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¿Podemos confiar en el CNE?

¿Van a ensuciar el agua de la fuente a la que deben su rol de funcionarias?

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ELÍAS PINO ITURRIETA |  EL UNIVERSAL
domingo 5 de agosto de 2012  12:00 AM
La respuesta no puede conducir a un Si entusiasta, a menos que pretendamos quedar como idiotas. Sin embargo, como no somos idiotas, estamos en capacidad de discernir sobre el asunto sin llegar a una descalificación redonda del organismo electoral, aunque tampoco sin cobijarnos en su regazo movidos por la sugestión de la confianza. Lo segundo ampliaría las posibilidades de manejo tendencioso de la campaña electoral y de la suma amañada de los sufragios, según vienen anunciando voces recelosas, pero lo primero simplemente aconsejaría el abandono del proceso ante la seguridad de que no se puede hacer nada frente a la trampa. Estamos ante las piezas fundamentales de un rompecabezas sobre cuya existencia, real o fantasiosa, convienen algunos comentarios.

Sobre la tendencia dominante entre los rectores del CNE quizá apenas baste con recordar cómo se advierte en su composición la presencia de una orientación proclive al Gobierno, debido a la selección de los integrantes por una Asamblea Nacional que miró más por los intereses del oficialismo que por la rectitud de un procedimiento fundamental para la democracia. Los oídos de los diputados se complacieron en la selección de unas voces a las que no adornaba la sonoridad de la autonomía, sino murmullos que no perturbaran a quien aconsejó la selección; de unas voces que jamás habían sonado con fuerza en el ámbito de la vida pública, esto es, sobre cuyo timbre se podía pensar en la posibilidad de que no cantaran como gallos debido a que jamás lo habían hecho con propiedad ante el auditorio nacional. Sin que tales rasgos desemboquen necesariamente en el descrédito de quienes comienzan a cantar por primera vez desde el centro de un escenario frente al cual está pendiente la ciudadanía, pues no siempre el gallo más engolado resulta preferible a las gallinas ponedoras, no deja de despertar suspicacias una escogencia de la cual no pueden esperar los escogedores sino complacencias a granel. Dieron a las ungidas las compañía de un funcionario independiente, es cierto, pero salta a la vista cómo le resulta cuesta arriba a ese funcionario imponer su criterio frente a la mayoría de las rectoras cuyo voto a la hora de las decisiones, ¡qué casualidad!, siempre es coincidente. La anterior salida de Jorge Rodríguez es un recuerdo que no deja de llenar de valladares el juicio sobre sus reemplazantes, no en balde marchó de la sede del arbitraje electoral, del centro de una balanza que en teoría no se debe inclinar sino ante el peso de la equidad, a la ocupación de los cargos más banderizos y comprometidos que le ofreció el presidente Chávez. Una maroma de tal naturaleza, hecha a la vista de todos con la protección de la red del régimen, no deja de pesar a la hora de juzgar el desempeño pasado del CNE y también cuando uno debe considerar lo que hacen quienes lo sustituyeron. Si funcionó tan adecuadamente Jorge Rodríguez, después no se iba a pensar en gente que no calcara el moldeable modelo. Es así, aunque puede existir la alternativa de retocar el cuadro sin que nadie pueda desmentir cabalmente una descripción como la que se ha propuesto.

Tal origen provoca infinitas observaciones a la conducta de las rectoras. La mayoría de sus movimientos y la mayoría de sus decisiones se hacen dignos de sospecha, pero es evidente que no pueden hacer lo que les parezca, quizá porque no lo quieran o simplemente porque la sociedad no se los va a permitir. Seguramente sea exagerado buscarles siempre la mala intención, aunque no canten de acuerdo con la partitura de la oposición, pues nadie está en capacidad de negarles del todo su respeto de la cartilla ciudadana más elemental. Cuando el oficialismo ha perdido, no han tenido más remedio que desembuchar el veredicto. Sobre esa conducta no cabe duda. En el difícil predicamento de que sólo quisieran trabajar para la complacencia de sus escogedores, saben ellas que la Magdalena no está para tafetanes. La experiencia democrática del medio siglo anterior ha dotado a la ciudadanía de elementos susceptibles de convertirse en escudo sólido contra los fraudes. La experiencia de los últimos catorce años ha creado una sensibilidad más despierta frente a la prepotencia de la "revolución". La experiencia de aglutinamiento promovida por la MUD ha multiplicado la necesidad de vigilar con extremo cuidado las elecciones presidenciales debido a su calidad de proceso crucial para el retorno de la democracia representativa. Contra esa corriente, cada vez más caudalosa, no hay voluntad capaz de torcer por las malas el rumbo de la contienda.

Por último, en términos teóricos el CNE viene a ser un organismo fundamental de los procesos democráticos, debido a que encuentra origen en los preceptos de la democracia que ha sido punto de partida del régimen actual y del régimen que queramos establecer en breve de manera lícita. Viene de la democracia y se debe a ella. En consecuencia, debe mirar por la alternabilidad de los mandatarios como oxígeno de la democracia en cuyo seno nacen los organismos como en el que manejan las rectoras. ¿Van a ensuciar el agua de la fuente a la que deben su rol de funcionarias y su honor frente a la república? No parece verosímil, a estas alturas de la historia, si consideran lo que pueden perder como ciudadanas de Venezuela y lo que pierde la sociedad si realmente caen en malos pasos.

eliaspinoituhotmail.com



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