellidos impronunciables quienes encontraron y crearon innumerables oportunidades en Venezuela.

Esta vez no seria necesario una guerra mundial, ni los horrores de un Hitler, un Franco o un Mao...

Siempre será más fácil sacar al tigre de la jungla que sacar a la jungla del tigre y la diáspora venezolana mantiene su país por dentro: la  familia, la  cultura y  el orgullo propio. Lo que les falta es esperanza, seguridad y un futuro cierto.

El petróleo, cosa que como país nos ha sostenido por generaciones, es algo que requiere búsqueda perpetua, identificando pozos nuevos para sustituir reservas gastadas. Las razones por las cuales creer en Venezuela no siempre serán obvias. El ciudadano, al igual que el petrolero, tendrá que ser creativo para identificar, desenterrar, y procesar venas nuevas de optimismo y de confianza.

Que nosotros, como nación, seamos capaces de reemplazar nuestras reservas agotadas de comunidad y de fe es crítico. Volver a creer en nosotros mismos, y en el otro, será lo que nos podrá sostener durante esta larga noche y, con el tiempo, lo que podrá rescatar al país en que mi abuelo nunca dejó de creer.

@Dlansberg


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