Como elefante en cristalería
FÉLIX R. CHACÓN
| EL UNIVERSAL
lunes 21 de mayo de 2012 05:15 PM
A menudo las películas dan pistas sobre como será su final.
Hoy día se filma una película desde hace 14 años, que por su aparente género, "asociación mafiosa", también se puede inferir cual será su final.
La creación del expediente en las películas sobre la asociación mafiosa, es esperada con ansias. Forma parte obligatoria de la trama mafiosa.
El pastelero llega donde Don Vito a pedirle un favor, y éste sin más se lo va a conceder, previo advertencia de que cuando le necesite echará pa lante. El favor se convierte en el expediente y moneda de cambio.
Pero existen otros tipos de expedientes que pueden darse de un solo golpe como cuando la organización inicia a alguien, y le pide "congelar" a un adversario para que se gane su lugar, quedando comprometido de por vida con su acto. O a veces se construye poco a poco y con la anuencia de aquel a quien se le abre, pero que cree que nunca se le cobrará el favor.
Así como todos sabemos que en cualquier momento el jefe en la escena preguntará por el infaltable "cannoli", todos sabemos que el expediente se inicia gracias a la ambición desmedida, por el poder que puedas detentar sin importar tu rango, por la convicción de no querer vivir "mal", porque el poder te llena de cosas materiales, y te compra un estatus aunque temporal pero impensable de obtener por otros medios.
El expediente pasivo, llamémosle así, te convierte en criminal. Sin embargo el expediente-habiente cree que está libre del delito. Aunque con el tiempo se va percatando de su nueva realidad, de que ha caído en una red de la cual le será muy difícil escaparse. Hasta que al final se da cuenta de lo inevitable, le han construido unos cuantos folios, no hay salida. Se agudiza entonces el proceso de racionalización de la situación, pero cayendo en cuenta de la gravedad del asunto.
Usualmente la escena dicta que el jefe mafioso intempestivamente le pregunte con voz ronca y grave, ¿"where s my cannoli"? y el individuo, ante la imposibilidad de responder, inventa cualquier excusa y culpa a un chofer u otro expediente-habiente, no sin antes advertir que no había producido el preciado postre, y aunque el jefe finja que no le importa, ya le compró su antipatía y consecuente activación de su dossier.
La reacción es una de supervivencia, o tú o yo, y ya eso está inexorablemente claro para ambos. Se ha llegado al momento en que se conoce que una prueba ha sido preconstituida, en contra de quien lo tiene ya en la mira.
Es inevitable. Las películas sobre la mafia terminan así, porque así es la vida real. Es un asunto de supervivencia, y ante la perspectiva de la pena máxima, perder la vida, se impone evaluar el daño menor, y tratándose de la vida misma cualquiera va a ser menor, júrelo.
La llamada a aquel que te persiguió por siempre sucede aunque en medio de nervios, de una forma inesperadamente natural. Ha comenzado la negociación, en la cual inevitablemente no se pueden considerar daños colaterales ni viejas amistades, ni compromisos ideológicos, y atrás quedó la "omertá", el código de silencio entre mafiosos.
Ahora tus exsocios te ven como elefante en cristalería.
frcint@yahoo.com
Hoy día se filma una película desde hace 14 años, que por su aparente género, "asociación mafiosa", también se puede inferir cual será su final.
La creación del expediente en las películas sobre la asociación mafiosa, es esperada con ansias. Forma parte obligatoria de la trama mafiosa.
El pastelero llega donde Don Vito a pedirle un favor, y éste sin más se lo va a conceder, previo advertencia de que cuando le necesite echará pa lante. El favor se convierte en el expediente y moneda de cambio.
Pero existen otros tipos de expedientes que pueden darse de un solo golpe como cuando la organización inicia a alguien, y le pide "congelar" a un adversario para que se gane su lugar, quedando comprometido de por vida con su acto. O a veces se construye poco a poco y con la anuencia de aquel a quien se le abre, pero que cree que nunca se le cobrará el favor.
Así como todos sabemos que en cualquier momento el jefe en la escena preguntará por el infaltable "cannoli", todos sabemos que el expediente se inicia gracias a la ambición desmedida, por el poder que puedas detentar sin importar tu rango, por la convicción de no querer vivir "mal", porque el poder te llena de cosas materiales, y te compra un estatus aunque temporal pero impensable de obtener por otros medios.
El expediente pasivo, llamémosle así, te convierte en criminal. Sin embargo el expediente-habiente cree que está libre del delito. Aunque con el tiempo se va percatando de su nueva realidad, de que ha caído en una red de la cual le será muy difícil escaparse. Hasta que al final se da cuenta de lo inevitable, le han construido unos cuantos folios, no hay salida. Se agudiza entonces el proceso de racionalización de la situación, pero cayendo en cuenta de la gravedad del asunto.
Usualmente la escena dicta que el jefe mafioso intempestivamente le pregunte con voz ronca y grave, ¿"where s my cannoli"? y el individuo, ante la imposibilidad de responder, inventa cualquier excusa y culpa a un chofer u otro expediente-habiente, no sin antes advertir que no había producido el preciado postre, y aunque el jefe finja que no le importa, ya le compró su antipatía y consecuente activación de su dossier.
La reacción es una de supervivencia, o tú o yo, y ya eso está inexorablemente claro para ambos. Se ha llegado al momento en que se conoce que una prueba ha sido preconstituida, en contra de quien lo tiene ya en la mira.
Es inevitable. Las películas sobre la mafia terminan así, porque así es la vida real. Es un asunto de supervivencia, y ante la perspectiva de la pena máxima, perder la vida, se impone evaluar el daño menor, y tratándose de la vida misma cualquiera va a ser menor, júrelo.
La llamada a aquel que te persiguió por siempre sucede aunque en medio de nervios, de una forma inesperadamente natural. Ha comenzado la negociación, en la cual inevitablemente no se pueden considerar daños colaterales ni viejas amistades, ni compromisos ideológicos, y atrás quedó la "omertá", el código de silencio entre mafiosos.
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