Las autopistas del cielo
OSWALDO PULGAR PÉREZ
| EL UNIVERSAL
jueves 2 de agosto de 2012 11:30 AM
Los aviones circulan sin encontrarse nunca, mejor dicho, casi nunca, porque sus encontronazos mortales los ha habido en la historia aeronáutica. Pero, en relación al número de aviones, no es nada, aunque siempre es lamentable. Que yo recuerde, dos. En ambos, la causa fue error de los controladores aéreos.
Esto me hizo reflexionar sobre la necesidad de tener un camino claro en la vida y seguirlo. Porque tenerlo, lo tenemos, lo que ocurre es que, a pesar de eso, a veces, nos empeñamos en no recorrerlo, o en escoger otro, que a nuestro equivocado parecer, es mejor.
Hay un camino general, que es como una autopista de varios canales. Pero dentro de esa autopista, cada uno debe localizar el suyo, a riesgo de malograr su vida. Y es tan fácil errar, pues la soberbia, que es un enemigo interno nos engaña.
Ese enemigo nos hace ir de cabeza, pensamos que todo gira alrededor nuestro. Nada más falso. Porque ese camino, o está dentro de la autopista general o nos lanza a un precipicio. Y es lamentable que esto suceda. Y sucede.
Para comenzar, ese camino tiene que contar con Dios. Si no, estamos perdidos, porque Él es, digamos, el ingeniero y constructor de la autopista. Es absurdo que nos quejemos de lo mal que está, de los huecos que tiene, que nosotros mismos le hemos ocasionado, de la poca calidad del asfalto que no hemos repuesto, de que no tiene rallado, etc. Es lo que hay.
Se habla poco de la ley natural porque reconocerla, exige vivir como está previsto que vivamos. A nadie se le ocurre desafiar una ley física, porque nos parezca injusta, o porque no creemos en su existencia. No es un problema de fe, sino de realismo. De aceptar las cosas como son, no como queremos que sean.
Y así, vamos consumando y consumiendo trágicamente nuestra vida. Una inversión, que no solo no da ganancias, sino que nos dará, queramos o no, cuantiosas pérdidas. El que se sale voluntariamente, se desbarranca.
La libertad es algo muy serio. Ser creados no quiere decir ser esclavos. Al contrario, esclavizándonos al bien, nos hacemos libres, es decir, buenos, en todo el sentido de la palabra, porque se supone que la libertad es un bien.
No es un valor absoluto al que debamos supeditarlo todo. No. Es un valor instrumental, o sea, un medio para un fin. Está incompleta, inconclusa. Nosotros la debemos concluir con cada una de las decisiones que tomamos, para bien, o para mal.
Y aquí está la tragedia de muchos. Que deciden mal. Y lo grave es, que nos lo pueden advertir y no lo aceptamos. Buscamos mil excusas para justificar nuestro mal comportamiento. Y después, nos quejamos de que Dios es injusto. O nos trata mal, o no nos da lo que le pedimos.
Lo contrario de la soberbia es la humildad. No girar sobre nosotros mismos y creernos lo que no somos. Cuentan que un escritor se encontró con un amigo al que no veía desde hacía años. Este, enseguida, empezó a contarle sobre los libros que había escrito, de los premios que había ganado con ellos, etc.
En un momento dado, al darse cuenta de que estaba monopolizando el diálogo, se disculpó y le dijo al otro: -Oye, perdona, que no te he dejado colocar ni una palabra. Dime: -¿Cuál de mis libros has leído recientemente?
Es una tarea ardua, ese descubrir y transitar una vez descubierto, nuestro camino particular. Buscamos la felicidad donde no está. Y a nadie podemos luego responsabilizar, de no haberla encontrado. La responsabilidad es nuestra.
opulgarprez6@gmail.com
@oswaldopulgar
Esto me hizo reflexionar sobre la necesidad de tener un camino claro en la vida y seguirlo. Porque tenerlo, lo tenemos, lo que ocurre es que, a pesar de eso, a veces, nos empeñamos en no recorrerlo, o en escoger otro, que a nuestro equivocado parecer, es mejor.
Hay un camino general, que es como una autopista de varios canales. Pero dentro de esa autopista, cada uno debe localizar el suyo, a riesgo de malograr su vida. Y es tan fácil errar, pues la soberbia, que es un enemigo interno nos engaña.
Ese enemigo nos hace ir de cabeza, pensamos que todo gira alrededor nuestro. Nada más falso. Porque ese camino, o está dentro de la autopista general o nos lanza a un precipicio. Y es lamentable que esto suceda. Y sucede.
Para comenzar, ese camino tiene que contar con Dios. Si no, estamos perdidos, porque Él es, digamos, el ingeniero y constructor de la autopista. Es absurdo que nos quejemos de lo mal que está, de los huecos que tiene, que nosotros mismos le hemos ocasionado, de la poca calidad del asfalto que no hemos repuesto, de que no tiene rallado, etc. Es lo que hay.
Se habla poco de la ley natural porque reconocerla, exige vivir como está previsto que vivamos. A nadie se le ocurre desafiar una ley física, porque nos parezca injusta, o porque no creemos en su existencia. No es un problema de fe, sino de realismo. De aceptar las cosas como son, no como queremos que sean.
Y así, vamos consumando y consumiendo trágicamente nuestra vida. Una inversión, que no solo no da ganancias, sino que nos dará, queramos o no, cuantiosas pérdidas. El que se sale voluntariamente, se desbarranca.
La libertad es algo muy serio. Ser creados no quiere decir ser esclavos. Al contrario, esclavizándonos al bien, nos hacemos libres, es decir, buenos, en todo el sentido de la palabra, porque se supone que la libertad es un bien.
No es un valor absoluto al que debamos supeditarlo todo. No. Es un valor instrumental, o sea, un medio para un fin. Está incompleta, inconclusa. Nosotros la debemos concluir con cada una de las decisiones que tomamos, para bien, o para mal.
Y aquí está la tragedia de muchos. Que deciden mal. Y lo grave es, que nos lo pueden advertir y no lo aceptamos. Buscamos mil excusas para justificar nuestro mal comportamiento. Y después, nos quejamos de que Dios es injusto. O nos trata mal, o no nos da lo que le pedimos.
Lo contrario de la soberbia es la humildad. No girar sobre nosotros mismos y creernos lo que no somos. Cuentan que un escritor se encontró con un amigo al que no veía desde hacía años. Este, enseguida, empezó a contarle sobre los libros que había escrito, de los premios que había ganado con ellos, etc.
En un momento dado, al darse cuenta de que estaba monopolizando el diálogo, se disculpó y le dijo al otro: -Oye, perdona, que no te he dejado colocar ni una palabra. Dime: -¿Cuál de mis libros has leído recientemente?
Es una tarea ardua, ese descubrir y transitar una vez descubierto, nuestro camino particular. Buscamos la felicidad donde no está. Y a nadie podemos luego responsabilizar, de no haberla encontrado. La responsabilidad es nuestra.
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