El bienestar de los pueblos
Los pueblos deben distinguir al dirigente que realmente quiere su bien del que pretende sojuzgarlo
LUIS ENRIQUE OBERTO G.
| EL UNIVERSAL
miércoles 25 de julio de 2012 12:00 AM
El fomento en paz y libertad del bienestar espiritual y material de los pueblos -sostenido en el tiempo- no es ajeno al comportamiento de sus gobiernos, a su disposición a aceptar que esa es la razón de su ser, y de la gente. Por lo tanto, depende de los valores que prevalecen en el seno de sus comunidades, que condicionan el funcionamiento de sus instituciones fundamentales y el quehacer cotidiano de la gente, que estos determinen un entorno de respeto de la dignidad de todas las personas. Y, por supuesto, de la autenticidad de su dirigencia.
Lamentablemente, atravesamos por un tiempo en el que, para preocupación de la humanidad, parecieran cada vez escasear más los líderes de los pueblos capaces de conducirlos -sin vacilaciones ni dobleces- en las horas duras y de acción de remoción de los obstáculos que amenazan seriamente su futuro: la búsqueda de ese bienestar, según su querer y empeño. Líderes como Churchill, Gandhi y Mandela, que en las horas cruciales de sus pueblos -en las que les tocó actuar- en sus propuestas y accionar personal fueron heraldos auténticos de los valores intrínsecos a la persona humana.
Sacrificios
Por eso, cuando son varios los países en los que se han hecho evidentes las dificultades y sacrificios de toda naturaleza que sus pueblos deben enfrentar, como resultado de las orientaciones ideológicas o las políticas erradas de sus gobiernos -como ocurre en España y Grecia-, y en algunos a la hora de elegir una mayoría importante ya optó claramente por el cambio en la orientación de sus gobiernos y la rectificación de sus políticas -como en España: Rodríguez Zapatero por Rajoy- esos pueblos antes que oír malas consejas deben exigir a quienes causaron la crisis contribuir ahora activamente a su solución.
Es en esa circunstancia, en la que el líder dispuesto a cumplir sus compromisos porque realmente solo le importa el bien de la gente -su libertad y su dignidad- y no el beneficio político a obtener, muestra sus mejores cualidades humanas, su identificación con los valores fundamentales que deben prevalecer en la sociedad que lo ha escogido para conducirla, en un mundo libre. Así: el coraje mostrado por Churchill frente al embate bélico del totalitarismo nazi; el pacifismo de Gandhi en su lucha por la libertad de la India; y, la ausencia de resentimiento alguno por parte de Mandela en su combate de la segregación racial en Sudáfrica.
Por ello, los pueblos que viven en libertad deben estar siempre atentos a distinguir al dirigente que realmente quiere su bien del que pretende sojuzgarlo.
luisoberto@yahoo.com
Lamentablemente, atravesamos por un tiempo en el que, para preocupación de la humanidad, parecieran cada vez escasear más los líderes de los pueblos capaces de conducirlos -sin vacilaciones ni dobleces- en las horas duras y de acción de remoción de los obstáculos que amenazan seriamente su futuro: la búsqueda de ese bienestar, según su querer y empeño. Líderes como Churchill, Gandhi y Mandela, que en las horas cruciales de sus pueblos -en las que les tocó actuar- en sus propuestas y accionar personal fueron heraldos auténticos de los valores intrínsecos a la persona humana.
Sacrificios
Por eso, cuando son varios los países en los que se han hecho evidentes las dificultades y sacrificios de toda naturaleza que sus pueblos deben enfrentar, como resultado de las orientaciones ideológicas o las políticas erradas de sus gobiernos -como ocurre en España y Grecia-, y en algunos a la hora de elegir una mayoría importante ya optó claramente por el cambio en la orientación de sus gobiernos y la rectificación de sus políticas -como en España: Rodríguez Zapatero por Rajoy- esos pueblos antes que oír malas consejas deben exigir a quienes causaron la crisis contribuir ahora activamente a su solución.
Es en esa circunstancia, en la que el líder dispuesto a cumplir sus compromisos porque realmente solo le importa el bien de la gente -su libertad y su dignidad- y no el beneficio político a obtener, muestra sus mejores cualidades humanas, su identificación con los valores fundamentales que deben prevalecer en la sociedad que lo ha escogido para conducirla, en un mundo libre. Así: el coraje mostrado por Churchill frente al embate bélico del totalitarismo nazi; el pacifismo de Gandhi en su lucha por la libertad de la India; y, la ausencia de resentimiento alguno por parte de Mandela en su combate de la segregación racial en Sudáfrica.
Por ello, los pueblos que viven en libertad deben estar siempre atentos a distinguir al dirigente que realmente quiere su bien del que pretende sojuzgarlo.
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