¡No repetirán!
JOSÉ MAYORA
| EL UNIVERSAL
viernes 6 de julio de 2012 02:46 PM
Finalmente arrancó la campaña que, paradójicamente, ya había arrancado. En verdad, más que un arranque es la etapa crucial de la campaña, es la recta final pues, hasta donde yo he podido observar, el gobierno no ha dejado de hacer campaña.
Si algo de interesante tiene una campaña electoral es que ella les brinda la oportunidad a diversos ciudadanos, con los méritos respectivos, a ofrecer sus nombres y sus experiencias para gobernar al país. La campaña venezolana en este punto es un tanto aburrida pues desde hace catorce años, el oficialismo, es decir el chavismo, tiene un solo candidato, el único que puede ostentar ese privilegio, el único que está en capacidad de asumir el reto de libertar al país, el único con los aprestos necesarios para construir el socialismo del siglo XXI, propuesta que fue rechazada por la mayoría de los venezolanos.
En otro orden de ideas, esta campaña tiene algo de inédita pues nunca hubo un político con disposición de tantos recursos que se lanzara a rescatar al país de las garras de la dominación. Lo particular es que este político ya está en el poder, y no ha entendido que el dinero bien habido, en cuantía inimaginable, producto de la renta petrolera, le pertenece a todos los venezolanos y en el nombre de ellos debe ser administrado.
La manera de administrar esta gran masa monetaria le ha granjeado amistades muy agradecidas por favores recibidos de la chequera venezolana, gracias a lo cual se agrupan en su entorno en rol de franquiciados. Otros, con entidad propia y con clara convicción de sus intereses económicos o geopolíticos, también se agrupan en torno a la milagrosa chequera, de hecho de peor enemigo un presidente se convirtió en nuevo mejor amigo. Estas inversiones han rendido frutos, uno de cosecha reciente lo representa la forma como Venezuela ingresa al Mercosur.
Este candidato tiene un deseo inmenso de eternizarse en el poder, a cuyo efecto ha debido prescindir de escrúpulos para cerrarle el paso a todo aquel que legítimamente aspire a gobernar. Pretende exhibir una experiencia de gobierno de 14 años, siendo el único venezolano de la reciente era democrática en gobernar tantos años consecutivos, con una gran capacidad para la destrucción y una notoria incapacidad para la construcción.
Del otro lado de la contienda aparece un muchacho joven, con una extraordinaria capacidad de metérsele a la gente en el corazón y en el pensamiento por su manera de ser sencilla, sin un discurso de tribuno pero con la sinceridad de la palabra que ha anunciado obras importantes en los sitios donde ha gobernado y, quizá lo más importante, que no necesita ofender para dejar en evidencia las carencias de su oponente. Ofrece gobernar a todo el país, no sólo a una fracción de él. Su presencia está muy lejos de ser la de un escuálido o un majunche.
No parece muy difícil la escogencia entre los dos candidatos, sobre todo si tomamos en cuenta que los argumentos para proponer un cambio de timón, extrañamente, han sido fabricados por el propio gobierno durante sus ineficientes catorce años de ejercicio, los cuales reclaman a gritos una renovación institucional.
No voy a decir que esta elección es la última oportunidad de la democracia venezolana, pero si es la mejor oportunidad para construir un país distinto. De manera que para no reeditar los errores cometidos en el pasado, la decisión popular debe ser: ¡no repetirán!
Mayora.j@gmail.com
Si algo de interesante tiene una campaña electoral es que ella les brinda la oportunidad a diversos ciudadanos, con los méritos respectivos, a ofrecer sus nombres y sus experiencias para gobernar al país. La campaña venezolana en este punto es un tanto aburrida pues desde hace catorce años, el oficialismo, es decir el chavismo, tiene un solo candidato, el único que puede ostentar ese privilegio, el único que está en capacidad de asumir el reto de libertar al país, el único con los aprestos necesarios para construir el socialismo del siglo XXI, propuesta que fue rechazada por la mayoría de los venezolanos.
En otro orden de ideas, esta campaña tiene algo de inédita pues nunca hubo un político con disposición de tantos recursos que se lanzara a rescatar al país de las garras de la dominación. Lo particular es que este político ya está en el poder, y no ha entendido que el dinero bien habido, en cuantía inimaginable, producto de la renta petrolera, le pertenece a todos los venezolanos y en el nombre de ellos debe ser administrado.
La manera de administrar esta gran masa monetaria le ha granjeado amistades muy agradecidas por favores recibidos de la chequera venezolana, gracias a lo cual se agrupan en su entorno en rol de franquiciados. Otros, con entidad propia y con clara convicción de sus intereses económicos o geopolíticos, también se agrupan en torno a la milagrosa chequera, de hecho de peor enemigo un presidente se convirtió en nuevo mejor amigo. Estas inversiones han rendido frutos, uno de cosecha reciente lo representa la forma como Venezuela ingresa al Mercosur.
Este candidato tiene un deseo inmenso de eternizarse en el poder, a cuyo efecto ha debido prescindir de escrúpulos para cerrarle el paso a todo aquel que legítimamente aspire a gobernar. Pretende exhibir una experiencia de gobierno de 14 años, siendo el único venezolano de la reciente era democrática en gobernar tantos años consecutivos, con una gran capacidad para la destrucción y una notoria incapacidad para la construcción.
Del otro lado de la contienda aparece un muchacho joven, con una extraordinaria capacidad de metérsele a la gente en el corazón y en el pensamiento por su manera de ser sencilla, sin un discurso de tribuno pero con la sinceridad de la palabra que ha anunciado obras importantes en los sitios donde ha gobernado y, quizá lo más importante, que no necesita ofender para dejar en evidencia las carencias de su oponente. Ofrece gobernar a todo el país, no sólo a una fracción de él. Su presencia está muy lejos de ser la de un escuálido o un majunche.
No parece muy difícil la escogencia entre los dos candidatos, sobre todo si tomamos en cuenta que los argumentos para proponer un cambio de timón, extrañamente, han sido fabricados por el propio gobierno durante sus ineficientes catorce años de ejercicio, los cuales reclaman a gritos una renovación institucional.
No voy a decir que esta elección es la última oportunidad de la democracia venezolana, pero si es la mejor oportunidad para construir un país distinto. De manera que para no reeditar los errores cometidos en el pasado, la decisión popular debe ser: ¡no repetirán!
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