De aquí a la eternidad
Durante varios siglos se intentó truncar el camino hacia la modernidad
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SAMUEL GALLEGO
| EL UNIVERSAL
domingo 20 de mayo de 2012 12:00 AM
Somos por naturaleza buenos pero corruptibles por las fuerzas del mal, y malos innatos mejorables por las fuerzas del bien, tenemos de ambos y así será irremediablemente durante toda nuestra existencia, a menos que se rehaga el código genético. Éste nos maneja y marca la pauta; el libre albedrío es solo una ilusión. Los genes se fueron incorporando con nuestros tejidos a través de la evolución durante milenios a partir de organismos unicelulares primitivos. Una vez completado el proceso hemos necesitado implementar un sistema de control que limite nuestros instintos, a través de leyes y preceptos, que son aplicables sin distinción de credos: no harás lo que no quieres que te hagan, todos estamos creados por igual, nadie está por encima de la ley, respetarás la libertad y la vida y lucharás por alcanzar la felicidad.
Existe una sola trayectoria evolutiva real para toda la humanidad que no está basada en el mito, ella ha sido experimentada y probada paso a paso y responde a la pregunta de lo que realmente somos. Viene del estudio de la genética molecular, la biología, la neurofisiología, la psicología social, la ecología y la historia. Está arraigada desde sus inicios en entes que nos precedieron durante miles de años y va desde los insectos de los que aprendimos las bases sociales para relacionarnos, de ahí dimos pasos agigantados como sociedad, pasando por el hombre primitivo hasta llegar a nuestros días.
La vida sería sencilla para Shakespeare en el mundo de las hormigas, según el experto entomólogo, Edward O. Wilson, al no tener que lidiar con el problema del honor y la tragedia, por estar atadas a un solo comando diminuto de instintos, tendrían por lo tanto un solo repertorio de sentimientos y obligadas a conformarse con un drama de triunfo y una tragedia. El hombre, por el contrario, puede vivir un universo inagotable de historias y dramas con todas las combinaciones posibles, capaces de tocarle las fibras más sensibles del espíritu y exaltar todas las pasiones en un instante.
Manuscrito oculto
Durante varios siglos se intentó truncar el camino hacia la modernidad pero algo sorprendente sucedió en el verano de 1417. Poggio Bracciolini, cabalgando por las montañas del sur de Alemania, se dirigía a un remoto monasterio donde estaba un manuscrito mantenido oculto durante siglos, titulado De rerun naturis- "La Naturaleza de las Cosas" escrito por Titus Lucrecio Carus (99 a.C.-55 a.C.).
Cuatrocientos cincuenta años antes que Poggio, los contemporáneos de Lucrecio habían leído ese poema. Justamente cuando los dioses habían cesado de existir, y la Iglesia no había llegado aún, era un momento único en la historia, entre Cícero y Marco Aurelio, el hombre estuvo solo en una posición peculiar para escoger entre la naturaleza de las cosas y la fe.
Lucrecio a su vez influenciado por Epicurus (Ateniense 341 a.C.- 270 a.C.) sobre él decía: "cuando la vida humana yace aplastada bajo el peso opresivo de la superstición, un hombre supremo y valiente se levanta y se transforma en el primero que se aventura a enfrentarse solo. Ese héroe en minusvalía contra el poder de la cultura Romana, fue un Griego quien triunfó, y no gracias a la fuerza, sino mediante el poder absoluto del intelecto".
El centro de su visión se basaba en una idea novedosa: todo lo que ha existido y todo lo que va a existir se construye mediante partículas irreduciblemente pequeñas en tamaño e inimaginablemente vastas en número, en constante colisión y movimiento. Los griegos tenían una palabra para esas partículas invisibles e indivisibles, átomos.
Stephen Greenblatt señala en su libro, The Swerve, que el manuscrito se refiere a las mismas partículas invisibles pero bajo el nombre de cuerpos de la materia o semillas de las cosas. De ellas todo se forma y a ellas se regresa al final. Añade que son eternas y de las cuales está formado el Universo, desde las estrellas a los insectos, no obstante todos los objetos del universo son transitorios, y tarde o temprano serán redistribuidos, bajo un proceso de formación, disolución y redistribución.
