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El espectáculo en campaña

CAROLINA GÓMEZ-ÁVILA |  EL UNIVERSAL
miércoles 1 de agosto de 2012  02:02 PM
"La política se adecentó por algunos años porque la gente decente se animó a hacer política en vez de evadirla". Mario Vargas Llosa en  "La civilización del espectáculo".

No he terminado de leerlo. Prefiero ir despacio para comparar ideas. Pero siento urgencia de compartir algunas que muevan al ejercicio ciudadano. A fin de cuentas, es nuestra más grande carencia.

En mis manos, "La civilización del espectáculo" de Varguitas. Así lo llamo desde que leí, adolescente, su historia con la tía Julia (y sus consecuencias), lo que me resultó muy incómodo porque me sentí sometida a su presencia como autor. Y con "Los cachorros" experimenté gran ansiedad porque a la sazón estudiaba en el Champagnat de Caracas, que ya era mixto pero con patios llenos de fábulas de horror. Destaco ese par de libros para explicar por qué, a pesar del Nobel, me refiero a él con cierta irreverencia y por qué me angustia leerlo.

A lo que iba: apenas comienzo con esta selección de ensayos (muchos publicados en El País de España entre 1995 y 2011) enriquecida con nuevos textos, y ya encuentro que hay ideas necesarias para la reflexión ciudadana.

Dice Varguitas: "la política ha ido reemplazando cada vez más las ideas y los ideales, el debate intelectual y los programas, por la mera publicidad y las apariencias. Consecuentemente, la popularidad y el éxito se conquistan no tanto por la inteligencia y la probidad como por la demagogia y el talento histriónico. Así, se da la curiosa paradoja de que, en tanto que en las sociedades autoritarias es la política la que corrompe y degrada a la cultura, en las democracias modernas es la cultura o eso que usurpa su nombre la que corrompe y degrada a la política y a los políticos".

Demagogia y talento histriónico. Fórmula ideal para el espectáculo, pero nefasta para la integridad de las repúblicas y sus democracias. La libertad de sus ciudadanos queda comprometida por cualquier cosa que no tenga que ver con el cargo al que optan (como electrodomésticos) y se relaciona con símbolos que produzcan devoción (como El Libertador).

Varguitas señala a la prensa amarillista como autora del descrédito del quehacer político porque sustituyó la crítica de los hechos por la frivolidad del escándalo y el chisme.  Vemos a los políticos desnudos en su ángulo más vergonzoso por el interés de captar público (no dice que eso equivale a dinero).  Pero en golpe de revés, la defiende: "el periodismo escandaloso es un perverso hijastro de la cultura de la libertad.", porque no corrompe a nadie sino que ha nacido corrompido por una cultura que reclama el morbo como pasatiempo para sobrellevar su aburrimiento, cansancio y penas propias. La sociedad ofrece blanda o nula reacción ante los delitos y se excita ante el chisme y el escándalo.

Quizás por decirlo Vargas Llosa, lo hayamos dicho otros o no, algunos decidan que ya es tiempo de pensar sobre el tema. Y protestar por la discriminación, incompetencia y corrupción de este gobierno. Por mí, no se detengan. Regreso al libro.

@cgomezavila


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