Maiquetía
MARIANO NAVA CONTRERAS
| EL UNIVERSAL
viernes 3 de agosto de 2012 04:05 PM
Siempre he pensado que, de todos los edificios públicos, el aeropuerto es el que mejor representa el carácter del país donde se encuentra. Los hay sofisticados como el de París, frenéticos y bulliciosos como el de Roma, inmensos y pragmáticos como el de Nueva York, eficientes como el de Frankfurt. Y quién puede negarlo, el aeropuerto de Maiquetía es uno de los más bonitos de Latinoamérica. Sus vitrales y sus pisos diseñados por Cruz Diez hacen que el pasajero interactúe con el arte como en pocos espacios públicos de este país, sus frescas estancias están sabiamente pensadas para darnos sensación de comodidad y amplitud, sus ventanales nos ofrecen una panorámica de las pistas enmarcadas en la inmensidad del Caribe, todo está equipado con los más modernos artilugios de la última tecnología.
Sin embargo, no nos engañemos. Como todos sabemos (y alguna vez hemos sido víctimas), en sus sótanos y pasillos internos existe, como en la novela de Sábato, un insospechado inframundo infectado de mafias especializadas en sacar los más inconfesables provechos de los viajeros desprevenidos. Mafias que se han consolidado históricamente, dedicándose a la más variopinta gama de trapicheos, desde el robo de equipajes hasta otros comercios indecibles. Corrupción y delincuencia, pues, en la mejor tradición de un país en el que, desde la Colonia, todo contacto con el extranjero ha sido excusa para la proliferación de las más creativas formas de la ilegalidad. A este oscuro paisaje debemos añadir el de sus alrededores, en el que campea la inseguridad que ya es común al resto del país. Mensualmente la prensa reporta los robos y hasta asesinatos que se suceden en sus alrededores.
El aeropuerto de Maiquetía también encarna, como pocas construcciones civiles, los prejuicios que han acompañado a la pretendida modernidad venezolana. El esmerado lujo de la terminal internacional contrasta con la bastante más sencilla terminal nacional, que sirve para que las gentes "del interior" vengan a "la capital" a hacer sus diligencias. No existe ningún transporte público que comunique a la ciudad con la terminal internacional. Para qué, si solo viajan al exterior los ricos, y los ricos tienen carro. A nadie se le ha ocurrido la posibilidad de que en un país con casi 30 millones de habitantes pueda haber gente de todo tipo que viaje por otras razones que no sean irse de vacaciones a Miami. Solo hay un servicio bastante mediocre de autobuses que llegan a la terminal nacional, que es donde está la gente que utiliza autobuses. En un país groseramente centralista, el aeropuerto no cuenta con hoteles dignos y a precios moderados en sus inmediaciones para que los viajeros del interior hagan sus conexiones. Para qué, si al exterior solo viaja la gente de Caracas, y ellos tienen su casa. A estas alturas, qué diremos de un guarda equipajes, cuya seguridad sería además imposible de garantizar.
El aeropuerto de Maiquetía nos enseña que de poco vale hacer onerosos dispendios para equipar lujosas instalaciones, cuando ellas no están operadas por un personal honesto y capaz. Que una cosa es un edificio bonito y otra un organismo eficaz. Nos muestra cómo las dotaciones materiales por sí solas no aseguran el funcionamiento de las instituciones, y que por un lado va el progreso material y por otro el desarrollo moral y humano. También nos muestra cuán lejos se encuentra del país real, ese que trabaja y se mueve todos los días, la miopía y la chatez de los gobernantes, y dicho de paso, que de poco han servido todos estos años de adoctrinamiento político para superar algunos atávicos prejuicios. En otras palabras, mucho más apreciaríamos los usuarios el sentirnos seguros y dignamente atendidos, así el edificio fuera un poquito más feo.
Otro día hablaremos de los aeropuertos que sirven a esa especie de ciudadanos de segunda, "la gente del interior".
marianonava@gmail.com
Sin embargo, no nos engañemos. Como todos sabemos (y alguna vez hemos sido víctimas), en sus sótanos y pasillos internos existe, como en la novela de Sábato, un insospechado inframundo infectado de mafias especializadas en sacar los más inconfesables provechos de los viajeros desprevenidos. Mafias que se han consolidado históricamente, dedicándose a la más variopinta gama de trapicheos, desde el robo de equipajes hasta otros comercios indecibles. Corrupción y delincuencia, pues, en la mejor tradición de un país en el que, desde la Colonia, todo contacto con el extranjero ha sido excusa para la proliferación de las más creativas formas de la ilegalidad. A este oscuro paisaje debemos añadir el de sus alrededores, en el que campea la inseguridad que ya es común al resto del país. Mensualmente la prensa reporta los robos y hasta asesinatos que se suceden en sus alrededores.
El aeropuerto de Maiquetía también encarna, como pocas construcciones civiles, los prejuicios que han acompañado a la pretendida modernidad venezolana. El esmerado lujo de la terminal internacional contrasta con la bastante más sencilla terminal nacional, que sirve para que las gentes "del interior" vengan a "la capital" a hacer sus diligencias. No existe ningún transporte público que comunique a la ciudad con la terminal internacional. Para qué, si solo viajan al exterior los ricos, y los ricos tienen carro. A nadie se le ha ocurrido la posibilidad de que en un país con casi 30 millones de habitantes pueda haber gente de todo tipo que viaje por otras razones que no sean irse de vacaciones a Miami. Solo hay un servicio bastante mediocre de autobuses que llegan a la terminal nacional, que es donde está la gente que utiliza autobuses. En un país groseramente centralista, el aeropuerto no cuenta con hoteles dignos y a precios moderados en sus inmediaciones para que los viajeros del interior hagan sus conexiones. Para qué, si al exterior solo viaja la gente de Caracas, y ellos tienen su casa. A estas alturas, qué diremos de un guarda equipajes, cuya seguridad sería además imposible de garantizar.
El aeropuerto de Maiquetía nos enseña que de poco vale hacer onerosos dispendios para equipar lujosas instalaciones, cuando ellas no están operadas por un personal honesto y capaz. Que una cosa es un edificio bonito y otra un organismo eficaz. Nos muestra cómo las dotaciones materiales por sí solas no aseguran el funcionamiento de las instituciones, y que por un lado va el progreso material y por otro el desarrollo moral y humano. También nos muestra cuán lejos se encuentra del país real, ese que trabaja y se mueve todos los días, la miopía y la chatez de los gobernantes, y dicho de paso, que de poco han servido todos estos años de adoctrinamiento político para superar algunos atávicos prejuicios. En otras palabras, mucho más apreciaríamos los usuarios el sentirnos seguros y dignamente atendidos, así el edificio fuera un poquito más feo.
Otro día hablaremos de los aeropuertos que sirven a esa especie de ciudadanos de segunda, "la gente del interior".
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