Compartir

Carcelerías

Casinos, desfiles de coristas, discotecas, licores costosos y piscinas para huéspedes...

imageRotate
ELÍAS PINO ITURRIETA |  EL UNIVERSAL
domingo 10 de junio de 2012  12:00 AM
Por qué no terminó en un baño de sangre el motín de La Planta? Es una pregunta difícil de responder, después de ver la demostración de poder que exhibieron los presos. La posesión de armas de guerra y los copiosos disparos hacia el aire -algunos en realidad hacia el vecindario de El Paraíso, con fatales consecuencias- permitían un parangón con las escenas que observamos del movimiento de Libia contra su sátrapa, cuando los rebeldes sonaban su metralla en las calles de las ciudades y en las soledades del desierto, o disparaban sus obuses ante los camarógrafos para demostrar las ganas que tenían de librarse de la opresión. Eran sucesos parecidos, el último capaz de conmovernos por su proximidad y por la perplejidad causada en el ánimo de los espectadores, pero capítulos los dos de una escena de desenfreno capaz de augurar terribles consecuencias. No pasó mayor cosa con el nuestro, sin embargo, debido a que se llegó a un acuerdo capaz de evitar la masacre que se presagiaba en el contorno.

Las autoridades del ramo merecen crédito por la tratativa que condujo al sosiego. Debió ser ardua la negociación con los amotinados, mientras nadie apostaba por un desenlace pacífico. Debieron afinarse todas las cuerdas y manejarse con mano de seda todos los instrumentos ante una sedición de proporciones inéditas, para que finalmente se lograra el propósito de llegar a un armisticio en el cual las partes se sintieran satisfechas y dieran por terminada la hostilidad. Negociar con un enjambre de delincuentes armados hasta los dientes tuvo que ser esfuerzo sobrehumano, no en balde el gobierno podía verse en una situación de precariedad ante cuya evidencia se podía vaticinar un desmoronamiento cercano si no lograba el objetivo de unas paces urgentes. Pero llegaron las paces, por fortuna, y nadie puede escatimar reconocimientos a los funcionarios que seguramente hicieron de tripas corazón para que la corriente de brutalidad no se desbordara. Tal vez tuvieron que rendirse ante ciertas solicitudes escandalosas que hicieran los presos, ante convenios que difícilmente se pueden pregonar frente a la ciudadanía, pero la situación no estaba para formalidades y convenía el colofón que la sociedad y la salud del régimen necesitaban con urgencia. Si convenimos en que cada situación se debe medir en atención a sus peculiaridades, es evidente que la gente del gobierno hizo allí lo que debía ante un aprieto desmesurado.

Pero el acontecimiento de La Planta no se puede observar de manera aislada. Las recientes informaciones sobre la situación del resto de las cárceles obliga a buscar una explicación de mayor alcance en la cual, necesariamente, se tienen que esfumar las congratulaciones y las ovaciones ofrecidas antes a los burócratas del régimen. Si se ve el anterior episodio como un caso extremo frente al que se debía actuar con toda la vista gorda del mundo, en el resto se observa una descomunal situación crónica en cuya evolución ha sido fundamental la indiferencia y la complicidad de las autoridades. La solución de La Planta admite una posibilidad de comprensión por la desproporción de lo sucedido en su seno, por los riesgos que se corrían, pero lo que pasa en los otros reclusorios conduce obligatoriamente a las recriminaciones. Hasta la célebre frase de Cervantes, referida a la incomodidad que siempre reina en las cárceles del mundo, pierde sentido cuando nos asombramos ante la delicia en que se han convertido en Venezuela debido a la voluntad de ciertos "internos" que las dominan. Casinos disponibles, desfiles de coristas, discotecas dotadas de especial equipamiento, licores costosos y piscinas para huéspedes de primera clase protegidos por escoltas privadas, conforman un mundillo de esparcimiento que niega el rigor, o si no la idea de reclusión relativamente severa que distingue a los penales en cualquier latitud; y remite a una permisividad que sólo puede encontrar explicación en la ausencia de leyes y de funcionarios que las hagan cumplir, así sea de vez en cuando. El vez en cuando de las leyes no existe en las penitenciarías venezolanas, debido a que las autoridades del ramo han permitido que las impongan unos sujetos llamados "pranes" cuyo poder han fomentado y con quienes tienen la obligación de negociar cuando, por motivos excepcionales, se ven en la necesidad de meter el ojo en la rutina de las celdas. Estados dentro del Estado, comunidades sin regulación en una sociedad cuyo sustento es teóricamente el Derecho, lugares de privilegios mantenidos por metralletas y granadas cuyo uso está penado por los códigos, atroces dominios de una mafia en una colectividad cuyo gobierno proclama el humanismo como fundamento de su conducta, esas insólitas casas de fiestas que encuentran origen en la delincuencia concertada en su cobijo con la protección de los vigilantes, conducen a un diagnóstico severo de lo que pasa con las personas en Venezuela y con los valores que deberían regir su conducta, dentro y fuera de las prisiones.

Es antiguo el origen del fenómeno, pero tampoco ha llegado ayer la "revolución" a administrar las cárceles como para atribuirle, como ha pretendido, la responsabilidad de la descomposición a los adecos y a los copeyanos. En una década demasiado larga pudo hacer algo plausible para no entregarlas en concesión como sucursales de Las Vegas. De esos clubes inadmisibles puede brotar la sangre que se ahorró en La Planta.

eliaspinoitu@hotmail.com



Más artículos de esta firma

Compartir
Debido al alto tráfico de visitas en la página, El Universal ha decidido restringir la recepción de comentarios en sus noticias del día. Ofrecemos disculpas a los usuarios.
ESPACIO PUBLICITARIO
ESPACIO PUBLICITARIO
cerrar