Cuento de todos los días
FRANCISCO GÁMEZ ARCAYA
| EL UNIVERSAL
miércoles 30 de mayo de 2012 03:24 PM
Su nombre, que en realidad poco importa porque nunca fue ni será recordado, es Lucrecio. Ya tiene setenta y dos años y trabaja desde hace treinta en la Funeraria Madre de Dios en Sarría. Todos los días, tempranito en la mañana, se va a la funeraria vistiendo su pantalón marrón chocolate y su camisa beige de siempre. La esposa le prepara el almuerzo que carga a diario en la misma bolsita plástica. A pesar de su lúgubre sitio de trabajo, Lucrecio está inmerso en la rutina, como todos. El jefe le ha encargado la administración del negocio, aunque en la práctica, Lucrecio también recibe a los familiares de los difuntos, los atiende y muchas veces les oye el dolor. Su dócil disposición a escuchar sirve de sosiego para el duelo de la muerte. Ya tiene muchos años en esto y a pesar de no haber estudiado en la universidad, sabe qué decir cuando tiene lágrimas al frente.
De la funeraria entran y salen a diario familiares y amigos de difuntos. Hace tiempo que la muerte de extraños no golpea a Lucrecio. Pero la señora Amelia es un caso especial. Vecina de la zona, ya ha velado en la funeraria de Lucrecio a tres hijos y dos nietos. La vieran, el destrozo de su corazón no la deja soltar lágrimas de agua. Las que le salen son lágrimas secas que le anudan la garganta. Lucrecio se limita a abrazarla cuando la ve entrar. Lo mismo ha pasado con doña Clemencia y el señor Fausto. Un hijo y un nieto de esta pareja de viejitos han sido asesinados, y luego velados en la funeraria, y el hombro de Lucrecio ha quedado empapado.
Pero hoy miércoles es un día diferente para el viejo Lucrecio. Le tocó estar del otro lado. Le mataron al nieto. El muchacho era la alegría de su vida. Una bala perdida lo traspasó cuando veía televisión en casa de Juanita, la hija de Lucrecio. Tenía quince años. Alegre y respetuoso, el muchacho. Querido por todos. El jefe de la funeraria no le va a cobrar la urna a Lucrecio. En medio del dolor, el gesto es un alivio. Tiene el alma nublada. Entra con su mujer y su hija a la funeraria que frecuenta desde hace tantos años y no la reconoce. Todo es tan distinto cuando uno es el que llora. Nunca notó la cruz que cuelga en el dintel de la puerta de la capilla. Al verla se aferra a Dios con toda su alma. Su viejo cuerpo no tiene fuerzas ni para caminar. Lucrecio y su esposa se sientan juntos al borde de la urna del nieto. No quieren verlo. Prefieren quedarse con la imagen de sus ojos brillantes, con el recuerdo vivo del nieto muerto.
De pronto a Lucrecio le vino un rayito de luz a la vista. Voltea la mirada hacia el dintel de la puerta y ve la cruz nuevamente. Justo debajo vienen entrando la señora Amelia, doña Clemencia y el señor Fausto. Se le acercan con la timidez propia de quienes sospechan que no serán reconocidos. Entonces Lucrecio se pone de pie con la mirada pegada al suelo. Camina hacia ellos lentamente y al encontrarse, se funden en un abrazo del que Lucrecio no puede evitar gemir de dolor como un bebé. Y es que hoy le tocó a Lucrecio ser consolado.
Y yo me pregunto ¿Podemos seguir viviendo así?
@GamezArcaya
De la funeraria entran y salen a diario familiares y amigos de difuntos. Hace tiempo que la muerte de extraños no golpea a Lucrecio. Pero la señora Amelia es un caso especial. Vecina de la zona, ya ha velado en la funeraria de Lucrecio a tres hijos y dos nietos. La vieran, el destrozo de su corazón no la deja soltar lágrimas de agua. Las que le salen son lágrimas secas que le anudan la garganta. Lucrecio se limita a abrazarla cuando la ve entrar. Lo mismo ha pasado con doña Clemencia y el señor Fausto. Un hijo y un nieto de esta pareja de viejitos han sido asesinados, y luego velados en la funeraria, y el hombro de Lucrecio ha quedado empapado.
Pero hoy miércoles es un día diferente para el viejo Lucrecio. Le tocó estar del otro lado. Le mataron al nieto. El muchacho era la alegría de su vida. Una bala perdida lo traspasó cuando veía televisión en casa de Juanita, la hija de Lucrecio. Tenía quince años. Alegre y respetuoso, el muchacho. Querido por todos. El jefe de la funeraria no le va a cobrar la urna a Lucrecio. En medio del dolor, el gesto es un alivio. Tiene el alma nublada. Entra con su mujer y su hija a la funeraria que frecuenta desde hace tantos años y no la reconoce. Todo es tan distinto cuando uno es el que llora. Nunca notó la cruz que cuelga en el dintel de la puerta de la capilla. Al verla se aferra a Dios con toda su alma. Su viejo cuerpo no tiene fuerzas ni para caminar. Lucrecio y su esposa se sientan juntos al borde de la urna del nieto. No quieren verlo. Prefieren quedarse con la imagen de sus ojos brillantes, con el recuerdo vivo del nieto muerto.
De pronto a Lucrecio le vino un rayito de luz a la vista. Voltea la mirada hacia el dintel de la puerta y ve la cruz nuevamente. Justo debajo vienen entrando la señora Amelia, doña Clemencia y el señor Fausto. Se le acercan con la timidez propia de quienes sospechan que no serán reconocidos. Entonces Lucrecio se pone de pie con la mirada pegada al suelo. Camina hacia ellos lentamente y al encontrarse, se funden en un abrazo del que Lucrecio no puede evitar gemir de dolor como un bebé. Y es que hoy le tocó a Lucrecio ser consolado.
Y yo me pregunto ¿Podemos seguir viviendo así?
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