Afirma que el Universo no tiene creador, los patrones de orden y desorden en el mundo no son el producto de ninguna figura divina y la providencia es una fantasía. Lo que existe no es la manifestación de un plan maestro o ningún designio inteligente. No hay final o propósito a la existencia, solo incesante creación y destrucción, gobernada enteramente por el azar. No existe un momento particular del origen, ni escena mística de la creación. Todos los seres vivientes, desde las plantas a los insectos, los mamíferos superiores y el hombre, han evolucionado a través de un largo y complejo proceso de prueba y error. Las adaptaciones exitosas, como los fracasos, son el resultado de combinaciones que se generan constantemente en un lapso ilimitado de tiempo. El Universo tampoco fue creado para el hombre como objetivo, ni es el centro alrededor del cual gira. Por el contrario, en un espacio finito de tiempo, algunas especies prosperan y otras desaparecen en un continuo proceso de cambio.
Batallar
La humanidad no comenzó en una Edad de Oro tranquila y satisfecha sino en un batallar primitivo por la supervivencia. El alma muere, y está hecha del mismo material que el cuerpo humano, carne y huesos. No hay vida después de la vida, ni premio ni castigo para consolarnos o atormentarnos después de la muerte. La muerte es la nada, las religiones son supersticiones alucinantes e invariablemente crueles. No hay ángeles, demonios o fantasmas. Y el mayor objetivo en la vida es alcanzar la felicidad. Y, al entender el origen de nuestra existencia, podemos inspirarnos y apaciguar el temor a la muerte, principal obstáculo para la felicidad, que solo puede ser superada con el ejercicio de la razón.
La Naturaleza de las cosas pasó lentamente junto a unas cuantas copias de mano en mano durante mil años, hasta perderse de vista. En 1549 se propuso incluirla en el -Índice de los Libros Prohibidos- lista que se abolió en 1966. El 1ro. de agosto de 1632, la Sociedad de Jesús, prohibió y condenó estrictamente la doctrina de los átomos. Isaac Newton (1718) la denominó la pieza más influyente de la historia científica. Cerca de cincuenta copias se conservan hoy en día, Thomas Jefferson poseía al menos cinco ediciones en latín, además de traducciones en inglés, italiano y francés. Era uno de sus libros favoritos, y tomó de Lucrecio la creencia de que la ignorancia y el miedo no son componentes necesarios de la naturaleza humana. Le inspiró en la Declaración del Acta de la Independencia (1776), donde señala como derechos fundamentales: la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.
Médico pediatra
smlgllg@yahoo.com
Existe una sola trayectoria evolutiva real para toda la humanidad que no está basada en el mito, ella ha sido experimentada y probada paso a paso y responde a la pregunta de lo que realmente somos. Viene del estudio de la genética molecular, la biología, la neurofisiología, la psicología social, la ecología y la historia. Está arraigada desde sus inicios en entes que nos precedieron durante miles de años y va desde los insectos de los que aprendimos las bases sociales para relacionarnos, de ahí dimos pasos agigantados como sociedad, pasando por el hombre primitivo hasta llegar a nuestros días.
La vida sería sencilla para Shakespeare en el mundo de las hormigas, según el experto entomólogo, Edward O. Wilson, al no tener que lidiar con el problema del honor y la tragedia, por estar atadas a un solo comando diminuto de instintos, tendrían por lo tanto un solo repertorio de sentimientos y obligadas a conformarse con un drama de triunfo y una tragedia. El hombre, por el contrario, puede vivir un universo inagotable de historias y dramas con todas las combinaciones posibles, capaces de tocarle las fibras más sensibles del espíritu y exaltar todas las pasiones en un instante.
Manuscrito oculto
Durante varios siglos se intentó truncar el camino hacia la modernidad pero algo sorprendente sucedió en el verano de 1417. Poggio Bracciolini, cabalgando por las montañas del sur de Alemania, se dirigía a un remoto monasterio donde estaba un manuscrito mantenido oculto durante siglos, titulado De rerun naturis- "La Naturaleza de las Cosas" escrito por Titus Lucrecio Carus (99 a.C.-55 a.C.).
