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Cuando la diversión se toma en serio

OSWALDO PULGAR PÉREZ |  EL UNIVERSAL
jueves 5 de julio de 2012  02:57 PM
Me llega un folleto multicolor que invita a ser otra vez joven. 50 años cumple el campamento Guayacán ayudando a miles de muchachos entre 10 a 12 años a invertir bien el tiempo de vacaciones. Las fotos hablan por sí mismas.

La llegada de fotografía de los 100 m planos, alzar el dedo índice, después de meter un gol. El grito colectivo de triunfo cuando se conoce el nombre de la cabaña ganadora por su orden, puntualidad, compañerismo, alegría y espíritu deportivo.

Tratar a Dios, descubrir una cueva, explorar un pozo o acampar en la montaña, almacena recuerdos para toda la vida; más aún, enseña a vivir. La supervisión de instructores capacitados asegura la eficacia.

Francisco habla por teléfono con sus padres desde el campamento: -¡La estamos pasando muy bien! ¡Aquí no hay jugadores en la banca! ¡Hasta los más malos, metemos gol! Los instructores están pendientes de que cada uno descubra para qué es bueno. "Ni todos sirven para lo mismo, ni lo mismo sirve para todos" es el eslogan a la entrada de una de las cabañas.

José Enrique trata de cruzar una laguna de pocos metros, colgando de una cuerda y empujándose con las manos y los pies. El record lo tiene una cabaña que reúne en proporción adecuada chamos de Caracas, Maracaibo y Valencia.

El campamento Campoflorido es paralelo al Guayacán para muchachos que hayan terminado 1 , 2 , y 3 año de bachillerato, es decir, que estén entre los 13 y 15 años de edad.

En ambos campamentos se busca continuar la tarea educativa de los padres. Ellos no se sienten "liberados" de su principal obligación que es educar a sus hijos; como tampoco cuando los "dejan" en el colegio, al que delegan aquellas tareas académicas que el hogar no está, ordinariamente, en condiciones de ofrecer.

El tiempo libre posee unas capacidades educativas específicas que hay que orientar. No solo en el período de vacaciones. También en los tiempos libres del curso académico.

Cuando los padres se desentienden del ocio de los hijos, es fácil que los muchachos se dejen llevar por la comodidad o la pereza y que descansen de un modo que les exija poco esfuerzo (por ejemplo, con la televisión y los video juegos).

No basta con que se les organice un horario apretado durante la semana de clases con actividades aparentemente "extraacadémicas", porque muchas veces lo que  hacen es prolongar el horario escolar. Eso puede asegurar que el hijo hará muchas cosas, pero no aprenderá a administrar su tiempo, ya que todo se le da programado.

En los campamentos, los padres están educando "a distancia", porque  escogieron aquel que se ajusta a sus objetivos educativos y refuerzan lo aprendido en casa. De todas las ocupaciones del tiempo libre hay una que los niños prefieren sobre las demás, que es el juego. Es lógico, pues el juego se asocia espontáneamente con la felicidad, con un tiempo abierto a lo inesperado.

En el juego cada uno demuestra su propia identidad: se implica con todo su ser, con frecuencia más, incluso que en bastantes trabajos. Es, ante todo, una prueba de lo que será la vida: un modo de aprender a utilizar las energías que tenemos, un tanteo de las capacidades que cada uno tiene.

No pocas veces, al conocer para lo que son buenos, les sirve también para escoger la ocupación definitiva con la que se ganarán la vida y sostendrán a su familia. Por eso, el campamento es, como dice el folleto, "una experiencia para descubrir de lo que uno está hecho".

opulgarprez6@gmail.com

@oswaldopulgar


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