Los venezolanos y el poder
MARIANO NAVA CONTRERAS
| EL UNIVERSAL
viernes 20 de julio de 2012 03:19 PM
Es fácil encontrarlo, nos topamos con él todos los días. El policía, el soldado raso, el guardia, el recluta, el portero, el subordinado al que le encomiendan la custodia de una alcabala, una bomba de gasolina, una taquilla pública, un condominio... De inmediato le cambia la cara. Adquiere una nueva dignidad, una adustez, una seriedad, una gravedad que le queda prestada y que solo él se cree. Pero funciona. El tipo de inmediato se convierte en dueño y señor, el que manda, pues. "Tú no me pasas", "tú sí mamita", "tú no", "¡Epa! ¿Tú para dónde vas sin permiso?". El hombre ejerce implacablemente su pequeña cuota de poder. Su cuartico de hora. Lo que él entiende como "la autoridad", que no es más que vulgar autoritarismo. Sabe perfectamente que no durará mucho, y por eso lo vive con la intensidad de quien sabe que está viviendo, aunque efímera, toda una experiencia de vida, de esas que se recuerdan para siempre. Por eso quiere sacarle todo el provecho, exprimirle la última gota, disfrutarla lo más posible.
Lo peor es que sabemos que no ocurre solamente a esos niveles. Es más, que lo que ocurre a esos niveles es solo un reflejo de lo que pasa en toda la sociedad, empezando por las más altas instancias del poder, que da en este respecto vergonzoso ejemplo. Como dicen, solo es la punta del iceberg. El desprecio por el más débil, el irrespeto por la ley, el ejercicio injusto y autoritario del poder, son condimentos que hoy lamentablemente amargan la vida cotidiana del venezolano. Dígitos para las vergonzantes cifras que nos han convertido en uno de los países más violentos del mundo, siglos después de Boves y el tirano Aguirre sembraran una triste tradición. Nada haría sentir más en casa al soberbio Calicles, aquel personaje del Gorgias platónico que defendía con descaro el derecho natural del más fuerte.
Tal vez siempre fue así, o poco más o menos. El cultivo de la paz y la convivencia no parece ser una constante de nuestra historia. El tirano Aguirre y no el obispo Martí, el catire Páez y no Juan Germán Roscio ni el licenciado Sanz, Bolívar mejor que Andrés Bello. Quizás en la mentalidad de los pobladores de la apartada Capitanía General el culto a la hazaña individual y violenta, la admiración por la fuerza bruta fue configurando un catecismo para mejor aplicación en estas tierras olvidadas por el rey y su ley. También era que no había otra forma de afrontar la naturaleza por aquellos duros tiempos.
Tampoco fue mucho lo que hizo la joven República por corregir el entuerto. El largo rosario de revoluciones y alzamientos que lograron opacar los aislados intentos por construir una civilidad, fueron conformando un sombrío olimpo de caudillos que aún asechan taimados en lo más oscuro de nuestro subconsciente, de Zamora, Falcón, Guzmán Blanco o Castro a Pulgar y el Mocho Hernández. Luego, ya en el siglo pasado, largos períodos dictatoriales se alternaron con esporádicos intentos democráticos, en los que era improbable consolidar una verdadera educación ciudadana. Y si algún pecado cabe reprochar a la democracia cuartarrepublicana fue precisamente su indulgencia y descuido en este respecto.
Hoy se nos presenta una nueva oportunidad de superar el autoritarismo y el militarismo que parece ser notable y oscuro signo de nuestra historia. Oportunidad de superar la relación inmadura y adolescente que hemos mantenido los venezolanos con el poder. De enterrar definitivamente el "porque me da la gana, papá". Tamaño desafío, que toca el ethos mismo de la nación, pasa por la construcción efectiva de una convivencia republicana, por la educación para el ejercicio del poder a todos los niveles, por el respeto de los ciudadanos y sus derechos.
marianonava@gmail.com
Lo peor es que sabemos que no ocurre solamente a esos niveles. Es más, que lo que ocurre a esos niveles es solo un reflejo de lo que pasa en toda la sociedad, empezando por las más altas instancias del poder, que da en este respecto vergonzoso ejemplo. Como dicen, solo es la punta del iceberg. El desprecio por el más débil, el irrespeto por la ley, el ejercicio injusto y autoritario del poder, son condimentos que hoy lamentablemente amargan la vida cotidiana del venezolano. Dígitos para las vergonzantes cifras que nos han convertido en uno de los países más violentos del mundo, siglos después de Boves y el tirano Aguirre sembraran una triste tradición. Nada haría sentir más en casa al soberbio Calicles, aquel personaje del Gorgias platónico que defendía con descaro el derecho natural del más fuerte.
Tal vez siempre fue así, o poco más o menos. El cultivo de la paz y la convivencia no parece ser una constante de nuestra historia. El tirano Aguirre y no el obispo Martí, el catire Páez y no Juan Germán Roscio ni el licenciado Sanz, Bolívar mejor que Andrés Bello. Quizás en la mentalidad de los pobladores de la apartada Capitanía General el culto a la hazaña individual y violenta, la admiración por la fuerza bruta fue configurando un catecismo para mejor aplicación en estas tierras olvidadas por el rey y su ley. También era que no había otra forma de afrontar la naturaleza por aquellos duros tiempos.
Tampoco fue mucho lo que hizo la joven República por corregir el entuerto. El largo rosario de revoluciones y alzamientos que lograron opacar los aislados intentos por construir una civilidad, fueron conformando un sombrío olimpo de caudillos que aún asechan taimados en lo más oscuro de nuestro subconsciente, de Zamora, Falcón, Guzmán Blanco o Castro a Pulgar y el Mocho Hernández. Luego, ya en el siglo pasado, largos períodos dictatoriales se alternaron con esporádicos intentos democráticos, en los que era improbable consolidar una verdadera educación ciudadana. Y si algún pecado cabe reprochar a la democracia cuartarrepublicana fue precisamente su indulgencia y descuido en este respecto.
Hoy se nos presenta una nueva oportunidad de superar el autoritarismo y el militarismo que parece ser notable y oscuro signo de nuestra historia. Oportunidad de superar la relación inmadura y adolescente que hemos mantenido los venezolanos con el poder. De enterrar definitivamente el "porque me da la gana, papá". Tamaño desafío, que toca el ethos mismo de la nación, pasa por la construcción efectiva de una convivencia republicana, por la educación para el ejercicio del poder a todos los niveles, por el respeto de los ciudadanos y sus derechos.
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