Cuatrocientos cincuenta años antes que Poggio, los contemporáneos de Lucrecio habían leído ese poema. Justamente cuando los dioses habían cesado de existir, y la Iglesia no había llegado aún, era un momento único en la historia, entre Cícero y Marco Aurelio, el hombre estuvo solo en una posición peculiar para escoger entre la naturaleza de las cosas y la fe.
Lucrecio a su vez influenciado por Epicurus (Ateniense 341 a.C.- 270 a.C.) sobre él decía: "cuando la vida humana yace aplastada bajo el peso opresivo de la superstición, un hombre supremo y valiente se levanta y se transforma en el primero que se aventura a enfrentarse solo. Ese héroe en minusvalía contra el poder de la cultura Romana, fue un Griego quien triunfó, y no gracias a la fuerza, sino mediante el poder absoluto del intelecto".
El centro de su visión se basaba en una idea novedosa: todo lo que ha existido y todo lo que va a existir se construye mediante partículas irreduciblemente pequeñas en tamaño e inimaginablemente vastas en número, en constante colisión y movimiento. Los griegos tenían una palabra para esas partículas invisibles e indivisibles, átomos.
Stephen Greenblatt señala en su libro, The Swerve, que el manuscrito se refiere a las mismas partículas invisibles pero bajo el nombre de cuerpos de la materia o semillas de las cosas. De ellas todo se forma y a ellas se regresa al final. Añade que son eternas y de las cuales está formado el Universo, desde las estrellas a los insectos, no obstante todos los objetos del universo son transitorios, y tarde o temprano serán redistribuidos, bajo un proceso de formación, disolución y redistribución.
Afirma que el Universo no tiene creador, los patrones de orden y desorden en el mundo no son el producto de ninguna figura divina y la providencia es una fantasía. Lo que existe no es la manifestación de un plan maestro o ningún designio inteligente. No hay final o propósito a la existencia, solo incesante creación y destrucción, gobernada enteramente por el azar. No existe un momento particular del origen, ni escena mística de la creación. Todos los seres vivientes, desde las plantas a los insectos, los mamíferos superiores y el hombre, han evolucionado a través de un largo y complejo proceso de prueba y error. Las adaptaciones exitosas, como los fracasos, son el resultado de combinaciones que se generan constantemente en un lapso ilimitado de tiempo. El Universo tampoco fue creado para el hombre como objetivo, ni es el centro alrededor del cual gira. Por el contrario, en un espacio finito de tiempo, algunas especies prosperan y otras desaparecen en un continuo proceso de cambio.
Batallar
La humanidad no comenzó en una Edad de Oro tranquila y satisfecha sino en un batallar primitivo por la supervivencia. El alma muere, y está hecha del mismo material que el cuerpo humano, carne y huesos. No hay vida después de la vida, ni premio ni castigo para consolarnos o atormentarnos después de la muerte. La muerte es la nada, las religiones son supersticiones alucinantes e invariablemente crueles. No hay ángeles, demonios o fantasmas. Y el mayor objetivo en la vida es alcanzar la felicidad. Y, al entender el origen de nuestra existencia, podemos inspirarnos y apaciguar el temor a la muerte, principal obstáculo para la felicidad, que solo puede ser superada con el ejercicio de la razón.
La Naturaleza de las cosas pasó lentamente junto a unas cuantas copias de mano en mano durante mil años, hasta perderse de vista. En 1549 se propuso incluirla en el -Índice de los Libros Prohibidos- lista que se abolió en 1966. El 1ro. de agosto de 1632, la Sociedad de Jesús, prohibió y condenó estrictamente la doctrina de los átomos. Isaac Newton (1718) la denominó la pieza más influyente de la historia científica. Cerca de cincuenta copias se conservan hoy en día, Thomas Jefferson poseía al menos cinco ediciones en latín, además de traducciones en inglés, italiano y francés. Era uno de sus libros favoritos, y tomó de Lucrecio la creencia de que la ignorancia y el miedo no son componentes necesarios de la naturaleza humana. Le inspiró en la Declaración del Acta de la Independencia (1776), donde señala como derechos fundamentales: la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.
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