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La noche de las guayaberas

OSWALDO PULGAR PÉREZ |  EL UNIVERSAL
jueves 17 de mayo de 2012  02:59 PM
Llegué antes de las siete de la noche al anfiteatro Celis Pérez, gentilmente cedido por la Universidad de Carabobo. Un evento a beneficio de la parroquia Divina Pastora de Valencia. Íbamos a ver y a escuchar a "Serenata Guayanesa".

Mis nuevos anteojos, todavía borrosos para captar algunos objetivos, se adaptaron enseguida. Pienso que más que una adaptación óptica, fue una adaptación afectiva: no quería perderme ni un ápice de aquellas canciones. El padre Kafka Pirela nos recibió con unas palabras de bienvenida.

Cuando aparecieron César, Mauricio, Miguel e Iván aquello se vino abajo ya que presentíamos cuánto íbamos a disfrutar. Sus guayaberas naranja, rosa, azul celeste y blanco le daban un tono de frescura y en cierto modo de juventud, al espectáculo.

Fueron desfilando sus grandes éxitos: San Juan to lo tiene, Maracaibera  y soberana,  El sapo, Corre caballito, Viajera del río, etc. El público, con la batuta de César Pérez Rossi, coreaba con entusiasmo. Casi podríamos decir -exagerando-, que el recital fue un dúo magistral entre los artistas y el público.

Aplaudimos "a rabiar". Queríamos agradecer a Dios y a la Divina Pastora nuestra experiencia por una causa tan noble. Quizá por mi vena periodística, mientras disfrutaba de la música, me fijaba también en las reacciones del público para contarlas después.

Había tres señoras que casi se salían del asiento, liderizadas por una de ellas: una simpática doña de tez morena y pelo blanco que no podía pasar desapercibida. Bailaba sentada, con las manos, con los pies, con el cuerpo, y sobre todo con la cabeza y los hombros. Las otras dos le imitaban, contagiadas por su magnetismo.

Serenata nos paseaba como novela costumbrista- por lugares de nuestro país: San Cristóbal, Maracaibo, Valencia, por nombrar sólo tres. Y por varias épocas: cuando grabaron su primer disco de acetato, cuando viajaron al exterior por primera vez, Navidad, etc. 

En el público había representantes de todas las edades: jóvenes, adultos y ancianos, -éstos, bastones en ristre- gritaban: ¡Bravo! ¡Otra! Niños que pedían "La pulga y el piojo", "El papagayo".

Un equipo de protocolo atento a cuanto necesitáramos. No solo al entrar, sino también después, al salir. De los artistas, poco se puede decir que no sepamos.

La mandolina parecía bailar en las manos de Giovanni Sciortino Lloret, que no por estar detrás era menos protagonista. El instrumento era para él como una prótesis oseointegrada, pero no al hueso, sino a la persona del músico.

El padre Kafka estaba contentísimo. La alfombra del teatro era para él como aquellas "calles de su niñez maracucha, que van subiendo al cielo, hasta poder tocar las nubes con las manos".

También entre bastidores, la percusión y el bajo fueron elementos esenciales. Se echan en falta enseguida, cuando la canción se detiene, en silencio, sin acallar las voces.

Cantaron una canción nueva de Mauricio Castro: "¡Qué bonita! Cuya letra decía: "Papi: ¿Si la luna sólo sale de noche, en el día dónde está? ¡Dime lunita! ¿Dónde te escondes, tan calladita?

Llenaron con creces nuestras expectativas. Cantaron la última y nos fuimos despidiendo lentamente, como quien no se quiere ir. Al salir, nos recibió la noche, mojada de lluvia y engalanada con estrellas.

Miré al cielo: la luna se había escondido. ¿Dónde se habrá metido?  Es verdad lo que escuché entre los asistentes: "Todos aprendimos a cantar con Serenata Guayanesa".

opulgarprez6@gmail.com
@oswaldopulgar


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