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El silencio de Hugo

MIGUEL E. WEIL DI MIELE |  EL UNIVERSAL
miércoles 18 de abril de 2012  12:30 PM

El otro día caminando por la calle me entregaron un volante que decía: "Descubre cómo cambiar tu vida. Todo lo que tienes que saber sobre El Secreto". Un papelito sobre el vídeo de autoayuda que ha dado vueltas conquistando a cuanta doña crédula hay por ahí. Difícil no pensar en el secreto que por aquí tenemos, uno que de saberlo con exactitud también podría cambiar nuestras vidas.

El secreto del commander y su enfermedad que ha venido escurriéndose progresivamente, en parte porque no se puede tapar el sol con un dedo, en parte porque de la boca del boconés Bocaranda sale cuanto parte médico se maneja en Brasil, Cuba o Venezuela; un dateado que las pega casi todas -fallando una que otra, que usualmente corrige-, y a quien debo una disculpa por atacarle injustamente pensando que había hecho de irresponsable, cuando estaba más informado que el Gabinete de Gobierno sobre el padecimiento del retornista.

Un secreto y un silencio del Gobierno que ha sido abundantemente comentado y criticado, con sobradas razones. El silencio no existe, fue la propuesta del músico John Cage (que no es el de Mortal Kombat) con su pieza 4'33". Luego de sentar a un viaje de músicos en su puesto, y de hacer una especie de entrada, pasan los tipos 4 minutos, 33 segundos, divididos en tres tiempos que se marcan abriendo y cerrando la tapa del piano. Y entonces la tos, los dientes, la silla, el latido del corazón, todo, hace ruido. Sobre ello escribió el pasado sábado Montero Glez en El País. Y así como con El Secreto, se piensa en el silencio de Cage y el de un Gobierno que se caracteriza por no callarse nunca, y que cuando se calla escuchamos muchos otros ruiditos.

Así como en el auditorio de John Cage, demasiado sacudir la batuta nos ha acostumbrado a estruendos y baraúndas haciendo al silencio repentino una incomodidad que genera demasiadas curiosidades y que cuya consecuencia obligada es el runruneo de costumbre. Porque siempre algo suena por allí, aunque estén todos los músicos sentados, violines, chelos en regazo.

En nuestro silencio, esos ruiditos mucho menos llamativos serían las noticias normales en cualquier otro lugar. Las declaraciones de un alcalde sobre un río desbordado, un concierto en la ciudad, el partido del Caracas FC que perdió contra el Petare, el Festival Internacional de Teatro, el chisme de Chiquinquirá Delgado o la aprobación de una ley. Pero del silencio nos hemos olvidado por completo, acostumbrados al escándalo y parafernalia del hoy devoto de todos los santos. Aquéllas son noticias marginales, de esas que aparecen de ladito en Noticias24.

Una dependencia semejante ha de ser motivo generalizado de reflexión, aunque el problema parezca haber sido captado por parte importante de la oposición. Sin embargo, las corrientes mediáticas, sea por iniciativa propia, sea por la demanda generada por nosotros, hace que el ruido del papá de los helados se amplifique hasta romper cristales. En cualquiera de los casos, para el cambio, lo primero, es entender que el silencio no existe, que lo mejor es acostumbrarse a los ruiditos normales y corrientes, esos sobre los que hay certeza y objetividad, que no se ven ofuscados por las quimeras de un gobierno que anda en Comandos Antigolpe, declaraciones homófobas, y otros ruidos que no tapan al silencio que es el ruidito que venimos haciendo todos nosotros. Porque aunque pongan mucha orquesta y sacudan como Dudamel esa batuta, la conclusión parece ser siempre la de Fermina Daza cuando llegó de Europa: más es la bulla. Dice el bolerito:

Silencio, que están durmiendo
los nardos y las azucenas.
No quiero, que sepan mis penas
porque si me ven llorando...

miguelwd@yahoo.com
Twitter: @weilmiguel




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