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Circuito Radonski

FRANCISCO GÁMEZ ARCAYA |  EL UNIVERSAL
miércoles 22 de febrero de 2012  06:48 PM

Cuando Andrés y Lili Radonski, en el año de 1946, llegaron en un barco cargado de esperanzas a las costas de La Guaira, sintieron el hasta entonces desconocido calor de la tierra de sus eventuales hijas, nietos y bisnietos. Escapaban de las secuelas y el horror de una guerra recién terminada, con sus muertes y sus ruinas. Lili y Andrés habían perdido a todos los suyos bajo la demencia asesina de Hitler. Muy jóvenes, recién casados y sin hijos todavía, viajaban de tripulantes en un barco-ambulancia con compañeros de religión venidos de Varsovia, Riga, Cracovia, París, que se hermanaron para siempre ante la adversidad bajo la cual se estrenó su amistad.

Podemos aventurarnos a imaginar el desembarque. Idiomas extraños que se mezclaban con los venezolanismos de los que ayudaron a bajar el ligero equipaje de los pasajeros. Solos, ya en tierra firme y tomados de la mano, con su única y pequeña maleta puesta cercana a los tobillos, Andrés y Lili miraban a su alrededor, sintiendo el temor del desconocido porvenir pero con la total seguridad de estar a salvo en un país de oportunidades.

Inmediatamente después de la sorpresa ante la llegada y la novedad, vino la necesidad y el trabajo. Renunciaron a sus nacionalidades anteriores y adoptaron la nuestra, amando con todas sus fuerzas a este país con el que se nutrieron recíprocamente. Así, a fuerza de lucha pero sobre todo de confianza y de fe, fue tomando forma un negocio que proyectaba películas en grandes y oscuros locales. El primer cine fue el Bolívar, en Puerto La Cruz, donde cada espectador debía llevar su propia silla para asegurarse cierta comodidad. En la taquilla Lili, en el proyector Andrés. Luego, el Broadway en Caracas, conocido y frecuentado por nuestros mayores. De ahí en adelante, con desvelos y tesón, una cadena de establecimientos similares fue tomando cuerpo. La llamaron Circuito Radonski.

Años más tarde, a la muerte de Andrés, Lili queda al frente del negocio y de su familia, nacida toda en Venezuela. Hábil y recia gerente, buena y firme madre, dócil y consejera abuela caracterizaron sus años a cargo de todo. Al morir Lili, hace casi una década, su familia la llora con tristeza pero la recuerda con orgullo.

Hoy en día, años después, la cadena de cines conocida como Circuito Radonski, no existe comercialmente el país. Pero ha surgido otro circuito. De dos familias de trabajo y de fe en Venezuela, se ha refundado en Henrique Capriles Radonski un circuito diferente.

En un país donde pareciera que los méritos para gobernar no son el talento, la educación y el amor por Venezuela sino por el contrario la trasgresión y la ofensa, regresa la palabra circuito, que significa unión. Es una unión de diferentes, de todos, que en armonía y con un norte compartido dan un resultado mayor a la suma de sus partes. Por eso, lo bueno que está pasando hoy en Venezuela es que estamos todos en un circuito de esperanza. Un circuito de unión y de paz que crece a diario. Un circuito que trasciende a las anheladas y malignas divisiones que propone el adversario. Un circuito para unir a todos los venezolanos en lo mejor que somos y lo mejor que podemos llegar a ser. Ahora, en Venezuela hay un camino que recorre alegre ese circuito virtuoso que promete, como entonces, un país de unidad, de oportunidades y de progreso para todos por igual.

@GamezArcaya



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