Víctimas del irrespeto
ALFREDO YÁNEZ MONDRAGÓN
| EL UNIVERSAL
sábado 26 de mayo de 2012 03:00 PM
Todo está politizado. Malamente politizado.
Lo que nos ocurre es parte de una estrategia que exagera hacia los extremos de la miseria, de tal forma que ante cualquier circunstancia de la vida, la decisión que tomemos nos sea contraria, nos sea desfavorable, nos hunda más en medio de este derrumbe moral, que no nos deja hacer nada, sin que medie la censura; que como también está politizada, puede ser -según juzgue- buena, o mala.
No se trata de un personaje o de otro. Es una dinámica de esta sociedad anómica, que prefirió resignarse sin poner límites, y ahora padece el secuestro de su albedrío.
Lo que transmiten los medios de información está politizado, o se interpreta politizado. El color de la ropa, los torneos deportivos que se siguen, los espectáculos públicos, los conciertos, las ferias de libros, los patrocinantes de una película, los presidentes de otros países, o los expresidentes. Los intelectuales. Los estados geográficos, las universidades, los liceos. ¡Hasta las escuelas primarias!... Es una enfermedad que no se reduce a la visión que se tenga de un éxito deportivo en la Fórmula Uno y su rédito en la propaganda.
Minimizar al extremo la interpretación de este daño psicológico y sociológico es advertir que la sociedad no está preparada para deslastrarse de la carga, en sobredosis, de un discurso que satura, a ratos embelesa, y que en definitiva -por exceso- perjudica.
La coherencia en las acciones escasea; lo mismo que abunda el ánimo de surfear en las olas de lo popular, para sentirse aceptado.
La libertad de expresión, parece limitada a la aceptación de solo aquello que se amolda al juicio de quien evalúa; y el disenso se guarda en todos los escaparates; independientemente de la ideología politizada que se empeña en esconder las convicciones frágiles.
Al final, cómplices como fuimos -en algunos casos somos- de esta vorágine de Midas social a la inversa, ahora lucimos como víctimas de nuestros propios triunfos, que no podemos celebrar por temor al reproche politizado, ni podemos criticar, por los mismos motivos.
Casi con los mismos argumentos, se pregona el derroche, el abuso, la apropiación indebida y sin razón de los afectos; y en acto seguido se celebra el éxito alcanzado con aquellas herramientas; en alarde discursivo, pero incógnito, de la célebre frase de Maquiavelo: "El fin justifica los medios".
Pero insisto; no se trata de un hecho aislado; y por tanto condenable. Esto que hoy se impone como debate, se vive a diario con la compra de comida; con los servicios de salud, con el concierto al aire libre, bajo la dirección de un virtuoso en las artes, pero reducido a tonto útil en cuanto su papel como estandarte de un gentilicio que va mucho más allá de una visión politizada de la vida, o de los intereses, o de los bolsillos.
Nos costará muchísimo expiar nuestras culpas respecto a esta doble moral; entre otras cosas, porque egoístas como somos, nos resistimos a entender -como el paciente en negación- que es nuestra tarea asumir la responsabilidad personal -compartida, además- de cumplir y hacer cumplir aquella máxima tácita, según la cual, cada quien debe respetar, para que se le respete.
La politización, hasta del café que nos tomamos, o del medio de transporte que utilizamos, o de la farmacia en la que compramos nuestras medicinas; es un irrespeto; no surgió en un circuito de carreras, ni fue el resultado de unos cuantos caracteres, escritos desde la emoción frustrada de una víctima más de esta politización infame, malentendida, y sospechosamente utilizada por todos los sectores, para que nada nos una, para que todo, por el contrario, nos separe.
incisos@hotmail.com
@incisos
Lo que nos ocurre es parte de una estrategia que exagera hacia los extremos de la miseria, de tal forma que ante cualquier circunstancia de la vida, la decisión que tomemos nos sea contraria, nos sea desfavorable, nos hunda más en medio de este derrumbe moral, que no nos deja hacer nada, sin que medie la censura; que como también está politizada, puede ser -según juzgue- buena, o mala.
No se trata de un personaje o de otro. Es una dinámica de esta sociedad anómica, que prefirió resignarse sin poner límites, y ahora padece el secuestro de su albedrío.
Lo que transmiten los medios de información está politizado, o se interpreta politizado. El color de la ropa, los torneos deportivos que se siguen, los espectáculos públicos, los conciertos, las ferias de libros, los patrocinantes de una película, los presidentes de otros países, o los expresidentes. Los intelectuales. Los estados geográficos, las universidades, los liceos. ¡Hasta las escuelas primarias!... Es una enfermedad que no se reduce a la visión que se tenga de un éxito deportivo en la Fórmula Uno y su rédito en la propaganda.
Minimizar al extremo la interpretación de este daño psicológico y sociológico es advertir que la sociedad no está preparada para deslastrarse de la carga, en sobredosis, de un discurso que satura, a ratos embelesa, y que en definitiva -por exceso- perjudica.
La coherencia en las acciones escasea; lo mismo que abunda el ánimo de surfear en las olas de lo popular, para sentirse aceptado.
La libertad de expresión, parece limitada a la aceptación de solo aquello que se amolda al juicio de quien evalúa; y el disenso se guarda en todos los escaparates; independientemente de la ideología politizada que se empeña en esconder las convicciones frágiles.
Al final, cómplices como fuimos -en algunos casos somos- de esta vorágine de Midas social a la inversa, ahora lucimos como víctimas de nuestros propios triunfos, que no podemos celebrar por temor al reproche politizado, ni podemos criticar, por los mismos motivos.
Casi con los mismos argumentos, se pregona el derroche, el abuso, la apropiación indebida y sin razón de los afectos; y en acto seguido se celebra el éxito alcanzado con aquellas herramientas; en alarde discursivo, pero incógnito, de la célebre frase de Maquiavelo: "El fin justifica los medios".
Pero insisto; no se trata de un hecho aislado; y por tanto condenable. Esto que hoy se impone como debate, se vive a diario con la compra de comida; con los servicios de salud, con el concierto al aire libre, bajo la dirección de un virtuoso en las artes, pero reducido a tonto útil en cuanto su papel como estandarte de un gentilicio que va mucho más allá de una visión politizada de la vida, o de los intereses, o de los bolsillos.
Nos costará muchísimo expiar nuestras culpas respecto a esta doble moral; entre otras cosas, porque egoístas como somos, nos resistimos a entender -como el paciente en negación- que es nuestra tarea asumir la responsabilidad personal -compartida, además- de cumplir y hacer cumplir aquella máxima tácita, según la cual, cada quien debe respetar, para que se le respete.
La politización, hasta del café que nos tomamos, o del medio de transporte que utilizamos, o de la farmacia en la que compramos nuestras medicinas; es un irrespeto; no surgió en un circuito de carreras, ni fue el resultado de unos cuantos caracteres, escritos desde la emoción frustrada de una víctima más de esta politización infame, malentendida, y sospechosamente utilizada por todos los sectores, para que nada nos una, para que todo, por el contrario, nos separe.
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