Tarugos y trapos rojos
Todo golpe, después de consumado, encuentra apologistas
Marcos Pérez Jiménez, dictador de Venezuela hasta 1958, era conocido como "El Tarugo" por su corta y regordeta estatura. Tarugo también se dice de una persona con pocos conocimientos y torpe comportamiento.
El Tarugo fue típico dictador militar latinoamericano, con delirios de grandeza y obsesión de disfrazar sus felonías con mitos de heroísmo. A lo largo de los lentos dos siglos de Latinoamérica, desde que dejó de combatirse por la Independencia, casi todos los dictadores de opereta se han afanado por presentarse como hombres valientes.
Conmemoran las fechas de sus más gruesos delitos calificándolas de gestas sublimes para blanquear su felonía y traición a la patria. En el caso de Pérez Jiménez fue el 2 de diciembre, día de su más descarado fraude electoral. Hoy casi nadie lo recuerda.
Aquellos antiguos dictadores se forraban de medallas, cintas y condecoraciones -al estilo de "Chapita" Trujillo- para aparentar valor y coraje cuando jamás habían enfrentado el caliente fuego de un verdadero enemigo.
Los actuales déspotas con charretera se envuelven en trapos rojos para simular populismo de izquierda, y así atraer apoyo de la imbécil cofradía socialista global hacia sus mafiosos regímenes.
Rojo significa poder y también peligro. Así que en casos extremos, grotescos y aberrantes, la obsesión por esta apariencia los lleva a pintar edificios públicos de rojo, envolver con cursi satén carmesí las bardas de las autopistas, y a disfrazar a miles de empleados públicos de escarlata chillón.
La profusión del color rojo aparece en proporción directa a la concentración de poderes en una sola persona, donde se constituyen nuevas monarquías castrenses que terminan siendo hereditarias y en familia, como el caso de los Castro en Cuba.
El sostén común de quienes se cubren de chapitas y se envuelven en trapos rojos es la lealtad de su cofradía armada. De ello alardean sin cesar olvidando el viejo refrán que dice: "Dime de qué presumes y te diré de qué careces". Pérez Jiménez, hasta el último instante de su mando, juraba contar con la adhesión incondicional de los cuarteles.
Hasta un día. Pues lo que es bueno para el pavo es bueno para la pava, y como diría el difunto Luis Herrera Campins, "los militares son leales hasta que dejan de serlo".
Todo golpe, después de consumado, encuentra apologistas. Pero resulta harto peligroso glorificar golpes militares, porque la mona -aunque se vista con trapos de seda roja-, mona se queda. Y quienes son criados hoy, mañana se pueden volver respondones. Son gajes del oficio golpista.
aherreravaillant@yahoo.com
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