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La contraofensiva

En su bunker-clínica, el paciente se refugia en la Televisión, en cuyo secuestro confía...

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ANTONIO COVA MADURO |  EL UNIVERSAL
miércoles 20 de junio de 2012  12:00 AM
Nadie podía creer lo que veían. Y no era para menos. Justo 4 años antes, Hitler se convertía en señor de Europa. Por todo el continente la Pax germana se enseñoreaba y donde el régimen nazi no contaba con vociferantes aliados, los pocos débiles gobiernos sobrevivientes mantenían un silencio cómplice, no fuera a ser que la todopoderosa maquinaria de guerra alemana actuase con la velocidad del rayo.

Ya no más. Por todas partes, en cada rincón de un territorio que ahora parece demasiado vasto para mantener a raya, los maquis guerrilleros se muestran desafiantes, y hasta los perseguidos judíos del ghetto de Varsovia se rebelan. Hace tiempo que Stalin tiene el liderazgo en el frente oriental y ya los aliados controlan el sur de Italia.

Por todas partes un sentimiento exultante recorre los pueblos sometidos. Cada vez más se habla en voz alta sobre los avances aliados y cada vez mayores sectores de la población se atreven a desafiar al régimen. A ello corresponde, como cabía esperar, una creciente inquietud entre los colaboracionistas. Juraron que la dominación nazi era para siempre y ahora, desconcertados, no saben qué hacer ni pa' dónde coger. El régimen de ocupación se derrumba por doquier.

En esas andamos en la Venezuela de tantas décadas después. Ya es un espejismo fantasmal la época dorada del chavismo, el tiempo en el que hacían lo que les daba la gana, y lo peor: se salían con la suya. Ya no más. Ya se han refugiado en leyes basura en las que nadie cree se implementen nunca. Y entre tantos incrédulos, los chavistas en lugar destacado.

Es junio de 1944 y noticias alarmantes llegan a Berlín: una invasión aliada como no se veía desde los tiempos de Jerjes con su poderoso ejército persa atacando a los griegos, desembarca en muchedumbre por las playas de Normandía, mientras a toda carrera las tropas alemanas abandonan Roma. Hay que prepararse para un asedio que se supone será largo: Alemania convertida en una gigantesca mazmorra esperando el fin.

Hitler es el único que no parece darse cuenta cabal de la situación de sus menguados ejércitos, pero sobre todo de la enérgica determinación de los pueblos sojuzgados de cortar sus cadenas. Es que no hay nada peor para tiempos malos que los inamovibles recuerdos de triunfos idos. Como le pasa al Comandante y a sus cada vez más menguados patria o muerte.

Es diciembre de 1944 y los alemanes, en un esfuerzo supremo, montan una inútil resistencia en la región de las Ardenas. Ello será suficiente para que los pesimistas de toda laya crean en la resurrección de la fortaleza alemana, cegándose a lo que es obvio: ya no hay nada que hacer. Ya el derrumbe nazi cruzó la línea de lo reversible. Como aquí y ahora.

Ya en las filas chavistas solo -y muy solo- combate el general Farruco. Ha sembrado de concreteras, no solo la ciudad de Caracas sino territorios del interior. El pobre cree que con viviendas express puede detener el derrumbe inminente. Y de paso, hacer negocios. Ustedes saben, forrándose para tiempos de vacas flacas.

Siempre tuve la idea de que el colapso de este proyecto demencial comenzaría por el interior de Venezuela. Sobraban las razones para esperar una sublevación en algún lado. Nunca imaginé que, de algún modo, inesperado para mí, los acontecimientos me darían la razón. Hay ya en marcha una sublevación. Una sublevación civil.

Estamos ya como el avance imparable del Ejército de liberación del pueblo chino: una tras otra las ciudades caen bajo la férrea disciplina y contagioso entusiasmo de las tropas comunistas, mientas lo que queda de Chiang Kaishek y su gobierno hacen aguas -y mutis- por doquier.

En la Venezuela del paciente Presidente las ciudades caen una tras otra. Unas más grandes, otras más pequeñas, por todas ellas el mero anuncio de la visita del "flaco" próximo presidente de Venezuela provoca un revuelo emocionado, como nunca habíamos visto en un desafiante del poder hasta ahora inconmovible.

Mientras, en su bunker-clínica, el paciente se refugia en la televisión, en cuyo secuestro confía. Tan "mediático" como la inseguridad que nunca vio. El único venezolano sordo y ciego ante el hampa desbordada. Televisión y Twitter son lo que le queda, mientras su ágil contrincante solo se asoma en esos medios para mostrar el gentío que no le deja avanzar por calles y veredas.

Amigos lectores, ¿quién es tan sordo para no oír y ciego para no ver? Si es un río, un tsunami atronador el que se acerca cada vez más a Miraflores, convertido hoy en clínica improvisada.

antave38@yahoo.com



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