Chávez, el gran orador y Capriles
La retórica, como disciplina que estudia la elocuencia y el arte del buen decir, se comenzó a cultivar con propiedad en la antigua Grecia. Mucho era el interés que despertaba la palabra como instrumento de poder en el mundo helenístico: a través de ella se podía influir en los procesos judiciales y en las decisiones políticas que se tomaban en la ekklesía (asamblea del pueblo). Interesaba, en la aurora de la democracia, convencer y persuadir a otros hombres de la profundidad y justicia de nuestras razones. Surgieron, así, por la necesidad del nuevo sistema político deliberativo, grandes oradores como Isócrates, Demóstenes y los sofistas.
La cultura romana prosiguió este útil y estético ejercicio de la palabra, encontrando en Cicerón a un gran estudioso de la retórica y un brillante orador en el foro, al cual posteriormente se le sumaría Quintiliano con sus muy sesudos tratados sobre oratoria. La retórica en el Medioevo siguió cultivándose como una de las siete artes liberales (agrupadas en el Trivium y Quadrivium) que se enseñaban en las universidades, pero ya de un modo literario y fosilizado, despojada de su pragmática condición de poderosísima arma persuasiva que había alcanzado en el pasado.
Tuvo que venir la Revolución Francesa para que otra vez el nervio y la pasión del discurso político cobraran vida en las arengas encendidas de Robespierre o el Conde de Mirabeau. La nueva situación política de Europa en el siglo XIX, oscilando entre el conservadurismo y el liberalismo, y las nuevas repúblicas surgidas en América fueron el escenario para el improvisado orador carismático, que como un Boves o Páez suscitaban la adhesión fervorosa de las masas, o el reflexivo discurso del estadista, caso del Discurso de Angostura de Simón Bolívar.
Llegados al siglo XX, luego de la I Guerra Mundial, presenciamos el nacimiento y desarrollo de los totalitarismos de izquierda y derecha, con sus demagogos y vehementes oradores. Desde el totalitarismo de derecha, Adolf Hitler, por ejemplo, sedujo con un discurso xenófobo y una ensalada ideológica a una de las naciones más cultas de Europa: Alemania. Nuestro país, por esa época, presenciaba la irrupción de nuevos actores políticos, que como Jóvito Villalba y Rómulo Betancourt soliviantaban a las masas en la tribuna de los principios democráticos y de justicia social. Mucho se ha escrito sobre la facundia de Jóvito Villalba y el memorable discurso de 1928, en el Panteón Nacional, que despertó a una Venezuela adormilada en los brazos siniestros de Gómez. De Rómulo Betancourt podemos decir que era político de fluidez expresiva y atildada pluma, amante de los arcaísmos, lejos de la quincalla verbal que injustamente, por rivalidades políticas, Uslar Pietri le adjudicaba. El mismo Uslar Pietri fue orador brillante, con un sabroso discurso didáctico preñado de ideas y rico en sentidas evocaciones de personajes y hechos históricos, que todavía podemos leer y escuchar con verdadero deleite en la serie Valores Humanos. Seríamos injustos si en esta muy apretada lista no incluimos, también, a Rafael Caldera, hombre de discurso oportuno y de sobrada elocuencia.
Y arribamos a los tres últimos lustros, y con ellos a la incontinencia verbal de un gran orador: Chávez. Tan grande que no necesita de exordio (parte introductoria del discurso que consiste en captar la atención y seducir a los oyentes), para eso tiene las cadenas, que nos obligan a escucharle sin abreboca alguno. De extender comedidamente el discurso, como bien aconsejan Demóstenes y Cicerón para que la audiencia no se fatigue y el mensaje pueda calar más en el espíritu, tampoco sabe: puede condenar a todo un país, hecho auditórium, a más de ocho horas de monólogo político, haciendo caso omiso, en su grandeza de orador, de aquello que dijera Baltasar Gracián: "lo bueno, si breve, dos veces bueno". Lo anterior, nos señala una característica discursiva de Chávez: la improvisación y, por ende, la ausencia de orden y concierto en su oratoria, lo cual le lleva a introducir detalles insulsos y anécdotas individuales sin ninguna relevancia, restándole fortaleza argumentativa a su disertación, entre tanto fárrago y bazar verbales. Se olvida Chávez, así, de que más allá del detalle menudo "pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer", como bien dijera Borges.
¿Y de Capriles orador qué podemos decir? Visto lo anterior, y ya cansados de tanto yoísmo y monólogo egocentrista, solamente una cosa, ya dicha por Neruda: "me gustas cuando callas porque estás como ausente".
@rubdariote
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