Aplausos para una mujer valiente
OSWALDO PULGAR PÉREZ
| EL UNIVERSAL
jueves 9 de agosto de 2012 04:09 PM
Entre las emociones que me ha tocado vivir, los aplausos en los entierros de personajes reconocidos por su santidad, han sido las más conmovedoras. Recuerdo en 1992, en Roma, cuando el cuerpo recién beatificado del hoy San Josémaría Escrivá de Balaguer, salía en hombros del templo de San Eugenio.
Me parece que la palabra "sobrecogidos" es la que más se acerca a lo que sentimos aquella mañana. Yo había asistido a juegos de beisbol, partidos de fútbol, conciertos, etc., pero no es lo mismo. Los aplausos a los santos parecen recogidos por Dios y llevados al cielo.
También en Roma, una multitud se reunió en la iglesia Santa Francisca Romana, en los funerales de Chiara Corbella, una joven de 28 años, de profunda fe católica que murió por retrasar un tratamiento contra el cáncer y proteger al bebé que esperaba.
Casada con Enrico Petrillo juntos superaron el dolor de ver morir a dos hijos poco después del parto, debido a malformaciones. Los momentos que vivieron con esos dos hijos, llamados David y María, fueron los más felices de su existencia.
En 2010, Chiara salió embarazada por tercera vez y según los médicos, el niño estaba completamente sano. Sin embargo, a ella le diagnosticaron un agresivo cáncer de lengua y le propusieron someterse a un tratamiento que pondría en riesgo a su hijo. Chiara decidió proteger al bebé y pospuso el tratamiento hasta el nacimiento de Francisco, el 30 de mayo de 2011.
El cáncer avanzó con fuerza, perdió la vista en un ojo, y los médicos la deshauciaron en abril pasado. Chiara falleció el 13 de junio acompañada por sus seres más queridos y convencida de que partía al encuentro de sus hijos mayores.
Yo no logro entender a matrimonios jóvenes, quizá de la edad de Chiara, a quienes escucho decir -¡Nos estamos cuidando! al referirse a su deseo de evitar los hijos hasta que lleguen tiempos mejores. Siempre he pensado que uno se cuida de las cosas malas, no de las buenas.
Por ejemplo, en Venezuela, nos cuidamos de los ladrones porque te los puedes encontrar en cada esquina y te pueden incluso matar. Nos cuidamos de un loco al volante que viene en sentido contrario.
Pero de un hijo, ¿Cómo podemos cuidarnos? ¿A quién se le ocurre verlo como un mal, cuando puede ser fuente de una felicidad indescriptible, aún naciendo enfermo? "Voy al cielo a ocuparme de María y David y tú, quédate aquí con papá. Yo, desde allí rezaré por vosotros", escribió Chiara en una carta dirigida a Francisco una semana antes de morir.
Aunque no estuve presente, me explico los aplausos que según la noticia recibió Chiara como despedida. Me explico que Kimberly Hann, escritora, defina a un hijo como el amor conyugal, al que, a los nueve meses, hay que ponerle nombre.
Me explico, salvando las distancias, que, en la Santísima Trinidad, el amor que se tienen el Padre y el Hijo, es tan intenso, que constituya una persona distinta de ellos: el Espíritu Santo.
Ciertamente, la paternidad ha de ser responsable. Pero eso no es sinónimo de "cerrar la fábrica" como algunos padres se ufanan ante los demás. Puede ser también aumentar la producción porque el mundo necesita vida, y le estamos dando muerte.
Aplausos sí. Una salva de aplausos para unos padres que han tenido más confianza en Dios que en sí mismos. Me recuerda aquella frase de Urteaga: "aquellos padres que ayuden a muchos hijos a ganarse el cielo, brillarán eternamente como estrellas".
opulgarprez6@gmail.com
@oswaldopulgar
Me parece que la palabra "sobrecogidos" es la que más se acerca a lo que sentimos aquella mañana. Yo había asistido a juegos de beisbol, partidos de fútbol, conciertos, etc., pero no es lo mismo. Los aplausos a los santos parecen recogidos por Dios y llevados al cielo.
También en Roma, una multitud se reunió en la iglesia Santa Francisca Romana, en los funerales de Chiara Corbella, una joven de 28 años, de profunda fe católica que murió por retrasar un tratamiento contra el cáncer y proteger al bebé que esperaba.
Casada con Enrico Petrillo juntos superaron el dolor de ver morir a dos hijos poco después del parto, debido a malformaciones. Los momentos que vivieron con esos dos hijos, llamados David y María, fueron los más felices de su existencia.
En 2010, Chiara salió embarazada por tercera vez y según los médicos, el niño estaba completamente sano. Sin embargo, a ella le diagnosticaron un agresivo cáncer de lengua y le propusieron someterse a un tratamiento que pondría en riesgo a su hijo. Chiara decidió proteger al bebé y pospuso el tratamiento hasta el nacimiento de Francisco, el 30 de mayo de 2011.
El cáncer avanzó con fuerza, perdió la vista en un ojo, y los médicos la deshauciaron en abril pasado. Chiara falleció el 13 de junio acompañada por sus seres más queridos y convencida de que partía al encuentro de sus hijos mayores.
Yo no logro entender a matrimonios jóvenes, quizá de la edad de Chiara, a quienes escucho decir -¡Nos estamos cuidando! al referirse a su deseo de evitar los hijos hasta que lleguen tiempos mejores. Siempre he pensado que uno se cuida de las cosas malas, no de las buenas.
Por ejemplo, en Venezuela, nos cuidamos de los ladrones porque te los puedes encontrar en cada esquina y te pueden incluso matar. Nos cuidamos de un loco al volante que viene en sentido contrario.
Pero de un hijo, ¿Cómo podemos cuidarnos? ¿A quién se le ocurre verlo como un mal, cuando puede ser fuente de una felicidad indescriptible, aún naciendo enfermo? "Voy al cielo a ocuparme de María y David y tú, quédate aquí con papá. Yo, desde allí rezaré por vosotros", escribió Chiara en una carta dirigida a Francisco una semana antes de morir.
Aunque no estuve presente, me explico los aplausos que según la noticia recibió Chiara como despedida. Me explico que Kimberly Hann, escritora, defina a un hijo como el amor conyugal, al que, a los nueve meses, hay que ponerle nombre.
Me explico, salvando las distancias, que, en la Santísima Trinidad, el amor que se tienen el Padre y el Hijo, es tan intenso, que constituya una persona distinta de ellos: el Espíritu Santo.
Ciertamente, la paternidad ha de ser responsable. Pero eso no es sinónimo de "cerrar la fábrica" como algunos padres se ufanan ante los demás. Puede ser también aumentar la producción porque el mundo necesita vida, y le estamos dando muerte.
Aplausos sí. Una salva de aplausos para unos padres que han tenido más confianza en Dios que en sí mismos. Me recuerda aquella frase de Urteaga: "aquellos padres que ayuden a muchos hijos a ganarse el cielo, brillarán eternamente como estrellas".
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