Capitalismo o comunismo
RAFAEL DÍAZ CASANOVA
| EL UNIVERSAL
viernes 22 de junio de 2012 02:36 PM
Venezuela y la casi totalidad de los países latinoamericanos coquetean, aparentemente, entre dos modelos políticos, sociales y económicos encontrados. Nos encontramos ante una encrucijada donde se enfrentan corrientes políticas liberales con regímenes, hijos del grupo llamado "Foro de Sao Paulo" que tratan de ser continuadores de las huestes políticas iniciadas por Fidel Castro en la Cuba de comienzos de los sesenta e intentan difundir sus lineamientos a través de toda América Latina.
Dicen quienes lo conducen que sus actuaciones y políticas se inspiran y basan en los postulados comunistas de los teóricos políticos, Marx y Engels, quienes sentaron las bases y ideas que inspiraron y condujeron la "revolución bolchevique" y sumieron en las tinieblas de la tiranía a las repúblicas soviéticas por más de setenta años, desde la finalización de la revolución que se inició en 1917 con los eventos de Sarajevo, hasta que cayó el muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989. Tiene como postulado fundamental la eliminación de la propiedad y la colectivización de ella, es decir, su desaparición.
El capitalismo nace "oficialmente" con los albores de la revolución industrial aunque sus raíces y postulados fundamentales están cimentados en los llamados derechos naturales de la propiedad y las iniciativas empresariales. Tiene muchos autores que han pregonado sus bondades pero se reconoce a Adam Smith y a John Locke como sus primeros autores y difusores de las ideas fundamentales.
Los países de nuestra América Latina se desarrollaron y debaten entre un conjunto de ideas políticas, sociales y económicas que cubren un amplio espectro entre las teorías comunistas y capitalistas y han producido ensaladas, más o menos comestibles o indigestas, que han recibido nombres donde una y otra corriente se disipan. Así encontramos todo un catálogo de denominaciones donde abunda el llamado liberalismo y se antepone a muchas variedades de socialismo. La verdad, si es que existe, la apreciamos diferente.
Cuando pensamos y analizamos cuanto sucede en nuestros países y muy especialmente en Venezuela, nos encontramos con una cruda realidad. Todos los planteamientos teóricos de las corrientes filosóficas que invocan los conductores de las políticas sociales y económicas se estrellan ante la cruda realidad de las inmoralidades de sus patrocinadores y ductores.
Quienes abusan y extreman sus ventajas personales desde los sitios privilegiados que le permite la sociedad cuando los reconoce como conductores, son los primeros enemigos de las ideas que dicen pregonar.
El hombre tiene como función fundamental el logro de una sociedad mejor que la que encontró. Para ello, debe propiciar que, desde cada uno de los sitios que la sociedad le permite, persiga, como dijo Bolívar, la mayor suma de felicidad para sus ciudadanos y no que transforme el bolívar en causa y consecuencia primera de sus actuaciones.
Se apartan groseramente de sus derechos quienes, bien desde las funciones públicas o de las empresas privadas, olvidan sus deberes sociales y se suman y desempeñan en las diferentes rutas de la corrupción.
La moral es el conjunto de reglas que enmarcan las relaciones entre el individuo, sus semejantes y la sociedad. Nos da la impresión de que sus dictados están, hoy en día, escondidos en los más apartados baúles de nuestra sociedad.
La política venezolana está sumida en demostraciones de inmoralidad que no resisten análisis. Los miembros del régimen que ha destruido las bases fundamentales de nuestra sociedad, violan a diario los postulados de la moral, pero también tienen muchos cómplices en personas que se autoproclaman como defensores de las doctrinas liberales.
No somos quienes nos podemos proclamar como adalides de la moral, somos hombres y por definición imperfectos, pecadores, pero nos inquietan las desviaciones groseras de nuestra sociedad.
Los partidos políticos olvidan sus objetivos primarios de servir como mecanismos de promoción y defensa de los ciudadanos y se transforman con frecuencia, en mecanismos de negociación para lograr ventajas para sus dirigentes.
