La hoja de ruta
RICARDO COMBELLAS
| EL UNIVERSAL
sábado 14 de julio de 2012 04:12 PM
En cualquiera de los dos escenarios electorales, la victoria de Chávez o la victoria de Capriles, la estabilidad del sistema político venezolano goza de una innegable ventaja, al tener claramente establecida y legítimamente aceptada su hoja de ruta: la Constitución de 1999. El primer supuesto, el triunfo del presidente Chávez, es predecible (puesto aparte el misterioso asunto de la gravedad de su enfermedad) en sus consecuencias. Profundizará en su proyecto político dentro de su peculiar forma, fuera del canon constitucional prevaleciente en la cultura jurídica occidental, de interpretar la Constitución.
El segundo supuesto obviamente es más complejo. Mientras el triunfo de Chávez significa una continuación, a lo más una profundización del régimen, el triunfo de Capriles significa nada menos que un cambio de régimen, abriéndose en consecuencia un proceso de transición política, revelándose aquí la relevancia de la Carta Magna, pues nuestra tradición de cambio político ha girado como regla en torno al quebrantamiento constitucional, y como excepción con la preservación de la Constitución, como lo fue el año de 1999, sin olvidar que la Constitución de 1961 pasó rápidamente a ser una Constitución "moribunda", gracias a la asamblea nacional constituyente y el uso de sus poderes originarios, que supeditaron la Constitución a sus designios supraconstitucionales. Esto lo digo pues no está planteado en el país, por lo menos a corto plazo, por ninguno de los dos contendientes en la liza electoral, un cambio constitucional, y menos la convocatoria de una asamblea constituyente.
La legitimidad constitucional implica que la transición debe realizarse en acatamiento de las normas fundamentales, por lo cual deben evitarse los atajos extraconstitucionales, "los golpes a la lámpara" en desmedro de la Constitución. Las tentaciones de la arbitrariedad y los arrebatos de los desesperados, acumuladores de odio, deben ser contenidos y aislados, de parte y parte, pues cualquier actuación fuera del marco de nuestra ley superior puede comportar funestas consecuencias para el futuro de la nación.
Toda transición implica negociación, y toda negociación implica espíritu de tolerancia, respeto al adversario y afán de paz y concordia entre los venezolanos. Tenemos repito, a diferencia del pasado, una gran ventaja: una Constitución legítimamente aceptada y apreciada por la inmensa mayoría de los venezolanos. Es nuestra hoja de ruta, por lo cual decirlo, enfatizarlo, aclararlo, machacarlo todos los días de la campaña electoral, redundará en un beneficio inmensamente provechoso, una valiosa muestra de pedagogía política, independientemente de las naturales diferencias y las difíciles circunstancias en que se desenvuelve el destino nacional.
ricardojcombellas@gmail.com
El segundo supuesto obviamente es más complejo. Mientras el triunfo de Chávez significa una continuación, a lo más una profundización del régimen, el triunfo de Capriles significa nada menos que un cambio de régimen, abriéndose en consecuencia un proceso de transición política, revelándose aquí la relevancia de la Carta Magna, pues nuestra tradición de cambio político ha girado como regla en torno al quebrantamiento constitucional, y como excepción con la preservación de la Constitución, como lo fue el año de 1999, sin olvidar que la Constitución de 1961 pasó rápidamente a ser una Constitución "moribunda", gracias a la asamblea nacional constituyente y el uso de sus poderes originarios, que supeditaron la Constitución a sus designios supraconstitucionales. Esto lo digo pues no está planteado en el país, por lo menos a corto plazo, por ninguno de los dos contendientes en la liza electoral, un cambio constitucional, y menos la convocatoria de una asamblea constituyente.
La legitimidad constitucional implica que la transición debe realizarse en acatamiento de las normas fundamentales, por lo cual deben evitarse los atajos extraconstitucionales, "los golpes a la lámpara" en desmedro de la Constitución. Las tentaciones de la arbitrariedad y los arrebatos de los desesperados, acumuladores de odio, deben ser contenidos y aislados, de parte y parte, pues cualquier actuación fuera del marco de nuestra ley superior puede comportar funestas consecuencias para el futuro de la nación.
Toda transición implica negociación, y toda negociación implica espíritu de tolerancia, respeto al adversario y afán de paz y concordia entre los venezolanos. Tenemos repito, a diferencia del pasado, una gran ventaja: una Constitución legítimamente aceptada y apreciada por la inmensa mayoría de los venezolanos. Es nuestra hoja de ruta, por lo cual decirlo, enfatizarlo, aclararlo, machacarlo todos los días de la campaña electoral, redundará en un beneficio inmensamente provechoso, una valiosa muestra de pedagogía política, independientemente de las naturales diferencias y las difíciles circunstancias en que se desenvuelve el destino nacional.
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