Malos y malos
Parece que el drama policial que solía mezclar suspenso, acción y algo de intrigas, ha quedado atrás. Claro que siempre hay quien insiste en replantear lo clásico, Los infiltrados (Scorsese, 2006) por ejemplo hace lo propio. Pero las vueltas de tuercas siguen torciéndose y el género ya no es el género. Una nueva contemporaneidad lo está consumiendo todo y lo que tenemos ahora es, sin dejar de ser buen cine, otra cosa.
Empieza a funcionar la formula: malos contra malos. Y dentro de la maldad, del mundo de criminales, contrabandistas, asesinos y policías corruptos, siempre hay alguien que puede llegar a ser aun peor. Aquello de que, más vale malo conocido... Se convierte en Contrabando de Baltasar Kormákur, en toda una ciencia.
Además de eso, y por suerte, tenemos a un Mark Walhberg como siempre, tajante y resuelto, cumpliendo su cometido y acumulando todos los nodos que la historia se pueda permitir, para elaborar una trama fácil y universal. Una formula cerrada que funciona en cualquier generación y en casi cualquier cultura. Estos recursos fáciles y trillados, con un poco de acrobacia y pirotecnia, se traducen en un filme atractivo, rítmico y pasajero. Si lo que buscamos es pasar dos buenas horas de entretenimiento, acompañados de acción e intrigas, esta es una buena elección.
Otra cosa es que se abuse de los clichés de tal manera que, el filme pierda cualquier aspiración importante. Si, es la misma historia contada de otra manera; pero el nervio y el ritmo, un montaje impecable y un guión bien estructurado, le proporcionan el mínimo aprobatorio. El filme, en pocas palabras, es digno y eficaz; pero también es innegable su aspecto complementario y secundario donde los haya.
La evidencia le juega una mala pasada a Contrabando. Lo evidente sobrepasa los umbrales de la percepción y la pedagogía, y a momentos se convierte en algo incluso, subestimante e incomodo; pero de alguna u otra manera, la historia se mantiene a flote. Su narrativa visual, vertiginosa y cíclica, logra que el relato sea interesante hasta el final.
Si bien se han intercambiado los papeles y los prototipos ya no son los mismos, los clichés más canónicos siguen intactos; eso hace que Contrabando sea una película meramente entretenida, fácil de ver pero difícil de recordar.
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