Educar para incluir
La inclusión implica dotar a los alumnos de formación ética para que se conviertan en incluidores
ANTONIO PÉREZ ESCLARÍN
| EL UNIVERSAL
martes 7 de agosto de 2012 12:00 AM
Por lo general, la exclusión escolar reproduce y consolida la exclusión social. Son precisamente los alumnos que más necesitan de la escuela los que no ingresan en ella, o los que la abandonan antes de tiempo, sin haber adquirido las competencias mínimas esenciales para un desarrollo autónomo y una convivencia democrática. Las escuelas de los pobres siguen siendo unas pobres escuelas que contribuyen a reproducir la pobreza. Si a todos nos parecería inconcebible que los hospitales y clínicas enviaran a sus casas a los enfermos más graves o que requieren atención o cuidados especiales, todos aceptamos sin problemas que los centros educativos dejen fuera o en el camino a los alumnos más necesitados y problemáticos y se vayan quedando sólo con los mejores.
Pero el problema de la inclusión es mucho más complejo de lo que se piensa y se nos quiere hacer creer. La verdadera inclusión implica, en primer lugar, no sólo dar oportunidades de estudio a los que nunca las tuvieron, sino retenerlos en el sistema educativo el mayor tiempo posible para que no lo abandonen. Esto va a suponer implementar una pedagogía activa, pertinente y productiva, para que los alumnos se sientan a gusto estudiando y palpen la utilidad y pertinencia de sus estudios. En segundo lugar, la inclusión implica también proporcionarles a todos los alumnos las competencias esenciales para que se integren productivamente en la sociedad y puedan continuar aprendiendo por su cuenta, pues si no, si sólo tienen títulos y no una buena formación, la sociedad va a excluirlos posteriormente. Puede resultar profundamente excluyente y a la larga muy frustrante, regalar títulos sin las exigencias académicas requeridas, títulos que no garantizan las competencias y saberes necesarios para seguir estudiando o ejercer una profesión adecuadamente. En tercer lugar, la inclusión implica dotar a los alumnos de una sólida formación ética y ciudadana para que se conviertan en incluidores de todos: tanto de los que piensan como ellos como de los que piensan diferente. Sería de un cinismo muy cruel y totalmente opuesto al sentido de la verdadera inclusión, incluir para formar sujetos excluidores, es decir, formarlos ideológicamente para que no acepten ideas distintas y rechacen a los que no piensan como ellos.
De ahí la necesidad de practicar la discriminación positiva, es decir, privilegiar y atender mejor a los que tienen más carencias y problemas, para así compensar en lo posible las desigualdades de origen y evitar agrandar las diferencias.
pesclarin@gmail.com
@cfipj
www.cfipj-feyaleagria.org
Pero el problema de la inclusión es mucho más complejo de lo que se piensa y se nos quiere hacer creer. La verdadera inclusión implica, en primer lugar, no sólo dar oportunidades de estudio a los que nunca las tuvieron, sino retenerlos en el sistema educativo el mayor tiempo posible para que no lo abandonen. Esto va a suponer implementar una pedagogía activa, pertinente y productiva, para que los alumnos se sientan a gusto estudiando y palpen la utilidad y pertinencia de sus estudios. En segundo lugar, la inclusión implica también proporcionarles a todos los alumnos las competencias esenciales para que se integren productivamente en la sociedad y puedan continuar aprendiendo por su cuenta, pues si no, si sólo tienen títulos y no una buena formación, la sociedad va a excluirlos posteriormente. Puede resultar profundamente excluyente y a la larga muy frustrante, regalar títulos sin las exigencias académicas requeridas, títulos que no garantizan las competencias y saberes necesarios para seguir estudiando o ejercer una profesión adecuadamente. En tercer lugar, la inclusión implica dotar a los alumnos de una sólida formación ética y ciudadana para que se conviertan en incluidores de todos: tanto de los que piensan como ellos como de los que piensan diferente. Sería de un cinismo muy cruel y totalmente opuesto al sentido de la verdadera inclusión, incluir para formar sujetos excluidores, es decir, formarlos ideológicamente para que no acepten ideas distintas y rechacen a los que no piensan como ellos.
De ahí la necesidad de practicar la discriminación positiva, es decir, privilegiar y atender mejor a los que tienen más carencias y problemas, para así compensar en lo posible las desigualdades de origen y evitar agrandar las diferencias.
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