Un día de playa
FRANCISCO GÁMEZ ARCAYA
| EL UNIVERSAL
miércoles 8 de agosto de 2012 04:10 PM
En las costas de Camurí Chico, un sábado cualquiera, una tarde temprana, suelen verse cientos de vehículos, en su mayoría autobuses, que soportan el inclemente sol del litoral. Las playas, incrustadas abruptamente entre la carretera y el mar, están repletas de gente. Es un verdadero enjambre humano que se apila sobre la arena y que se nutre de a poco con arriesgados transeúntes que atraviesan la calle cargados de cavas, bolsos y escasas prendas de vestir.
Ya tienen tiempo ahí los Ramírez, llegaron temprano, enlatados en el primer porpuesto que salía de Gato Negro rumbo a Caraballeda. Willy, motorizado de profesión, sobreviviente diario de un oficio salvaje, había ahorrado en secreto unos realitos y quiso llevar a su mujer y a sus dos hijos a disfrutar de un día distinto, de un día de playa. Desde la noche anterior, ante la noticia del anhelado día de descanso, Carmen carga el alboroto propio del gozo incontenible. Ya desde las seis de la tarde del día anterior, el bolso, la toalla compartida y unas arepas preñadas de una transparencia de jamón, estaban en la puerta de su casa aguardando la partida. Todo escaso, en perfecto orden y limpieza.
Las penurias del autobús caluroso y congestionado no lograron hacer mella en la alegría de los Ramírez. Carmen, mientras el inmenso vehículo pasaba por entre los túneles, ordenaba a los muchachos que aguantaran la respiración para impedir que el aire empozado y contaminado se les metiera en el cuerpo. No lo lograron en el Boquerón I, pero el ejercicio sirvió de distracción y de excusa adicional para exteriorizar el júbilo. Al llegar a la playa, no solo quedaron encandilados por el sol mañanero sino por la inmensidad del mar, pocas veces visto en sus vidas.
Fue vano comprar aquella pelota que los muchachos quisieron poner a rodar. Era tanta la gente, que entre codazos pudieron a penas meter los pies en la cálida agua de olas suaves. Lograron nadar un poco. Ya desde mar adentro, el bullicio que venía de los cientos de radios hacía del paisaje una experiencia que trascendía lo visual. Regresando del agua, Carmen y Willy esperaban a los muchachos en el toldito, con las arepas calentadas por el clima y unas maltas que sufrían la misma suerte. Bajo la minúscula sombra, comían y hablaban. Todo transcurría con la normalidad del tiempo y la euforia del comienzo fue cediendo terreno al cansancio, pero la alegría seguía como música de fondo.
Cuando la tarde avanza, la tarde temprana, en aquellos autobuses hirvientes y ruidosos, hediondos a gasoil y aceite, los Ramírez se embarcan nuevamente hacia Gato Negro. Ya no importa respirar en el túnel y el orden inicial del bolso ha desaparecido. El semicuero rasgado del asiento les hace sudar la espalda, disolviendo el salitre y convirtiéndolo nuevamente en mar. Luego de varias paradas por recalentamientos del motor, los Ramírez llegan nuevamente a su hogar. Carmen extenuada, Willy orgulloso. Aquel día de playa en familia habrá de ser recordado en casa por muchos años, y los muchachos tratarán de repetirlo con sus hijos.
@GamezArcaya
Ya tienen tiempo ahí los Ramírez, llegaron temprano, enlatados en el primer porpuesto que salía de Gato Negro rumbo a Caraballeda. Willy, motorizado de profesión, sobreviviente diario de un oficio salvaje, había ahorrado en secreto unos realitos y quiso llevar a su mujer y a sus dos hijos a disfrutar de un día distinto, de un día de playa. Desde la noche anterior, ante la noticia del anhelado día de descanso, Carmen carga el alboroto propio del gozo incontenible. Ya desde las seis de la tarde del día anterior, el bolso, la toalla compartida y unas arepas preñadas de una transparencia de jamón, estaban en la puerta de su casa aguardando la partida. Todo escaso, en perfecto orden y limpieza.
Las penurias del autobús caluroso y congestionado no lograron hacer mella en la alegría de los Ramírez. Carmen, mientras el inmenso vehículo pasaba por entre los túneles, ordenaba a los muchachos que aguantaran la respiración para impedir que el aire empozado y contaminado se les metiera en el cuerpo. No lo lograron en el Boquerón I, pero el ejercicio sirvió de distracción y de excusa adicional para exteriorizar el júbilo. Al llegar a la playa, no solo quedaron encandilados por el sol mañanero sino por la inmensidad del mar, pocas veces visto en sus vidas.
Fue vano comprar aquella pelota que los muchachos quisieron poner a rodar. Era tanta la gente, que entre codazos pudieron a penas meter los pies en la cálida agua de olas suaves. Lograron nadar un poco. Ya desde mar adentro, el bullicio que venía de los cientos de radios hacía del paisaje una experiencia que trascendía lo visual. Regresando del agua, Carmen y Willy esperaban a los muchachos en el toldito, con las arepas calentadas por el clima y unas maltas que sufrían la misma suerte. Bajo la minúscula sombra, comían y hablaban. Todo transcurría con la normalidad del tiempo y la euforia del comienzo fue cediendo terreno al cansancio, pero la alegría seguía como música de fondo.
Cuando la tarde avanza, la tarde temprana, en aquellos autobuses hirvientes y ruidosos, hediondos a gasoil y aceite, los Ramírez se embarcan nuevamente hacia Gato Negro. Ya no importa respirar en el túnel y el orden inicial del bolso ha desaparecido. El semicuero rasgado del asiento les hace sudar la espalda, disolviendo el salitre y convirtiéndolo nuevamente en mar. Luego de varias paradas por recalentamientos del motor, los Ramírez llegan nuevamente a su hogar. Carmen extenuada, Willy orgulloso. Aquel día de playa en familia habrá de ser recordado en casa por muchos años, y los muchachos tratarán de repetirlo con sus hijos.
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