El pacto de los bobos
Para continuar con esta extraña tradición de jugar a la democracia, pero venezolanizada
JORGE SAYEGH
| EL UNIVERSAL
domingo 22 de julio de 2012 12:00 AM
¿Queda alguna duda de que el nuestro es un país bobalicón? Qué sentido puede tener que los candidatos presidenciales, es decir, las personalidades con mayor jerarquía en la sociedad (vamos a elegir a uno de ellos como máximo líder) se presten al sainete de juramentar un pacto electoral donde se comprometen a respetar la ley, la cual ya estaban obligados a respetar. Es como si cada mañana todos tuviéramos que firmar un acuerdo para no comernos la luz, no adelantarnos en la cola de la panadería y no montarle cachos al cónyuge.
"Compromiso por la Democracia" es el pomposo título del acuerdo, cuyo texto es prácticamente desconocido (lo busqué en Internet y no lo hallé), pero que parece contener sólo tres puntos de orden: 1) cumplir la ley, 2) reconocer los resultados, y 3) no ponerse violento ni comenzar a gritar ¡fraude, fraude!, si pierdes.
El desconocimiento de la victoria ajena y la mitología del fraude son dos viejas características del trajín democrático nacional. Y cuando digo trajín lo hago aludiendo a la acepción venezolana de la palabra, porque nuestra democracia siempre fue así, ¿pícara?, podríamos decir. Desde niño siempre escuché que los adecos se robaban los votos y ahora de viejo escucho decir, una y otra vez, que los chavistas manejan una mezcla de habilidades entre la bruja Hermelinda y Bill Gates. Que uno aprieta un voto en la maquinita y al final de la noche se convierte justo en el sufragio contrario.
Aunque probablemente la historia real sea que los adecos tenían más seguidores y los chavistas también, muy a mi pesar (en ambos casos, quiero decir). Quizás por eso firmemos este pacto. Para continuar con esta extraña tradición de jugar a la democracia, pero venezolanizada, donde nos creemos vivos pero somos bobos.
JorgeSayegh@gmail.com
"Compromiso por la Democracia" es el pomposo título del acuerdo, cuyo texto es prácticamente desconocido (lo busqué en Internet y no lo hallé), pero que parece contener sólo tres puntos de orden: 1) cumplir la ley, 2) reconocer los resultados, y 3) no ponerse violento ni comenzar a gritar ¡fraude, fraude!, si pierdes.
El desconocimiento de la victoria ajena y la mitología del fraude son dos viejas características del trajín democrático nacional. Y cuando digo trajín lo hago aludiendo a la acepción venezolana de la palabra, porque nuestra democracia siempre fue así, ¿pícara?, podríamos decir. Desde niño siempre escuché que los adecos se robaban los votos y ahora de viejo escucho decir, una y otra vez, que los chavistas manejan una mezcla de habilidades entre la bruja Hermelinda y Bill Gates. Que uno aprieta un voto en la maquinita y al final de la noche se convierte justo en el sufragio contrario.
Aunque probablemente la historia real sea que los adecos tenían más seguidores y los chavistas también, muy a mi pesar (en ambos casos, quiero decir). Quizás por eso firmemos este pacto. Para continuar con esta extraña tradición de jugar a la democracia, pero venezolanizada, donde nos creemos vivos pero somos bobos.
JorgeSayegh@gmail.com
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