El botánico teniente
MIGUEL E. WEIL DI MIELE
| EL UNIVERSAL
miércoles 23 de mayo de 2012 03:19 PM
"Depósito" fue la palabra que retumbó con mayor sonoridad en las declaraciones que hiciera el perfilado de la semana para la sucesión de la silla del padre de todos los helados, teniente diputado. Lo ocurrido en La Planta trasciende -o al menos debería- el elemental predio de las críticas que hacemos usualmente como oposición, pues es quizás un evento que ha de marcar los designios de nuestro país. O quizás no ha de marcar nada y será una mancha más en la década perdida que nos ha tocado vivir.
La realidad es que La Planta como problema, ha tenido mucho riego y mucho abono durante demasiados años, y como cualquier otra planta a la que se le sirve lo suficiente de aquello, creció hasta alcanzar una frondosidad cuyo espesor generó demasiadas sombras. Allí en La Planta vimos a más de 1.500 tipos en batalla campal, algunos condenados por hechos que cometieron, otros en proceso y demasiados para lo que puede considerarse como aceptable, sin imputación alguna. Todos en el depósito. Pero también los vimos hablando de sus derechos, y de su dignidad como seres humanos, de presunción de inocencia y otros conceptos cuyo significado entienden a la perfección, o al menos mucho mejor que tantos funcionarios. Los depositarios y depositantes a la vez.
La Planta no es producto único y exclusivo de la revolución. El asunto carcelario en general, es uno de tantos otros lastres derivados del desdén de los gobiernos anteriores, que el malquerer progresivo, revolucionario e in crescendo del presente gobierno acabó por convertir en uno de los desastres internos que más ha llamado a la atención de la prensa internacional. Y es que lo de La Planta sacó a la luz esos problemas que tenemos y la realidad de nuestra capacidad para denigrar la dignidad de quien sea.
Una espiral de violencia que ha crecido exponencialmente promovida desde el centro del poder que la justifica en interpretaciones propias del bien y del mal demasiado alejadas de cualquier argumento de racionalidad como para ser aceptables. Cuando después de 13 años de gobierno el presidente de la Asamblea Nacional declara que "las cárceles son un depósito", como queriendo decir que allí se tira a la gente y luego vaya usted a saber, admite la existencia de un problema que podría ser responsabilidad de este gobierno, o de los anteriores, o de los dos. Pero sobre todo, admite su percepción, y la de su gobierno al respecto: la de un desdén absoluto por solventar los problemas que realmente nos estancan como sociedad. Se distingue con orgullo de la cuarta, el teniente. Que si distinguirse del pasado fuese suficiente para evadir responsabilidades, más le valdría compararse con los inquisidores españoles.
El atentado de casi la totalidad de aquellos que manejan la institucionalidad en nuestro país contra el Estado de derecho ha sido sin duda el mejor de los fertilizantes de esa planta. El reconocimiento de que aquello es un depósito, es vocabulario demasiado acertado para comprender la realidad jurídica que el gobierno consciente o inconscientemente ha puesto sobre el tapete. Una realidad según la que la norma es aquello que dice el jefe, y según la cual el debido proceso y las garantías a la integridad personal y otras posturas humanitarias son cosas de segunda mano. De depósito para cuando haga falta. Mientras tanto, el teniente botánico seguirá regando y abonando, porque aunque no tenga planta, las semillas las ha sacado de "heroico" momento, y el estiércol a él como que siempre le sobra.
@weilmiguel
La realidad es que La Planta como problema, ha tenido mucho riego y mucho abono durante demasiados años, y como cualquier otra planta a la que se le sirve lo suficiente de aquello, creció hasta alcanzar una frondosidad cuyo espesor generó demasiadas sombras. Allí en La Planta vimos a más de 1.500 tipos en batalla campal, algunos condenados por hechos que cometieron, otros en proceso y demasiados para lo que puede considerarse como aceptable, sin imputación alguna. Todos en el depósito. Pero también los vimos hablando de sus derechos, y de su dignidad como seres humanos, de presunción de inocencia y otros conceptos cuyo significado entienden a la perfección, o al menos mucho mejor que tantos funcionarios. Los depositarios y depositantes a la vez.
La Planta no es producto único y exclusivo de la revolución. El asunto carcelario en general, es uno de tantos otros lastres derivados del desdén de los gobiernos anteriores, que el malquerer progresivo, revolucionario e in crescendo del presente gobierno acabó por convertir en uno de los desastres internos que más ha llamado a la atención de la prensa internacional. Y es que lo de La Planta sacó a la luz esos problemas que tenemos y la realidad de nuestra capacidad para denigrar la dignidad de quien sea.
Una espiral de violencia que ha crecido exponencialmente promovida desde el centro del poder que la justifica en interpretaciones propias del bien y del mal demasiado alejadas de cualquier argumento de racionalidad como para ser aceptables. Cuando después de 13 años de gobierno el presidente de la Asamblea Nacional declara que "las cárceles son un depósito", como queriendo decir que allí se tira a la gente y luego vaya usted a saber, admite la existencia de un problema que podría ser responsabilidad de este gobierno, o de los anteriores, o de los dos. Pero sobre todo, admite su percepción, y la de su gobierno al respecto: la de un desdén absoluto por solventar los problemas que realmente nos estancan como sociedad. Se distingue con orgullo de la cuarta, el teniente. Que si distinguirse del pasado fuese suficiente para evadir responsabilidades, más le valdría compararse con los inquisidores españoles.
El atentado de casi la totalidad de aquellos que manejan la institucionalidad en nuestro país contra el Estado de derecho ha sido sin duda el mejor de los fertilizantes de esa planta. El reconocimiento de que aquello es un depósito, es vocabulario demasiado acertado para comprender la realidad jurídica que el gobierno consciente o inconscientemente ha puesto sobre el tapete. Una realidad según la que la norma es aquello que dice el jefe, y según la cual el debido proceso y las garantías a la integridad personal y otras posturas humanitarias son cosas de segunda mano. De depósito para cuando haga falta. Mientras tanto, el teniente botánico seguirá regando y abonando, porque aunque no tenga planta, las semillas las ha sacado de "heroico" momento, y el estiércol a él como que siempre le sobra.
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