Congelador cruel
Diez años también son para palpar cuán lejos estamos de lo que pudimos haber sido
JUAN C. SOSA AZPÚRUA
| EL UNIVERSAL
jueves 19 de abril de 2012 12:00 AM
Una década es tiempo para vivir, morir y resucitar. En diez años se puede terminar bachillerato, alcanzar un grado universitario, enamorarse, casarse, divorciarse; mudarse. Otros tienen hijos que ven crecer; niños de ocho tras diez años son mayores de edad, empezaban la primaria entonces y hoy ya están en la universidad.
Una década puede ser una vida entera de recuerdos. Diez años es mucho tiempo, suficiente para ver para atrás y aprender con esa visión, adquirir algo de sabiduría y quizás caminar por la vida un poco menos torpe, algo ciego pero no como antes. Pero diez años también son el hielo cruel, una visita en el tiempo para palpar cuánto hemos dejado en el camino, cuán lejos estamos de lo que pudimos haber sido.
Diez años son el congelador de las imágenes de aquellos que perdimos, como Jesús Mohamed Espinoza Capote, quien permanecerá en el corazón de los que le conocieron como un muchacho de 19 años y un futuro brillante, futuro apagado para siempre por una bala que le atravesó la frente, en una marcha de libertad cuyo final fue la esclavitud. Diez años de aquel 11 de abril que marcó un antes y un después en la vida de seres de carne y hueso, que sufrieron tragedias personales cuyas heridas están muy abiertas.
Y también un antes y un después en la vida de una nación, que a partir de ese día penetró el túnel en las montañas del infierno. Es un hueco oscuro donde se respiran olores igual de tenebrosos, y solamente eso explica que en diez años sea tan poca cosa lo que se puede recoger en sabiduría nacional; lo que se puede sentir como una lección aprendida para nunca más volver a padecer algo que pueda simbolizarse en un "Hugo Chávez" como jefe supremo de los destinos de todo un país. Son diez años de vergüenza.
venezuelafenix@gmail.com
www.jcsosa.com
Una década puede ser una vida entera de recuerdos. Diez años es mucho tiempo, suficiente para ver para atrás y aprender con esa visión, adquirir algo de sabiduría y quizás caminar por la vida un poco menos torpe, algo ciego pero no como antes. Pero diez años también son el hielo cruel, una visita en el tiempo para palpar cuánto hemos dejado en el camino, cuán lejos estamos de lo que pudimos haber sido.
Diez años son el congelador de las imágenes de aquellos que perdimos, como Jesús Mohamed Espinoza Capote, quien permanecerá en el corazón de los que le conocieron como un muchacho de 19 años y un futuro brillante, futuro apagado para siempre por una bala que le atravesó la frente, en una marcha de libertad cuyo final fue la esclavitud. Diez años de aquel 11 de abril que marcó un antes y un después en la vida de seres de carne y hueso, que sufrieron tragedias personales cuyas heridas están muy abiertas.
Y también un antes y un después en la vida de una nación, que a partir de ese día penetró el túnel en las montañas del infierno. Es un hueco oscuro donde se respiran olores igual de tenebrosos, y solamente eso explica que en diez años sea tan poca cosa lo que se puede recoger en sabiduría nacional; lo que se puede sentir como una lección aprendida para nunca más volver a padecer algo que pueda simbolizarse en un "Hugo Chávez" como jefe supremo de los destinos de todo un país. Son diez años de vergüenza.
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