Hugo Chávez y el incendio del Reichstag
El incendio del Reichstag, edificio del Parlamento alemán en Berlín, en febrero de 1933, marcó un hito en el proceso de apropiación del poder absoluto que Adolf Hitler, nombrado cuatro semanas antes Canciller del Reich (jefe de gobierno), se propuso y logró llevar a cabo.
Imputado a un activista del Partido Comunista alemán, no son pocos quienes vieron en dicho incendio una aviesa maniobra de Hitler que le sirvió de argumento para estigmatizar a sus adversarios, desatar una campaña de represión y, en definitiva, arrogarse todo el poder.
Artimañas de ese tipo no han sido exclusividad de la Alemania nazi. Las mismas son moneda corriente en regímenes autocráticos resueltos a desmantelar lo que puede quedar de oposición.
También Castro orquestó a su manera su incendio del Reichstag. Ocurre la noche del 17 de julio de 1959, cuando ante una multitud manipulada por un discurso incendiario en el que acusa sin prueba alguna al presidente provisional Manuel Urrutia Lleó de "altos visos de traición", Castro lanza la multitud contra Urrutia y le obliga a dimitir. A partir de ese momento, el poder queda monopolizado de manera definitiva por el Líder Máximo, con las largas y trágicas consecuencias por todos conocidas.
La situación de Venezuela en la actualidad no es ni la de Alemania en 1933 ni la de Cuba en 1959. Las diferencias son múltiples. Pero las similitudes no faltan.
En los tres casos, la libertad de expresión y asociación así como el pluripartidismo y el mecanismo de la alternancia constituyen estorbos a un proyecto pretendidamente trascendental (Tercer Reich, sociedad sin clases, Socialismo del Siglo XXI), estorbos de los que hay que deshacerse tan pronto como la correlación de fuerzas lo permita. En los tres casos, gobierna un líder populista intolerante que se mantiene al acecho de quienes osan disentir, persiguiendo y encarcelando a opositores, sancionando a jueces insumisos, imponiendo su voluntad a los legisladores, coartando o suprimiendo la libertad de expresión y el margen de maniobra de la prensa y otros medios de comunicación.
Y es a la luz de estas similitudes inquietantes que podemos establecer un paralelo entre, de un lado, la manera en que Hitler y Castro, recurriendo a viles estratagemas, enrumbaron sus respectivos regímenes por cauces totalitarios, y del otro, las múltiples acusaciones formuladas recientemente por Hugo Chávez, sin prueba alguna, acerca de supuestas conspiraciones de la oposición tendientes a quebrantar la legalidad institucional. Las acusaciones de Chávez van desde el absurdo anuncio de que sectores de la oposición traman asesinar a su propio candidato, hasta denuncias de que la oposición se prepara a desconocer la victoria que Chávez dice habrá de obtener en los comicios de octubre.
Los dedos de la mano no son suficientes para contar el número de veces que Hugo Chávez ha anunciado conspiraciones inverosímiles como estas. Chávez se ha dado a conocer en el mundo, provocando de paso cierta burla, por ver por todas partes maquinaciones del "Imperio". Las vio en el terremoto de Haití, en la revuelta del Tíbet, en las protestas de 2009 en Irán, en supuestos complots para asesinarlo, e incluso en la enfermedad que lo afecta. También el líder irremplazable ha denunciado previamente la existencia de siniestros deseos de la oposición de "incendiar", no solamente un Reichstag caraqueño, sino nada menos que toda Venezuela.
Las nuevas falacias chavistas, de complots tramados por la oposición incluso contra sí misma, pertenecen pues al linaje de las acusaciones descabelladas a que nos ha acostumbrado el estrambótico inquilino del Palacio de Miraflores.
Dichas falacias, sin embargo, no dejan de ser reveladoras del malestar creciente que se apodera de las filas del chavismo. Las mismas ocurren en un momento en que el chavismo se tambalea por cuatro razones, a saber: la progresión de la enfermedad del caudillo; la ausencia de un sucesor capaz de mantener la cohesión del grupo; la unificación de la oposición en torno a la candidatura de Capriles; y, no menos importante, los resultados de las últimas encuestas independientes, las cuales muestran un aumento progresivo de las intenciones de voto a favor del candidato de la oposición.
Ante tan desalentadoras perspectivas, la tentación es grande para el actual régimen venezolano de hacer cruz y raya sobre elecciones libres e imparciales, postergándolas indefinidamente, o adulterando mediante el fraude los resultados de las mismas, y así asegurar por las malas su supervivencia política.
Para ello, nada mejor que denunciar absurdas tramas conspirativas de la oposición -como lo hizo Hitler con el incendio del Reichstag, o Castro al acusar a Urrutia Lleó de traición-, utilizando la situación como pretexto para proclamar el estado de excepción e intensificar la represión y el control absoluto de los medios de comunicación.
Existe no obstante una diferencia capital entre las maniobras de Hitler y Castro y una posible tentativa del chavismo de sembrar el caos para quedarse con el poder. Tanto Hitler como Castro orquestaron sus inicuas maquinaciones en los albores de sus respectivos regímenes, cuando los mismos estaban en una fase ascendente de popularidad. Les era pues fácil embaucar a la opinión pública. El chavismo, por el contrario, está en pérdida de velocidad, la esperanza de vida de su líder se mide en meses, no en años, y su popularidad ha sufrido y sigue sufriendo un desgaste sostenido. En tales circunstancias, las perspectivas de éxito de una sórdida estratagema son mucho menos halagüeñas que las de Hitler en 1933 y las de Castro en 1959.
Es imposible predecir en qué condiciones tendrá lugar el proceso electoral venezolano, ni cuál será su desenlace. Pero lo que sí dejan claro los repetidos anuncios de Hugo Chávez sobre supuestos complots de la oposición, es que el chavismo está temblando. Y de frío no es.
fabio.fiallo@bluewin.ch
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