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La confianza no da asco

FRANCISCO GÁMEZ ARCAYA |  EL UNIVERSAL
miércoles 1 de agosto de 2012  02:28 PM
Hace un tiempo, en un supermercado de un país extranjero, pasamos por el área del pan. Ofrecían una extensa variedad, todos los precios y tamaños, blancos, integrales, redondos, cuadrados. Escogimos el tipo y la cantidad que queríamos, el panadero los colocó en la clásica bolsa de papel marrón y seguimos nuestro recorrido. Al llegar a la caja, descargamos el carrito y el cajero, sujetando la bolsa cerrada en su mano, me preguntó el tipo de pan y el número de piezas que habíamos escogido. Luego de mi respuesta, agregó el código en la máquina registradora y siguió pasando productos. Jamás comprobó la veracidad de lo que le dije, simplemente confió en mí.

El asunto es que la confianza humaniza. Basta con experimentar un gesto recíproco de confianza entre dos extraños, para percibir una instantánea sensación de respeto mutuo. En esos gestos donde confiamos basados únicamente en la presunción de la buena fe del otro se encierra el secreto de la convivencia pacífica y libre de una sociedad compuesta, mayoritariamente, por gente decente. Si por el contrario, nos vemos impedidos en confiar en los demás, la vida se va degradando en amargura, cansancio y temor. Por eso el Estado, a través de leyes justas y de un sistema de administración de justicia eficiente y proba, debe ocuparse de garantizar la restitución de los equilibrios rotos por los trasgresores de la confianza, para así asegurar la paz y la libertad.

El caso es que en nuestra sociedad la confianza se ha perdido. Los excesivos controles, grandes generadores de corrupción pero de ningún bienestar, y la ausencia de un sistema de justicia decente y eficaz, hacen que la vida del venezolano sea una carga pesada. La burocracia criolla, a veces guiada por normas absurdas, a veces por la indigestión circunstancial del funcionario de turno, nos asfixia con engorrosos trámites, huellas dactilares y sellos húmedos. Todo porque se parte siempre de la sospecha que el ciudadano es un tramposo que pretende sacar provecho de un Estado inocente y bueno.

Así, vemos por ejemplo que se ordena el uso general de un chip electrónico para el control de la venta de gasolina. Se presume entonces que todos los que utilizan el referido combustible salen de la estación de servicio directamente a la frontera o al misterioso galpón del contrabandista, a fin de vender el tanque a un precio varias veces mayor que su costo original. Sin embargo, el chip y sus engorrosas consecuencias poco inciden sobre el poderoso individuo que dirige y se enriquece del contrabando de combustible.

Qué amable sería la convivencia ciudadana si pudiésemos contar con un grado mayor de confianza en la buena fe de los demás y si las normas y el Estado castigasen efectiva y puntualmente a quien trasgrede y abusa. Si eso fuese así, la mayoría, es decir, los decentes, podríamos vivir con un poco más de paz y libertad.

@GamezArcaya




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