Si se aparta la moral de las maneras fundamentales de actuación del hombre, estaremos persiguiendo y logrando un mundo de desigualdades e infelicidad. Cambiar el mundo, para mejor, exige altas dosis de moral.
rafael862@yahoo.com
@rafael862
 
Dicen quienes lo conducen que sus actuaciones y políticas se inspiran y basan en los postulados comunistas de los teóricos políticos, Marx y Engels, quienes sentaron las bases y ideas que inspiraron y condujeron la "revolución bolchevique" y sumieron en las tinieblas de la tiranía a las repúblicas soviéticas por más de setenta años, desde la finalización de la revolución que se inició en 1917 con los eventos de Sarajevo, hasta que cayó el muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989. Tiene como postulado fundamental la eliminación de la propiedad y la colectivización de ella, es decir, su desaparición.
El capitalismo nace "oficialmente" con los albores de la revolución industrial aunque sus raíces y postulados fundamentales están cimentados en los llamados derechos naturales de la propiedad y las iniciativas empresariales. Tiene muchos autores que han pregonado sus bondades pero se reconoce a Adam Smith y a John Locke como sus primeros autores y difusores de las ideas fundamentales.
Los países de nuestra América Latina se desarrollaron y debaten entre un conjunto de ideas políticas, sociales y económicas que cubren un amplio espectro entre las teorías comunistas y capitalistas y han producido ensaladas, más o menos comestibles o indigestas, que han recibido nombres donde una y otra corriente se disipan. Así encontramos todo un catálogo de denominaciones donde abunda el llamado liberalismo y se antepone a muchas variedades de socialismo. La verdad, si es que existe, la apreciamos diferente.
Cuando pensamos y analizamos cuanto sucede en nuestros países y muy especialmente en Venezuela, nos encontramos con una cruda realidad. Todos los planteamientos teóricos de las corrientes filosóficas que invocan los conductores de las políticas sociales y económicas se estrellan ante la cruda realidad de las inmoralidades de sus patrocinadores y ductores.
Quienes abusan y extreman sus ventajas personales desde los sitios privilegiados que le permite la sociedad cuando los reconoce como conductores, son los primeros enemigos de las ideas que dicen pregonar.
El hombre tiene como función fundamental el logro de una sociedad mejor que la que encontró. Para ello, debe propiciar que, desde cada uno de los sitios que la sociedad le permite, persiga, como dijo Bolívar, la mayor suma de felicidad para sus ciudadanos y no que transforme el bolívar en causa y consecuencia primera de sus actuaciones.
Se apartan groseramente de sus derechos quienes, bien desde las funciones públicas o de las empresas privadas, olvidan sus deberes sociales y se suman y desempeñan en las diferentes rutas de la corrupción.
La moral es el conjunto de reglas que enmarcan las relaciones entre el individuo, sus semejantes y la sociedad. Nos da la impresión de que sus dictados están, hoy en día, escondidos en los más apartados baúles de nuestra sociedad.
La política venezolana está sumida en demostraciones de inmoralidad que no resisten análisis. Los miembros del régimen que ha destruido las bases fundamentales de nuestra sociedad, violan a diario los postulados de la moral, pero también tienen muchos cómplices en personas que se autoproclaman como defensores de las doctrinas liberales.
No somos quienes nos podemos proclamar como adalides de la moral, somos hombres y por definición imperfectos, pecadores, pero nos inquietan las desviaciones groseras de nuestra sociedad.
Los partidos políticos olvidan sus objetivos primarios de servir como mecanismos de promoción y defensa de los ciudadanos y se transforman con frecuencia, en mecanismos de negociación para lograr ventajas para sus dirigentes.
Si se aparta la moral de las maneras fundamentales de actuación del hombre, estaremos persiguiendo y logrando un mundo de desigualdades e infelicidad. Cambiar el mundo, para mejor, exige altas dosis de moral.
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