De Calvino a Confucio
Ni Europa ni EEUU parecieran preparados para competir con la idiosincrasia del Extremo Oriente
ALFREDO TORO HARDY
| EL UNIVERSAL
jueves 12 de julio de 2012 12:00 AM
El basamento cultural, entendido como el entretejido de creencias y convicciones raigales de una sociedad, tiene un impacto profundo sobre la economía. Ello quedó claramente evidenciado en Europa a partir del siglo XVI, por vía de su división en dos esferas religiosas: la protestante y la católica. Mientras la segunda, representada esencialmente por el ámbito mediterráneo, evidenció un rezago profundo, la Europa nórdica y protestante dio un salto económico de grandes proporciones. Ello resultó particularmente notable en aquellos países donde se impuso el calvinismo, la más extrema de las versiones protestantes.
Desde la Gran Bretaña de Cromwell hasta la Holanda de los Orange, desde la Francia de los Hugonotes hasta la Suiza fraguada en la herencia directa de Calvino, la prosperidad económica seguía el paso de esta estela religiosa. La misma se sustentaba en un ciudadano homogeneizado: austero, laborioso, rígido y disciplinado. Más allá de su entrega a Dios lo único que parecía mover sus fibras interiores era el trabajo y por extensión de éste la acumulación de la riqueza. ¿Pero para qué la riqueza en medio de una austeridad agobiante que le negaba todo disfrute a la vida? Era aquí donde la creencia en la predestinación entraba en escena: los seres humanos nacíamos con la salvación o la condena adosados a nuestro ser. Y si bien nada podía hacerse para cambiar lo que ya estaba escrito, el éxito o fracaso materiales podían dar indicios de hacia adónde apuntaba esa predestinación. El propósito divino parecía equiparar así la salvación con la obtención de la riqueza. De allí la angustia por la obtención de esta última.
Esto se trasladaría al otro lado del Atlántico. Como bien ha señalado Bernard-Henry Levy la cuna de la sociedad norteamericana fue la Iglesia calvinista. Fue en ella donde sus primeros colonos definieron los trazos esenciales de un modelo societario que aún pervive, generando las bases de su homogeneización ciudadana y de su ética del trabajo. Sin embargo Darwin tendría también mucho que aportar. Pero no en su versión científica, que es aún rechazada por un alto porcentaje de la población estadounidense, sino a través del llamado darwinismo social. Según esta última tesis, que subyace en las convicciones profundas de ese país, la sociedad se concibe como una suerte de organismo biológico en el que sólo los más aptos prevalecen. Puritanismo calvinista y darwinismo social habrían de darse la mano para determinar el contexto productivo estadounidense y su aproximación a la riqueza.
Atemperadas por el tiempo, y por el facilismo traído por la prosperidad, las convicciones anteriores han perdido mucho de su fuerza. Ni la Europa nórdica ni Estados Unidos parecieran preparados para competir con la idiosincrasia del Extremo Oriente y particularmente la china. La misma, forjada en el hierro de la disciplina, subordina a la persona al cuerpo social, a la autoridad y a la familia, imponiéndole un fuerte código de responsabilidades. Una identidad personal contextualizada al entorno deja poco margen para el fracaso, traduciéndose en un ciudadano frugal, frío, ahorrativo y compulsivo frente al trabajo. Una auténtica e imbatible maquina productiva.
altohar@hotmail.com
Desde la Gran Bretaña de Cromwell hasta la Holanda de los Orange, desde la Francia de los Hugonotes hasta la Suiza fraguada en la herencia directa de Calvino, la prosperidad económica seguía el paso de esta estela religiosa. La misma se sustentaba en un ciudadano homogeneizado: austero, laborioso, rígido y disciplinado. Más allá de su entrega a Dios lo único que parecía mover sus fibras interiores era el trabajo y por extensión de éste la acumulación de la riqueza. ¿Pero para qué la riqueza en medio de una austeridad agobiante que le negaba todo disfrute a la vida? Era aquí donde la creencia en la predestinación entraba en escena: los seres humanos nacíamos con la salvación o la condena adosados a nuestro ser. Y si bien nada podía hacerse para cambiar lo que ya estaba escrito, el éxito o fracaso materiales podían dar indicios de hacia adónde apuntaba esa predestinación. El propósito divino parecía equiparar así la salvación con la obtención de la riqueza. De allí la angustia por la obtención de esta última.
Esto se trasladaría al otro lado del Atlántico. Como bien ha señalado Bernard-Henry Levy la cuna de la sociedad norteamericana fue la Iglesia calvinista. Fue en ella donde sus primeros colonos definieron los trazos esenciales de un modelo societario que aún pervive, generando las bases de su homogeneización ciudadana y de su ética del trabajo. Sin embargo Darwin tendría también mucho que aportar. Pero no en su versión científica, que es aún rechazada por un alto porcentaje de la población estadounidense, sino a través del llamado darwinismo social. Según esta última tesis, que subyace en las convicciones profundas de ese país, la sociedad se concibe como una suerte de organismo biológico en el que sólo los más aptos prevalecen. Puritanismo calvinista y darwinismo social habrían de darse la mano para determinar el contexto productivo estadounidense y su aproximación a la riqueza.
Atemperadas por el tiempo, y por el facilismo traído por la prosperidad, las convicciones anteriores han perdido mucho de su fuerza. Ni la Europa nórdica ni Estados Unidos parecieran preparados para competir con la idiosincrasia del Extremo Oriente y particularmente la china. La misma, forjada en el hierro de la disciplina, subordina a la persona al cuerpo social, a la autoridad y a la familia, imponiéndole un fuerte código de responsabilidades. Una identidad personal contextualizada al entorno deja poco margen para el fracaso, traduciéndose en un ciudadano frugal, frío, ahorrativo y compulsivo frente al trabajo. Una auténtica e imbatible maquina productiva.
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