¿Cuál socialismo?
JORGE LINARES ANGULO
| EL UNIVERSAL
martes 26 de junio de 2012 05:27 PM
Cuando el Presidente de la República habla de socialismo (propugnando la liquidación del capitalismo) sabemos que se está refiriendo al socialismo autoritario, castrador de la propiedad privada, sustentado en la dictadura y hoy camuflado en un tal Estado comunal. Un socialismo que se expresó en la Unión Soviética y aún sobrevive en Corea del Norte y Cuba, ya agonizante. Este socialismo no tiene posibilidad en el mundo actual. Ha fracasado por una razón fundamental: carece de productividad. Cuando el Estado se apropia de los medios de producción y abuele la propiedad privada, se suprimen todos los estímulos a la iniciativa individual y empresarial y el resultado es la escasez y la pobreza general. Surge entonces un malestar que tiene que ser contenido con un aparato policial represivo y omnipresente.
El concepto de dictadura del proletariado es, en rigor, una entelequia. Porque no es el proletariado el que gobierna sino una camarilla que en el mejor de los casos adquiere los rasgos de una "nomenklatura" como ocurrió en la URSS en los tiempos posteriores a Stalin y se repite en Cuba fidelista. Sin embargo, tal dictadura siempre deviene una autocracia encarnada en un caudillo que se sitúa en el pináculo de una estructura represiva configurada desde el seno de un partido único. Los casos de Stalin en la Unión Soviética, Fidel Castro en Cuba y Kim Il Sum en Corea del Norte lo ilustran. Hugo Chávez (empecinado en un partido único y en la reelección indefinida, preconizador de la lucha de clases y la eliminación del capitalismo) es exponente de ese socialismo autoritario (también llamado marxista). Lo ha revelado con sus discursos y ejecutorias y sólo la oposición de la comunidad democrática venezolana ha interferido sus propósitos. La conclusión es obvia: el jefe único venezolano se desgasta propiciando un anacronismo.
¿Es pertinente entonces hablar de socialismo? Sí, pero de un socialismo democrático. El rasgo definidor del mismo es su inserción en un Estado de Derecho que no se exime de la economía de mercado a fin de garantizar la productividad. Este Estado de Derecho a su vez implica mecanismos reguladores que impiden la autonomía absoluta del mercado. No es un Estado interventor al modo de los gobiernos populistas, exacerbado en los socialismos autoritarios, sino uno que se ocupa de asuntos que le son inherentes: la salud, la seguridad, la infraestructura y la educación. Y se reserva una coercibilidad fuerte para vigilar la actividad económica confiada a los ciudadanos. Este socialismo asegura el bienestar por medio de leyes impositivas aplicadas a los individuos y empresas según la capacidad de ingreso de cada cual. Por tanto, la alimentación, la vivienda, la salud y la educación están garantizadas desde el nacimiento hasta el deceso de cada persona. En este tipo de socialismo -el realmente viable- los objetivos principales del Estado son hambre cero y desempleo máximo (como lo consiguió Lula y lo propone Capriles).
Hugo Chávez, aferrado al socialismo que predica, sepulturero sedicente del capitalismo, perdió la oportunidad de realizar en Venezuela una experiencia como la brasileña que sí hubiera hecho de nuestro país petrolero un ejemplo de democracia equitativa, próspera y moderna. El 7 de octubre tendrá confirmación de esta verdad.
linaresj1@hotmail.com
@JorgeLetra67
El concepto de dictadura del proletariado es, en rigor, una entelequia. Porque no es el proletariado el que gobierna sino una camarilla que en el mejor de los casos adquiere los rasgos de una "nomenklatura" como ocurrió en la URSS en los tiempos posteriores a Stalin y se repite en Cuba fidelista. Sin embargo, tal dictadura siempre deviene una autocracia encarnada en un caudillo que se sitúa en el pináculo de una estructura represiva configurada desde el seno de un partido único. Los casos de Stalin en la Unión Soviética, Fidel Castro en Cuba y Kim Il Sum en Corea del Norte lo ilustran. Hugo Chávez (empecinado en un partido único y en la reelección indefinida, preconizador de la lucha de clases y la eliminación del capitalismo) es exponente de ese socialismo autoritario (también llamado marxista). Lo ha revelado con sus discursos y ejecutorias y sólo la oposición de la comunidad democrática venezolana ha interferido sus propósitos. La conclusión es obvia: el jefe único venezolano se desgasta propiciando un anacronismo.
¿Es pertinente entonces hablar de socialismo? Sí, pero de un socialismo democrático. El rasgo definidor del mismo es su inserción en un Estado de Derecho que no se exime de la economía de mercado a fin de garantizar la productividad. Este Estado de Derecho a su vez implica mecanismos reguladores que impiden la autonomía absoluta del mercado. No es un Estado interventor al modo de los gobiernos populistas, exacerbado en los socialismos autoritarios, sino uno que se ocupa de asuntos que le son inherentes: la salud, la seguridad, la infraestructura y la educación. Y se reserva una coercibilidad fuerte para vigilar la actividad económica confiada a los ciudadanos. Este socialismo asegura el bienestar por medio de leyes impositivas aplicadas a los individuos y empresas según la capacidad de ingreso de cada cual. Por tanto, la alimentación, la vivienda, la salud y la educación están garantizadas desde el nacimiento hasta el deceso de cada persona. En este tipo de socialismo -el realmente viable- los objetivos principales del Estado son hambre cero y desempleo máximo (como lo consiguió Lula y lo propone Capriles).
Hugo Chávez, aferrado al socialismo que predica, sepulturero sedicente del capitalismo, perdió la oportunidad de realizar en Venezuela una experiencia como la brasileña que sí hubiera hecho de nuestro país petrolero un ejemplo de democracia equitativa, próspera y moderna. El 7 de octubre tendrá confirmación de esta verdad.
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