Esperanza Primaria
Gleidys tenía apenas diez años cuando en su casa todos votaron por el candidato del MVR en las elecciones de 1998. Ella también, desde su visión infantil, compartía y admiraba las esperanzas que se le vendían. No tenían nada que perder y le ofrecían todo. Luego, a fuerza de ineficiencia, desidia y corrupción, su familia fue desprendiéndose emocionalmente de aquel y aferrándose conscientemente a la esperanza de un cambio.
Hoy Gleidys tiene veintitrés años. Vive en Catia con sus tres hijos pequeños. Sus padres, ya mayores, viven desde siempre cuatro casas más arriba. El sábado 11 de febrero, mientras casi todos los venezolanos dormíamos, ella, luego de una fatigosa semana de trabajo como cajera en un Mercal, dejó a los muchachos en la casa de su comadre y trabajó desde las cinco y media de la mañana hasta el mediodía en su centro de votación. Le correspondía instalar la mesa electoral No. 4.
El día de las elecciones, Gleidys llegó tempranito al centro con un termo de café en la mano y un suéter prestado. Junto a ella fueron llegando los miembros de mesa y algunos distantes integrantes del Plan República. Ya desde esa hora, algunos rojos pasaban en motos gritando insultos y tomando fotos. Con mucho trabajo en equipo, lograron abrir su mesa a la hora prevista. Ya había gente afuera esperando para votar. Mientras se desarrollaba el día, Gleidys pasaba de mesa en mesa ayudando a sus cansados compañeros. La gente no paraba de acudir y votar masivamente. A la hora del almuerzo, la comadre les llevó un rato a los hijos. Juntos comieron unas arepas y compartieron una malta, sentados en la acera del frente. Al terminar, Gleidys le limpió las manos y la boca a cada niño, se los entregó a la comadre y se quedó trabajando.
Cada cierto tiempo pasaban los rojos con su prepotencia, sus insultos pagados y sus cámaras costosas. Sonaban huecos, débiles, aislados.
Al final del día, en su centro habían votado más de dos mil personas, un número muy superior a lo jamás esperado. Procedieron al cierre de la mesa, al envío de la información y a la limpieza del centro. Todo bajo la mirada, ya no indiferente y fría sino solidaria y amigable del Plan República.
Al terminar, a eso de las nueve de la noche, Gleidys se despidió de cada uno de sus compañeros de mesa y de los efectivos militares. Al final, cuando se despidió del superior militar a cargo del centro, Gleidys le dijo al oído: "Hoy escogimos la esperanza." El efectivo solo atinó a mirarla fijamente a los ojos. Sin palabras ni gestos externos, asentía.
Cuando Gleidys llegó a su casa, abrió la puerta y vio a sus tres hijos durmiendo en su cama colectiva. Sin hacer ruido prendió su televisor y escuchó voces de inclusión, de progreso, de esperanza. Volvió a ver a sus pequeños y de inmediato sintió la indescriptible y magnífica sensación de haber hecho lo correcto.
Casos como el de Gleidys se multiplicaron por miles el domingo pasado. Ella, como casi toda una población convertida en mendigos de un Estado omnipresente y amenazante, superó sus temores y pregustó el anticipo del cambio. Y es que cuando la esperanza se prueba, contagia y no hay forma de detenerla.
@GamezArcaya
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